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COVID-19 muestra las profundas desigualdades en que vivimos

Los desastres tienen la mala costumbre de exponer a la vista de todos los múltiples problemas que muchos sabemos que existen, pero que otros, por conveniencia política y económica, prefieren seguir barriendo debajo de la alfombra. Es una costumbre típica no solamente de las sociedades que lo tienen todo, sino incluso de las que aun en sus carencias quisieran no tomar en cuenta las posibles soluciones, sino su perpetuación para seguir teniendo algo de qué hablar en sus discursos oficiales para supuestamente “erradicar” dichas anomalías.

En Puerto Rico, por ejemplo, el huracán “María” desnudó la realidad de los muchos Puerto Ricos que existen, particularmente la de los privilegiados a quienes nada los toca y la pobreza que arropa a una enorme parte de la población, especialmente al interior de la isla.

No menos evidentes son los casos de diversos países de América Latina, donde la pandemia ha venido a exacerbar profundas inequidades, empezando por el sector de la salud, cuyas carencias hacen peligrar la atención requerida en caso de que la curva de contagios siga expandiéndose y no haya suficientes camas de hospital ni equipo médico para atender a los infectados.

Y a nivel mundial, pero sobre todo en Estados Unidos, autoproclamado faro de la democracia y las oportunidades, el coronavirus ha expuesto las enormes brechas que existen entre las diversas clases sociales, los diferentes grupos étnicos y los estatus migratorios que conforman esta nación.

Así, los reportes de que en ciertas zonas del país la mayor parte de los contagios y muertes afectan a minorías como los hispanos y los afroamericanos no debe sorprender a nadie, toda vez que son grupos con menos acceso a seguro médico y plagados de padecimientos preexistentes, como obesidad, diabetes o asma, que complican cualquier cuadro médico, no solo por COVID-19 sino por cualquier otra enfermedad.

Y si de desigualdades se trata, cómo pasar por alto las desigualdades migratorias. Miles de inmigrantes sin estatus migratorio o con estatus temporales llevan a cabo labores esenciales en el rubro de la salud. Se desempeñan en enfermería, son doctores, técnicos, personal de emergencias médicas, paramédicos o cuidadores. Por ejemplo, los “Dreamers” conforman un grupo importante en este sector, donde unos 27,000 están ahora mismo en el frente de esta ardua batalla médica, con el riesgo de contagiarse y sin la garantía de que después de que todo esto termine su situación migratoria se arregle. Lamentablemente, sobre sus cabezas pende la decisión final sobre el programa DACA por parte de la Suprema Corte de Justicia, agravando de este modo la ansiedad de miles de jóvenes y sus familias que han demostrado plenamente su utilidad social en el complejo engranaje de Estados Unidos.

Ni qué decir de la tantas veces expuesta inmoralidad y cuasi esclavitud en que la nación más poderosa del planeta tiene a sus trabajadores agrícolas, un sector esencial que hace décadas debió legalizarse y concedérseles condiciones laborales dignas sobre el duro trabajo que realizan, bajo temperaturas infernales, cumpliendo horarios infames, con sueldos de miseria, expuestos a productos químicos dañinos y ahora nada menos que al coronavirus, y sin la posibilidad de tener acceso a la atención médica, dado que la gran mayoría carece de documentos legales. En efecto, el maltrato a los trabajadores agrícolas es una mancha indeleble en la historia de este país, del Congreso y de la Casa Blanca de esta y previas administraciones.

* Maribel Hastings es Asesora Ejecutiva de America’s Voice

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