TIEMPO DE VENDER: El día en que nada cambió… excepto Su Actitud
Cuando Mateo despertó aquel lunes, el mundo era exactamente el mismo de siempre. El despertador sonó como siempre, pero él lo escuchó tarde, el café sabía amargo y el tráfico parecía conspirar contra él. Nada nuevo. Nada mejor. Todo igual.
Mateo salió de casa como todos los días con el ceño fruncido, convencido de que el día sería una repetición de todos los anteriores, cargados de prisas, errores y frustraciones que parecían no tener fin.
-Otro día horrible- murmuró, mientras caminaba arrastrando los pies hacia el trabajo. Desmotivado y con casi nulas esperanzas de que algo cambiara en sus días. En su vida.
En el camino repasó mentalmente todo lo que podía salir mal. Y, como si el universo lo escuchara, así fue.
En la oficina, los problemas se seguían acumulando como papeles mal ordenados: un cliente molesto, un error en un informe, un compañero quejándose, un jefe de mal humor. Todo mal. Mateo sentía que todo estaba en su contra. A la hora del almuerzo, decidió sentarse solo en una banca de un parque cercano, convencido de que la suerte simplemente no lo quería. Que todo conspiraba contra él. Y como siempre, le retumbaba la pregunta -¿Por qué a mí? –
Fue entonces cuando vio a Don Raúl, el jardinero de la zona, un hombre de manos ásperas y sonrisa tranquila.
Aquel hombre ya era mayor, su ropa estaba gastada, consumida por el tiempo y el trabajo duro, el sol caía con fuerza sobre su espalda. Aun así, silbaba con alegría y entusiasmo mientras regaba las plantas, como si el cansancio no existiera. Mateo no pudo evitar acercarse y preguntarle:
-¿Cómo hace para estar de buen humor con este calor y trabajando así todos los días?
Don Raúl sonrió sin dejar de regar.
-Joven, no siempre puedo elegir lo que me pasa, pero sí cómo lo enfrento. El trabajo es el mismo… mi actitud no.
Esa frase quedó dando vueltas en la mente de Mateo.
Y continuó el buen Raúl, -De niño, en mi colegio me decían que era el niño de la sonrisa permanente, y es así como enfrento la vida, problemas van a haber, sino no sería vida, pero en cómo los enfrentamos está la diferencia.
De regresó a la oficina Mateo se quedó pensando en ello. El cliente seguía molesto, el error seguía ahí, el compañero seguía quejándose y el jefe no había cambiado. Pero algo sí era distinto: Mateo decidió respirar, escuchar con calma y corregir sin quejarse. Habló con respeto, pidió ayuda y, por primera vez en mucho tiempo, dejó de pelear con el día. Dejó de pelear con él. Decidió sonreír. Cambiar su actitud.
Al salir del trabajo, notó algo curioso: el tráfico seguía pesado, pero ya no le parecía tan malo ni que estaba en su contra. El café de la tarde no era perfecto, pero lo disfrutó con entusiasmo. El día no mejoró mágicamente… pero él sí.
Esa noche entendió algo simple y poderoso: La actitud no cambia las circunstancias, pero cambia la forma en que las circunstancias nos afectan. Cambia la forma en que ves las circunstancias.
Desde entonces, Mateo sigue teniendo días difíciles. Pero ya no los vive como derrotas, sino como terrenos donde sembrar una mejor actitud. Dejó de preguntarse ¿por qué a mí? y empezó a preguntarse ¿para qué?.
Enfrenta cada día con esa certeza, sabiendo que tu verdadera fuerza está en cómo decides responder. Siempre.
Y casi sin darte cuenta, tu mundo empezará a florecer… igual que el parque de Don Raúl.
La actitud se trata de hacer posible lo que para otros es imposible. De ponerle ganas a todo lo que hacemos. Recuerden que los conocimientos suman, pero la actitud multiplica.
Hasta la próxima semana.
JAVIER MONTOYA
Director de “Tiempo de Vender”

