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CUENTO: El terror perenne

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Desde muy joven comprendí que el terrorismo era algo muy malo. No podía salir a jugar tranquilamente, las advertencias de mi padre eran estrictas, no alejarme mucho de casa ya que un coche bomba podría explotar en cualquier esquina o los soldados podrían comenzar a disparar a todos lados tratando de darle a un enemigo invisible.

Incluso el viaje a la escuela cuando ya cursaba el cuarto de secundaria se tornó riesgoso desde que los terroristas de Sendero Luminoso habían intensificado sus ataques a la capital. En mi barrio, Vitarte, comenzaron a atacar instalaciones públicas y privadas de noche y luego arriesgadamente de día. Cuando aparecieron en mi escuela a la primera hora tomaron las aulas de clase especialmente las de los más grandes, arengándonos contra el gobierno y que la historia debía reescribirse en favor de ellos. Juan mi mejor amigo, hijo de un sargento del ejército, los miraba con desprecio al contrario de todos nosotros que estábamos aterrados y seguíamos como corderos sus indicaciones.− ¡A valiente el pichoncito! − dijo el terruco a Juan que lo miraba con odio.

− ¡Grita bien fuerte, viva la lucha armada! añadió el delincuente.

− ¡Muera la lucha armada! − resonó potente la voz de Juan. Y el silencio que siguió fue total, podíamos escuchar los gritos de los terrucos en las otras aulas.

− ¡Grita viva la lucha armada o te quemo carajo! − el terrorista apuntaba su pistola hacia Juan

− ¡Grítalo rápido mierda! − insistió con vehemencia.

− ¡Muera la lucha armada, perro de mierda! − gritó Juan.

El tiro le dio en el abdomen y lo dobló en dos haciéndolo caer sobre sus rodillas, pero Juan levantó la cabeza y clavó una mirada de odio y desprecio sobre su verdugo antes de que este le disparara en la cabeza. Los terroristas rompieron un crucifijo, destrozaron un cuadro donde estaba el coronel Bolognesi y salieron rápidamente del salón dejando en su escape un reguero de volantes de su causa. También habían golpeado salvajemente al director que se negó a quemar la bandera nacional que ondeaba en el patio principal.

Ahora hay soldados en la entrada, pero ya no es lo mismo la carpeta vacía de Juan lo evidenciaba, nadie quiso sentarse en su sitio, era un recordatorio perenne del terror, tenía muchas pesadillas y mis compañeros también. Cuando ocurrieron estos hechos mi padre ya había viajado al extranjero escapando al igual que millones de compatriotas de la demencia terrorista y del fuego cruzado de los soldados de esta guerra declarada por unos cuantos miles contra veinticinco millones de peruanos.

Mi padre se fue llevando poco a poco a mis cuatro hermanos y al último a mi madre y a mí. Nos instalamos en New Haven, una histórica ciudad de Connecticut y muy afamada en los Estados Unidos de Norteamérica, con su Universidad de Yale, donde habían estudiado cinco presidentes. Estudié y terminé la secundaria en una hermosa escuela pública donde la diferencia académica y de infraestructura era muy superior a mi escuela de Vitarte. Pero lamentablemente se hermanaban en la perenne inseguridad y el temor que reinaba en todas las escuelas estadounidenses, debido a constantes ataques armados de los mismos alumnos contra sus compañeros. Los ataques siempre eran con armas de guerra, decenas de niños, jóvenes e incluso niñitos pequeños eran asesinados cada año. A diferencia del Perú donde era muy difícil agenciarse un revolver de seis tiros, en los EE. UU. cualquiera podía comprar un rifle automático de guerra con cargadores de treinta tiros hasta en cadenas de tiendas de ventas al por menor.

Por un breve tiempo había dejado de tener pesadillas con Juan, pero regresaron ante esta nueva violencia insana, Juan se atravesaba entre mí y otro estudiante que nos disparaba a mansalva, o me ayudaba a escapar. Después de todo lo vivido sentí la necesidad de pertenecer a un grupo que pudiera estar siempre alerta y poder defenderme en todo momento. Esto me llevó a acompañar a tres de mis condiscípulos a aplicar por una plaza como efectivo de la Marina de Guerra.

Para entrar debía pasar un examen de cultura general y mientras mis tres amigos ingresaban yo no lo lograba. Daba el examen una y otra vez, cuando ya me daba por vencido, un maestro al que había recurrido para que me ayudara a estudiar, descubrió que tenía dislexia patológica. Esta condición me hacía fallar en los exámenes, sobre todo en matemáticas donde una y otra vez obtenía la respuesta correcta, pero al momento de escribirla cambiaba el orden de los números. Con paciencia y práctica pude corregir este defecto e ingresar a la Marina de Guerra. Fui destacado al portaaviones Ike Eisenhower y seleccionado como francotirador debido a la excelente puntería que había demostrado en los entrenamientos.

