Home Opinion ¿Por qué la admiración a la Jueza Ruth Bader Ginsburg?

¿Por qué la admiración a la Jueza Ruth Bader Ginsburg?

Nacida en Brooklyn en 1933, hija de inmigrantes judíos que no pudieron estudiar, perdió a su hermana cuando era prácticamente un bebé y a su madre tras graduarse del instituto, lo que no le impidió desempeñarse con brillantez en cada una de sus etapas académicas. Licenciada por Cornell, fue admitida entre un reducido grupo de mujeres –nueve exactamente, el resto de su promoción lo formaban 541 hombres– en la prestigiosa facultad de derecho de Harvard.

Entre el anecdotario de sus años universitarios destacan dos vectores: la discriminación sistemática sufrida por razón de género (el decano llegó a preguntarle qué hacía allí ocupando el lugar de un hombre).

Tras transferir su matrícula a Columbia para acompañar a su pareja, quedó primera de la promoción. Después de mucho bregar con un machismo intrínseco a la época, en 1963 consiguió un puesto de profesora en Rutgers University, un centro considerado de segunda categoría, donde dejó una huella indeleble.

En mitad de las manifestaciones por los derechos civiles, Ginsburg evitaba las pancartas y aglomeraciones. No obstante, un activismo de hilandera sagaz, silenciosa y constante se apoderó de su oficina, desde donde fue tejiendo el corpus jurídico que tendría como resultado una merma sustancial de la discriminación de género en la historia del país. A finales de los años 60 y durante los años 70, cuando consiguió plaza en Columbia y llegó a ser la primera profesora titular de su facultad, Ginsburg ejerció asimismo como abogada para la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles.

Contagiada del espíritu de la época, se dio cuenta pronto de que la Cláusula sobre Protección Igualitaria, incluida en la Constitución norteamericana, estaba siendo utilizada para debilitar el aparato institucional racista. La igualdad contenida en la Decimocuarta Enmienda se transformaría pronto en su sello argumentativo a la hora de defender a sus clientes en los tribunales.

Ella representó a Susan Struck, miembro del Ejército, tras haber sido expulsada por quedar embarazada. En aquellos años el aborto era ilegal en todos los estados pero obligatorio para las mujeres militares. Aunque el juicio en el Tribunal Supremo no llegó a celebrarse porque Struck retiró los cargos, la estrategia de Ginsburg era clara: si conseguía defender la libertad de decidir poniendo el ejemplo de una señora a quien la maternidad le estaba siendo negada, ese mismo corpus legal serviría para garantizar el derecho al aborto –que sería finalmente legalizado en Roe v. Wade (1973). El pensamiento de Ginsburg excedía así el problema inmediato que tenía delante, el agravio concreto a un ciudadano, más bien se enfocaba en la creación de una jurisprudencia que cimentase una serie de libertades capaces de prolongarse en el tiempo. Se puede decir sin ambages: era una estratega.

Luego pasó a trabajar en el Tribunal de Apelaciones para el circuito del Distrito de Columbia, donde adquirió notoriedad como moderada liberal. En 1993, nominada por el presidente Bill Clinton, fue confirmada como miembro del Tribunal Supremo con apoyo casi unánime del Senado (96-3). Fue en esta última y larga etapa cuando se granjeó la fama que ahora la precede como feminista, moviéndose poco a poco al ala más progresista del selecto grupo de nueve, conforme fueron llegando miembros más conservadores.

Ginsburg formó parte de la mayoría que legalizó el matrimonio homosexual a nivel federal en 2015; no obstante, incluso si su opinión se encontraba en minoría, ésta era capaz de influenciar políticas posteriores. Cuando en 2006 el Tribunal falló en contra de Lilly Ledbetter, quien denunció ganar menos en el trabajo que sus compañeros hombres, el argumentario disidente de Ginsburg no cayó en saco roto. Tres años más tarde, Obama firmó la ley Ledbetter –en honor a la demandante– que prohíbe la discriminación de género en el salario.

Ruth, la diva octogenaria, la abanderada del feminismo, la profesora diligente… El elogio alcanza cotas impensables en un país sumamente polarizado donde, aún así, desde cada esquina del espectro político se respeta su labor. Quizá por su progresismo limado y discreto, o porque estableció amistad hasta con los compañeros de profesión más retrógrados mientras continuaba su carrera de fondo por los derechos de las mujeres.

Azahara Palomeque, escritora, periodista y poeta. Doctora en la Universidad de Princeton.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here