Cuentos Breves

Vida después de la vida

Cuento Breve

Escrito en Ene 2012

Cómo empezar a decirles que quizás en seis meses ya no estaría con ellos, todo el asunto del tratamiento al que me expondría, la esperanza más cifrada en un milagro que en la ciencia.

No fallé en mis cálculos, el mar de lágrimas de mi esposa y mis hijos me hizo sentir culpable, y lo era al no haberme hecho exámenes físicos anuales. Luego se enteró el resto de la familia y amigos, el desfile de solidaridad me hizo sentir más culpable. En el trabajo se portaron muy bien, se me mantuvo en nomina hasta que yo decidiera, siempre estaría mi puesto disponible tras la posible recuperación.

El cáncer había invadido mi estómago, era del tamaño de una toronja. Lo que había parecido una úlcera crónica era el monstruo creciendo. Comencé a sentir un dolor abdominal que se fue haciendo persistente. El especialista fue sincero, había que comenzar al momento y con las armas de más alto calibre: radiación y quimioterapia. Me parecía ver en mi otra persona al aceptar de inmediato los tratamientos radicales, pues la verdadera razón de no haberme hecho exámenes antes era el terror que tenía a los doctores, las inyecciones, vacunas y cualquier procedimiento médico.

Comenzó el camino cuesta arriba, las sesiones de radiación diarias. Pensé que se me caería el pelo de inmediato, pero no pasó nada, me sentía casi normal como si no me estuvieran administrando nada. Empecé a sentirme un poco optimista. Luego llegó la quimioterapia, me pusieron un tubo directo a la vena cava en el pecho por donde inyectarían el químico. Desde allí comenzó lo fuerte, empecé a perder el pelo a ritmo acelerado, se me caía por mechones, también empecé a perder peso alarmantemente. Los mareos y las náuseas eran diarios especialmente después de la aplicación semanal de la quimioterapia.

Pasaron los meses y un cansancio crónico comenzó a invadirme. Poco a poco empecé a perder las comisiones de ventas de mi empresa. Fiel a su promesa la compañía me mantuvo en planilla, ayudándome de paso a mantener el seguro médico para el costoso tratamiento que necesitaba. Lo que más me apenaba era la ansiedad de mi familia mi esposa y mis tres hijos. Cambiaron sus rutinas para ayudarme, mi hija postergó su matrimonio y mi hijo dejó de ir a la universidad. Pero el más desconcertado era el menor de diez años que veía sin entender como su padre tan fuerte, que lo levantaba con una sola mano, se iba convirtiendo, en solo días, en una sombra de lo que fue.

Me visitaron mis hermanos y amigos, algunos volando muchas horas desde el extranjero, los que residían en mi ciudad se esmeraban en poner una cara alegre cuando veían lo que quedaba de mí. Pero mi espíritu se mantuvo alto, incluso mi hermano mayor Carlos me felicitó por cómo enfrentaba la situación con valor y sentido del humor, y cómo les daba sugerencias para el caso en que ya no estuviera entre ellos.

Han pasado ya siete meses de tratamiento. Cuando me veo al espejo no puedo contener el horror que me despierta mi maltrecho cuerpo. El tumor se ha reducido al tamaño de una naranja pequeña y me van a extirpar todo el estómago mañana.

Ya salí de la anestesia, escucho que fueron siete horas las que pasé en el quirófano y que además de todo mi estómago me extrajeron parte del páncreas, parte del colon, el apéndice y la vesícula biliar. En verdad estaba bien complicado pero los doctores estaban optimistas y me pasaron de cuidados intensivos a un cuarto. Bueno hasta que me dio la neumonía así que regresé a intensivos y con gran esfuerzo y tenacidad pude superarla. Hasta que se abrió una de las innumerables suturas que tenía y la fiebre se disparó. Regresé a intensivos y me sentía más débil a cada hora que pasaba. Oía alrededor mío el ajetreo de doctores y enfermeras. Piensan que estoy dormido o sedado por la morfina, pero los escucho.

–Señora ahora está en manos de Dios, la ciencia ya hizo todo lo que pudo, su esposo ha entrado en estado comatoso. 

¡Pero los escucho y siento la temperatura fría del cuarto! Creo que ahora sí estoy por perder el conocimiento, pero aún percibo las luces de la habitación a través de mis párpados cerrados. Me doy cuenta que alguien enciende más luces, son demasiadas, me parece observar un gran círculo de luz, ¿y esos niños corriendo de dónde salieron? ¿quién me sacó a la calle, a este jardín tan bonito? ¿y, el cielo qué hermoso que está, celeste, anaranjado, amarrillo? ¿de dónde salió tanta gente que vienen con los brazos abiertos para abrazarme y que al llegar a mí dan media vuelta y se retiran? ¡Pero qué bien se está aquí! De repente ya no estoy en el jardín y comienzo a escuchar al doctor y mi esposa.

– ¡Rápido enfermera! Ya van casi tres minutos y no responde, adrenalina, despacio así…ya regresan los latidos…se normalizan.

–Señora se lo aseguro estuvo clínicamente muerto y regresó ¡su esposo hace honor al dicho popular “tiene más vidas que un gato”! Ha estado grave varias veces y se recuperó y esta última fue la más dramática. 

Abro los ojos y el doctor me observa.
–Oiga Antonio de verdad usted es un peleador nato, que aguante ¿Cómo se siente?
–Bien –dije– muy bien. Y en verdad así me sentía.

Tras el penoso tiempo de tres meses que me costó alimentarme por sondas y excretar también por sondas empecé a caminar cada vez más y a ejercitarme. Hasta que en otros tres meses recuperé el uso de mis funciones normales. Me sentía muy afortunado con la suerte, hasta que me visitó Carlos. Me explicó que lo que yo pensaba que era un sueño, era similar a lo descrito alrededor del mundo por muchos científicos, que estudiaban a personas que estuvieron cerca de morir o clínicamente muertos. Me dijo también que sin importar la raza, religión, sexo o edad todos los entrevistados relataban más o menos lo que yo había experimentado: un estado único de bienestar no comparable con nada, esto si es que uno había tenido una vida no violenta, pues en el caso de personas consideradas criminales la experiencia había sido espantosa y espeluznante.

Mis padres me enseñaron la fe pero no fui muy practicante. Conforme avanza mi milagrosa recuperación empezó a ser más insistente la pregunta ¿por qué me había salvado a pesar de tener todo en contra? Carlos me dijo que orara, que si me he salvado es porque tengo una misión importante en esta vida, me dijo además que preguntara al Creador, cuál era el plan para mí.

Empecé a darme cuenta que el motivo era yo mismo. Poca vida espiritual y el extremado materialismo habían sido los causantes de mi salvación. Me había salvado para que creyera y a través de mí otros creyeran. Me tomó unas semanas luego de mi completa recuperación el darme cuenta de esto. Y lo sé, créanme, han pasado ya muchos años desde esa operación y juego fútbol, nado y llevo una vida tan activa y normal como si tuviera veinte años menos. Ahora estoy seguro de cuál fue el motivo de mi curación, fue para que yo creyera y para que tú creas también… hay vida después de la vida.

Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com

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