Nuestro portaaviones fue destinado al mar arábico, en el epicentro de una zona convulsionada por guerras desde tiempos inmemoriales y que estos momentos tenía en frente a la Guerra contra el terrorismo y enfrentaba a nuestras fuerzas armadas contra Al-Qaeda luego del ataque a las Torres Gemelas. Estos terroristas se habían hecho fuertes desde Afganistán hasta Somalia pasando por toda la Península Arábica, el Golfo Pérsico y el Mar Rojo.

Nuestra primera misión fue en Somalia, un estado fallido africano, que se podría decir se había forjado y envenenado con un coctel mortal de comunismo e islamismo radical. El patrullaje de las costas somalíes, frecuentada por piratas y terroristas, era parte de nuestra misión esa calurosa mañana de verano luego de desatracar de nuestra base Camp Lemonnier en Djibouti la única base militar de nuestro país en África. Habíamos desembarcado en una playa donde las dunas de arena se internaban tierra adentro y no había signos de vegetación, la temperatura sobrepasaba los 40 grados Centígrados. Parecía abandonada pero las imágenes de satélite nos decían inequívocamente que la zona era un constante desembarco e intercambio de material desconocido entre botes rápidos e individuos que los esperaban.

 Nuestra patrulla tenía ordenes de reconocimiento. Llegamos en tres botes rápidos, desembarcamos y empezamos a revisar las dunas encontrando que la zona había sido fuertemente transitada por la huella de vehículos areneros y restos de cajas de embalaje. Mientras unos efectivos del grupo cuidaban los botes los demás nos distribuimos por el área   para investigar De repente surgieron enemigos desde la arena misma, donde habían estado enterrados observándonos, y abrieron fuego. Fue una locura los tiros venían de todos lados. Como francotirador iba al lado del teniente con mi rifle especial esperando sus órdenes, pero debido a lo sorpresivo del ataque tuve que disparar por mi cuenta y a quemarropa al primer bandido que me atacaba con un descomunal machete. Le impacte una, dos y tres veces, pero este seguía avanzando.

− ¡A la cabeza, dale a la cabeza! dijo el teniente mientras recargaba su revolver luego de usarlo contra otros bandidos. Cuando al fin cayó escuché la orden de retirarnos a los botes con nuestros heridos y manteniéndolos a raya con fuego nutrido. Cuando ya navegábamos hacia nuestra nave, y aún con la adrenalina a su máximo, le pregunté al teniente por que no caía el bandido si le había impactado dos veces al pecho.

−David, son delincuentes, no soldados, y usan drogas que los hacen soportar el dolor y perder todo miedo, generalmente usan drogas sintéticas que prácticamente los deshumaniza durante el combate.

Mas adelante fuimos destacados a Afganistán, ese indómito país que ningún imperio o nación ha podido conquistar, ni Alejandro el magno y sus macedonios, ni Genghis Khan y sus mongoles, ni los persas, ni los musulmanes, ni los hindús, ni el Imperio Británico, ni la Unión Soviética y creo que ni nosotros con nuestros aliados de la OTAN podremos hacerlo. En nuestro cuartel situado entre colinas cubiertas de altas hierbas y con sinuosos caminos, dormía plácidamente en mi barraca cuando el teniente me despertó.

−David toma tu fusil y sígueme rápido− me sorprendió ver que los demás seguían durmiendo y no había zafarrancho de combate.

En la torreta de observación el teniente me dio los prismáticos de visión nocturna.

−Mira camino abajo− me dijo

Por más que escudriñaba no veía nada fuera de lo común y se lo dije.

−Mira bien me dijo, mira todo lo que se mueve.

Solo pude ver un camello que se acercaba a la distancia, pues el camello es doméstico y siempre va donde vea humanos.

−Dispárale.

Me quedé un poco perplejo en tener que dispararle a un pobre animal indefenso. Pude ver al animal que venía a su trote habitual y moviendo sus belfos, quizás masticando algo.                          

− ¡Dispárale a la carga! −dijo el teniente− es una orden.

Lo hice y en un segundo una violenta explosión iluminó la oscuridad y sentimos la fuerte onda expansiva pese a que estaba lejos.

− ¡Un camello bomba! sabían que el pobre animal regresaría a la base, aprende David, aprende en esta guerra no convencional, todo vale.

Algún día quizás escriba la historia completa de David, por esta vez y por los límites de espacio de esta columna va su vida en el Perú y dos de sus relatos de su vida en la Marina de Guerra de los EE. UU. Pero les adelanto el final que es el de la mayoría de los veteranos de guerra en todo el mundo y lo hago sin riesgo a sabotear la historia.

−Pablo ¿has visto Rambo?

−Si hace mucho tiempo.

− ¿Te acuerdas de las palabras del final?

−Sinceramente no.

−Rambo dice al final de su primera película: “Cuando regresamos de la guerra, unos jóvenes insolentes nos insultaban pese a que habíamos defendido a nuestra patria con honor. En las Fuerzas Armadas nos han enseñado a ser los mejores y más capaces, a sobrevivir donde otro moriría inmediatamente, y a manejar máquinas y armas de costo millonario y al retirarnos y regresar a la vida civil tenemos problemas para conseguir trabajo, incluso como guardianes de estacionamiento de autos”.

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