Gigantes tecnológicos desatan una nueva revolución industrial en EE. UU.
Una nueva revolución industrial avanza silenciosamente por el corazón de Estados Unidos. Donde antes había campos agrícolas, hoy se levantan imponentes centros de datos impulsados por los gigantes tecnológicos. La inteligencia artificial (IA) está transformando la geografía económica del país, generando una oleada de inversiones, consumo energético récord y preocupación por el riesgo de una burbuja tecnológica, según reveló The Atlantic.
En lugares como New Carlisle, Indiana, vastas extensiones rurales se han convertido en el epicentro del auge de la IA. Allí, Amazon construye más de una veintena de centros de datos utilizados por Anthropic, con un consumo energético que ya supera los 500 megavatios, equivalente al gasto de cientos de miles de hogares. Una vez completado, el complejo podría consumir más electricidad que dos ciudades del tamaño de Atlanta.
El furor por la IA ha generado una demanda financiera y energética sin precedentes. Se estima que las inversiones globales en esta tecnología alcanzarán USD 375.000 millones este año y podrían rozar el medio billón en 2026. A la cabeza de este boom se encuentra Nvidia, cuyos chips alimentan la infraestructura de IA y cuyo valor bursátil ya superó los USD 5 billones, 94 veces más que Ford.
El impacto también se refleja en los mercados: desde el lanzamiento de ChatGPT, las empresas de IA explican tres cuartas partes del crecimiento del S&P 500, con el sector tecnológico representando ya un tercio del índice. Pero esta expansión ha desatado dudas sobre su sostenibilidad.
Firmas como OpenAI, Microsoft, Meta y Alphabet compiten por aumentar su capacidad de cómputo. Sam Altman, director de OpenAI, planteó la meta de desarrollar un gigavatio de infraestructura de IA por semana, un ritmo que demanda “estadios llenos de electricistas y técnicos”, según analistas. Sin embargo, las pérdidas financieras crecen al mismo tiempo: OpenAI facturó USD 4.000 millones en 2024, pero perdió USD 5.000 millones, lo que ha despertado comparaciones con la burbuja de las puntocom.
El auge también genera riesgos financieros. Para financiar sus proyectos, las grandes tecnológicas se asocian con fondos de capital privado, que convierten los contratos de alquiler de centros de datos en bonos negociables, un mecanismo que recuerda a las prácticas que precedieron la crisis de 2008. Expertos advierten que el modelo podría volverse insostenible si la rentabilidad de la IA no cumple las expectativas.
El ciclo de inversiones parece moverse en un circuito cerrado: OpenAI paga a Oracle por capacidad de cómputo, Oracle compra chips a Nvidia, y Nvidia reinvierte en OpenAI. Una red autodependiente que algunos analistas ya describen como “el hiperobjeto tecnocapitalista al final de los tiempos”.
El desenlace es incierto. Si la IA logra cumplir sus promesas, podría consolidar una nueva era industrial. Pero si no lo hace, el impacto financiero podría ser devastador, afectando desde los fondos de pensión hasta los mercados inmobiliarios. Lo que sí parece seguro es que la carrera por la superinteligencia ya cambió el rumbo de la economía global.
Fuentes varias
