Home Literatura CUENTO BREVE: El amor en tiempos del coronavirus. Por: Pablo Perleche

CUENTO BREVE: El amor en tiempos del coronavirus. Por: Pablo Perleche

Salí con el tiempo preciso para tomar el metro de las cinco de la tarde. Cuando bajaba de mi pensión en un edifico del Bronx no había ese ambiente de colmena, ni en las calles, ni en la estación, ni en el vagón del tren. La gente me esquivaba y se esquivaba entre ellas, como si tuvieran un dispositivo electrónico. Mantenían una distancia prudencial, evitando toda postura que pudiera devenir en un rozamiento, o más aún entrar en el ámbito del aliento ajeno, conteniendo a veces la respiración como los buzos. Además, la mayoría usaban máscaras médicas o similares.

Había desaparecido ese ambiente anodino característico, donde los pasajeros parecían ensimismados. Una invisible pero casi palpable sensación de desconfianza, temor y angustia reprimida flotaba alrededor de cada uno de ellos.

Mis clases de maestría habían sido suspendidas y se esperaba que se reanudaran vía internet. Mis compañeros se habían refugiado cada uno dentro del diámetro de su burbuja de aislamiento y las medidas de esta, eran de acuerdo con las normas de sanidad y del miedo ante la pandemia del coronavirus. Esta enfermedad atacaba el sistema respiratorio con gran movilidad y mortalidad sin que hubiera cura, vacuna o protección efectiva contra ella.

Las medidas de aislamiento para contener la pandemia eran estrictas en New York, toda reunión no esencial estaba prohibida. El gobernador Cuomo las remarcaba para salvar vidas cuando el sistema de salud ya había colapsado. En medio de la convulsión y el miedo ante el rapidísimo contagio, Cuomo iluminó el Empire State de rojo en homenaje a los trabajadores de salud que salvaban vidas a costas de las suyas. Recordé que hacía un año, el gobernador firmó una ley que garantizaba la muerte de decenas de miles de seres humanos en el vientre materno, e incluso hasta el momento mismo del parto, definiéndola en este caso como “muerte confortable” y para celebrar había encendido el edificio One World Trade Center de color rosa.

La capital del mundo era ahora un fantasma de si misma con bares, atracciones, restaurantes, museos, torneos deportivos, cines, centros comerciales y educativos cerrados hasta nuevo aviso. Pero lo que destacaba era esa ausencia del numeroso público local y turista que la desbordaba. El tren atravesaba Manhattan de norte a sur, bajé en mi destino, la plaza Washington, lugar público pero que hacía de campus de nuestro centro de estudios, me había citado allí con Eliana. El encierro de poblaciones era obligatorio en muchos países, pero en los Estados Unidos era, hasta el momento, voluntario.

Eliana y yo cursábamos una maestría en la Universidad de New York, ella de enfermería y yo de español creativo. Nos habíamos conocido en un evento deportivo de la universidad y desde allí iniciamos una relación que a todas luces nos uniría para siempre. Ella lleva su maestría en la escuela de enfermería Rory Meyers y trabaja en el hospital Bellevue en la primera línea de defensa contra la pandemia. Yo, me esfuerzo en aprender a escribir cuentos en la escuela de español creativo, mi local está en la Plaza Washington y tengo un trabajo de intérprete en el Departamento de Niños y Familias, cada vez más escaso debido a la pandemia.

Eliana llegó puntual, nos sentamos en una banca junto a los todavía desnudos árboles, pues si bien la primavera había llegado, aun las hojas no habían aparecido. Estábamos juntos desde hace dos años y antes, el besarnos en público era algo normal, pero ahora el solo andar de manos por la calle era visto como una infracción a las reglas de salud, la separación de más de dos metros era recomendada. La noté un poco contrariada y pálida.

−Dos enfermeras de mi área están positivas y están internadas en el Hospital, a mí y a Laura nos mandaron a cuarentena en casa.

−Pero si ayer mismo nos estábamos besando y… si tú lo tienes yo también lo tengo.

−¿Qué vamos a hacer?

−Nos iremos a tu apartamento, traeré mis cosas, compartiremos gastos.

−Pero…

−Estará bien, traeré mi cama también, es pequeña y plegable, una maleta, un par de cajas, el resto es de la pensión. Nos necesitaremos los dos, lejos de la patria, trabajando y estudiando y ahora nuestros ingresos entran en una zona de incertidumbre y no sabremos por cuántos días semanas o meses.

Se levantó de la banca un par de veces y se sentó de nuevo y luego dijo: −OK.

