Home Opinion No es fácil comenzar en otra tierra. Por: Carmen Neale*

No es fácil comenzar en otra tierra. Por: Carmen Neale*

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Solo quien lo ha hecho sabe qué tan difícil es dejarlo todo en su país para comenzar de nuevo en otra tierra, aún cuando no haya tenido que cruzar la frontera sin una visa.

Cuando me gradué de la escuela superior, mis padres me obligaron a dejar mi Colombia para ir a Nueva York a trabajar. Siendo la mayor de siete hijos, tenía que ayudar a mi papá a conseguir el dinero para reunir a mi familia en los Estados Unidos. Como mi inglés era muy limitado, tuve que pasar cinco años de mi vida trabajando en fábricas.

A principios de la década de 1970, el área de Long Island City era una sección fea de la ciudad de Nueva York, con viejos edificios de ladrillo con fábricas de bolígrafos, grapadoras, bolsos, etc. Ese fue el lugar donde aterricé con mi incipiente inglés y una total falta de comprensión de la cultura estadounidense.

Los empleos abundaban. Nos contrataban y nos despedían cuando se completaba un pedido. Simplemente íbamos al edificio siguiente y nos daban trabajo.

Pronto aprendí a llamar “boss”, al hombre blanco de sonrisa lasciva que me entregó mis primeros bolígrafos para ensamblar. Habían a mi alrededor otras mujeres haciendo el mismo trabajo. El aire olía a tinta y se oían voces muy fuertes, máquinas y música de radios.

Todo el mundo lucía y hablaba diferente. Había trabajadores negros, hispanos y algunos blancos generalmente un poco mayores. Disfruté conociendo gente que hablaba español con diferentes acentos. Sentí una afinidad instantánea con ellos.

Lo que me pareció muy ofensivo fue el uso común de palabrotas y vulgaridades de parte de muchos de mis compañeros de trabajo. Pronto entendí palabras de cuatro letras y otras expresiones similares en inglés.

Venía de una familia donde rara vez oíamos malas palabras y no hablábamos de “sexo”. En las fábricas mucha gente hablaba de sexo, usaban palabrotas y se tocaban de manera indecente. Dos veces fui víctima de agresión sexual por parte de supervisores masculinos. Algunas compañeras de trabajo me dijeron que para salir de ese mundo debía continuar estudiando.

Necesitaba dinero. Ganaba el salario mínimo que en ese momento era cerca de $1.75 por hora. Las fábricas que pagaban mejor requerían dominio del inglés.

Me gradué de bolígrafos, bolsos, e incluso de cuellos de camisa, una vez que aprendí inglés. Empecé a contar dinero en el Banco de la Reserva Federal en el bajo Manhattan. Esta era una fábrica glorificada que requería un diploma de escuela secundaria. Allí metíamos miles de billetes en máquinas con rodillos que se movían a gran velocidad. Aprendí a detectar billetes falsos. Los supervisores probaban nuestra honestidad diariamente agregando billetes adicionales que debíamos reportar.

Este lugar era mucho mejor y la paga buena. Pero la cultura de camaradería y de bebida después del trabajo que a veces conducía a la infidelidad conyugal, también era nuevo para mí.

Unos años más tarde, las computadoras hicieron que nuestro trabajo quedara obsoleto. El Banco nos trasladó a otros departamentos. Me enseñaron a escribir a máquina. Trabajé en la biblioteca de computadoras, organizando carretes de cintas de computadora.

Y un día tropecé por casualidad con mi supervisor anterior. Cuando le conté lo que estaba haciendo, me dijo que encontrara una manera de ir a la universidad. “Ve, estudia y regresa con tu título. Entonces, estarás trabajando en un mundo mucho mejor”. Aunque la vida no fue fácil durante varios años, seguí sus consejos, estudié, y toda mi vida cambió.

*Carmen Neale es colombiana, abogada y vive en Connecticut.

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