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Un excremento fosilizado ofrece nuevas pistas sobre las aves que sobrevivieron al asteroide que extinguió a los dinosaurios

El extraordinario hallazgo de diminutas plumas y huesos dentro de un coprolito de hace unos 66 millones de años podría ayudar a explicar por qué determinados linajes de aves sobrevivieron a la extinción masiva del final del Cretácico mientras otros desaparecieron.

Un excremento fosilizado descubierto en Montana se ha convertido en una inesperada ventana hacia uno de los mayores enigmas de la paleontología: por qué algunas aves lograron sobrevivir a la catástrofe que acabó con los dinosaurios no avianos hace aproximadamente 66 millones de años.

El coprolito —nombre científico que reciben las heces fosilizadas— conserva diminutas plumas, huesos y otros restos pertenecientes a un ave que habría sido devorada por un dinosaurio depredador poco antes de la extinción masiva provocada por el impacto de un enorme asteroide.

La investigación, publicada en la revista científica Current Biology, indica que el depredador pudo haber sido un Tyrannosaurus rex o algún pariente de menor tamaño.

Entre los restos sobresale una pluma excepcionalmente preservada, considerada por los investigadores como una de las mejores recuperadas hasta ahora de depósitos correspondientes al Mesozoico.

Un ave que probablemente no sobrevivió a la gran extinción

El análisis de los huesos encontrados junto con las plumas permitió a los investigadores proponer que pertenecían a una pequeña ave buceadora incapaz de volar, integrante de los Hesperornithiformes.

Este grupo de aves acuáticas primitivas desapareció durante la extinción masiva del final del Cretácico.

El hallazgo adquiere especial relevancia porque las aves actuales constituyen el único linaje de dinosaurios que sobrevivió hasta nuestros días. Todas las especies modernas pertenecen a la rama de los Neornithes, mientras otros grupos de aves que coexistieron con los dinosaurios desaparecieron.

Comprender qué características marcaron esa diferencia continúa siendo una de las preguntas que los paleontólogos intentan responder.

Las plumas podrían esconder una respuesta

La paleontóloga Jingmai O’Connor, autora principal de la investigación y conservadora asociada de reptiles fósiles del Field Museum de Chicago, destacó las extraordinarias condiciones de conservación del espécimen.

Al estudiar las plumas, los investigadores descubrieron una combinación particularmente interesante. Algunas presentaban características similares a las de las aves modernas, mientras otras conservaban una estructura considerada más primitiva.

Estas últimas eran pequeñas y de apariencia más plumosa y, según la hipótesis planteada por el equipo, posiblemente proporcionaban un aislamiento térmico menos eficiente que el plumaje corporal de las aves modernas.

Esa diferencia pudo no representar un inconveniente importante durante el clima cálido predominante en buena parte del Mesozoico. Todo habría cambiado, sin embargo, después del impacto del asteroide.

Un planeta sumido en oscuridad y frío

La colisión habría lanzado enormes cantidades de polvo, azufre y otros materiales hacia la atmósfera, reduciendo drásticamente la cantidad de luz solar que alcanzaba la superficie y provocando un pronunciado descenso de las temperaturas.

La interrupción de la luz solar afectó además la fotosíntesis y desencadenó una profunda alteración de las cadenas alimentarias.

En ese escenario, disponer de un plumaje capaz de conservar mejor el calor podría haber supuesto una ventaja. Los animales con un aislamiento menos eficiente habrían necesitado consumir más energía precisamente cuando los alimentos eran cada vez más escasos.

O’Connor plantea que esta diferencia en el plumaje podría haber contribuido a la supervivencia de los antepasados de las aves modernas.

La propuesta también cuestiona una explicación basada exclusivamente en el hábitat. Se ha planteado que vivir cerca del agua pudo favorecer la supervivencia de determinadas aves, pero los Hesperornithiformes eran igualmente acuáticos y, pese a ello, desaparecieron.

Una hipótesis que todavía necesita nuevas pruebas

Los investigadores advierten que el hallazgo no permite establecer por sí solo que el plumaje haya sido el factor decisivo para la supervivencia de las aves modernas.

Una prueba especialmente importante sería encontrar un fósil de un miembro de los Neornithes inmediatamente anterior al impacto y estudiar detalladamente sus plumas.

El problema es que conseguir un ejemplar con semejante nivel de conservación resulta extremadamente difícil. Sería necesario encontrar restos preservados en ámbar o dentro de otro coprolito excepcional, donde las estructuras de las plumas permanecieran tridimensionales y hubiera suficientes huesos para identificar con precisión al animal.

Un descubrimiento que comenzó por casualidad

La historia del fósil también resulta extraordinaria. El paleontólogo David DeMar Jr., de la Universidad de Washington en Seattle, encontró el coprolito en 2016 mientras buscaba fósiles de peces en la Formación Hell Creek, en Montana.

Inicialmente creyó que una estructura visible en una grieta del pequeño nódulo fosilizado podía corresponder a material vegetal. Al observarla con mayor detenimiento mediante una lupa, descubrió que tenía delante una diminuta pluma.

El hallazgo resultaba especialmente sorprendente porque, pese a más de un siglo de investigaciones paleontológicas en Hell Creek, las plumas fósiles son extremadamente difíciles de encontrar en ese yacimiento.

La verdadera magnitud del descubrimiento apareció posteriormente.

Los científicos utilizaron microtomografía computarizada para explorar el interior del coprolito sin destruirlo y descubrieron múltiples plumas, huesos de las patas del ave e incluso restos de lo que había comido antes de convertirse, a su vez, en alimento de otro animal.

La última comida antes de ser devorada

Dentro del fósil también aparecieron dos diminutas escamas con forma de diamante correspondientes a un pez del grupo de los pejelagartos o gars, animales cuyos descendientes todavía existen.

Debido al pequeño tamaño del pez, los investigadores consideran improbable que hubiera constituido una comida significativa para un gran dinosaurio depredador. Una explicación propuesta es que el pez había sido ingerido previamente por el ave.

La secuencia reconstruida por los científicos resulta extraordinaria: el ave habría comido el pequeño pez, posteriormente fue devorada por un dinosaurio y algunos de sus restos atravesaron el aparato digestivo del depredador hasta quedar atrapados en sus excrementos.

Millones de años después, la fosilización conservó parte de aquella cadena alimentaria.

El descubrimiento demuestra así que los coprolitos pueden preservar información mucho más detallada de lo que tradicionalmente se esperaba. Además de revelar quién se comía a quién en los ecosistemas prehistóricos, pueden conservar estructuras delicadas capaces de aportar pistas sobre la evolución y desaparición de especies enteras.

En este caso, unas diminutas plumas ocultas durante 66 millones de años podrían contribuir a resolver una pregunta de enormes dimensiones: qué permitió que algunas aves atravesaran una de las mayores catástrofes de la historia de la Tierra y terminaran convirtiéndose en los únicos dinosaurios que siguen viviendo entre nosotros.

Fuentes varias

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