No ocupé mucho espacio, mi cama quedó instalada en una esquina, mi maleta debajo de ella y las cajas en un closet. No podríamos salir y antes de recluirnos compré de todo un poco, especialmente alimentos no perecederos y agua. La televisión fue nuestro primer refugio hasta que la continuidad y exacerbación de las noticias nos dieron duro, especialmente después de que comenzamos a sentir los primeros síntomas.

La fiebre, aunque baja y el dolor de cabeza fueron mis síntomas y los de ella un dolor de garganta y un poco de complicaciones intestinales. Con el panadol resolvíamos la fiebre y cada vez que llamamos al doctor, la enfermera nos decía que no era necesaria la prueba para ambos y debíamos asumir que teníamos la enfermedad y que ambos debíamos estar en casa y no ir al Hospital a menos que tuviéramos síntomas graves. En nuestras camas veíamos el minutero del reloj avanzar lentamente y su monótono tictac ya no nos importaba. 

−Estamos igualitos que en el Decamerón de Boccaccio, que fue escrito en Italia durante la peste bubónica, que se llevó un tercio de la población mundial en la edad media – comenté en una tarde especialmente larga.

−¡Que desolador! ¿qué haría la gente? − me contestó Eliana.

−Los personajes del Decamerón se encerraron en una villa para evitar contagiarse y para pasar los largos días de encierro se contaban historias de amor y otros temas.

−¡Podríamos hacer algo similar! tu arrancas, eres el escritor.

−Intentémoslo… a ver, podríamos comenzar con historias de amor no romántico.

−¿Qué amor es no romántico?

−Lo estamos viendo todos los días en las noticias: la mamá de 24 años que agonizando envía un mensaje de consuelo y amor por video a su esposo e hijita recién nacida que no pueden estar ahí para sostener su mano en los últimos instantes.

−Sí, es uno de los casos más tristes, yo contaría la historia de los doctores en Italia que, luchando días seguidos contra un enemigo invisible, sin descanso, sin poder bañarse o comer bien van muriendo como soldados épicos, que van a la batalla sin armas y sin escudos, sin equipo y sin ropa protectora. Y no pueden descansar ni dejar de batallar pues pelean por ellos y para cubrir el puesto de uno o dos colegas que ya sucumbieron o están heridos.

 −Mira! Y tú que me dices a mi, escritor, esa frase que acabas de decir es todo un monumento. Y yo añadiría otros combatientes que serían las enfermeras, policías, bomberos, personal de las fuerzas armadas que también están peleando con coraje y en inferioridad de condiciones y como tú dices sin municiones y sin protección adecuada.

−Hablando de estos héroes épicos también resalta las decenas de sacerdotes católicos que han muerto por esta pandemia. Ellos sabiendo que pueden ser contagiados, se acercan al lecho de los moribundos a darles la última unción. No se me borra la imagen de aquel sacerdote en el norte italiano que al estar grave y necesitar un respirador, que no había, toda su villa reúne dinero y le compra uno para su uso personal, pero cuando se lo iban a conectar prefiere donárselo a un joven enfermo que estaba junto a él y sacrifica así su vida por amor.

−Y otra historia de amor es la resistencia y disciplina de prácticamente toda la población mundial que se recluye en sus casas para evitar el contagio o para no seguir transmitiéndolo. Es increíble cómo en tan poco tiempo, prácticamente en días, todo el mundo cambió de golpe y para siempre.

−Cuando emerjamos de esto veremos que los conceptos de lo que es la vida habrán cambiado y para bien.

Pese a las tinieblas que aún existen como el haber nominado como actividad no esencial los centros de estudios, los deportes, las artes, el turismo, los cultos religiosos y más, pero declarando entre los esenciales a un crimen que es el aborto. Las ciudades pelean con valor por salvar vidas de esta peste, pero las autoridades mantienen abiertos los centros de abortos pese a que muchos estados han tratado cerrarlos por la pandemia, las cortes han fallado que sigan funcionando y como esenciales.

−Si esta doble moral está acarreando sus consecuencias ¿cómo pueden las autoridades rogar por ayuda e incluso ante Dios por superar esta pandemia y salvar vidas? y al mismo tiempo permiten la muerte de millones de niños por nacer alrededor del mundo, es una contradicción.

−Es una hipocresía, ojalá que la gente se de cuenta de esto y cuando se venza a este enemigo invisible se venza también a este enemigo visible que comete un crimen de lesa humanidad. Estamos sintiendo el miedo que se siente ante la muerte, miedo que decimos que no sienten esos inocentes que nuestras leyes condenan a una muerte despiadada, usando el dinero de los impuestos de todos para financiar un ignominioso negocio.

Mientras seguíamos contándonos nuestras impresiones, en las desiertas calles sonaban como fondo musical las ambulancias, a veces cercanas, a veces lejanas.

Pablo D. Perleche (pablodperleche@aol.com)

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