Un Poco de Buena Suerte

CUENTO BREVE

Ya había pasado lo más pesado de la campaña de la crianza de pollos. Leandro estaba contento, había dormido siete noches con sus diez mil pollos que recién habían llegado de la incubadora. Estos pollos bebé en su primera semana de vida dependen por completo del calentador de gas ya que no pueden regular su temperatura corporal. Tenía que revisar la exacta temperatura, mucho calor y los pollitos se alejaban de la campana, poco calor y los animalitos se acercaban mucho en ambos casos podían morir por cientos o miles y la producción fracasaría.

Era su primera crianza, como veterinario en un país en vías de desarrollo, no tenía los medios económicos y el sistema financiero no lo podía ayudar. Tuvo una suerte espectacular cuando su primo, que había prosperado como proveedor alimenticio en varias clínicas de la ciudad, decidió poner una granja de pollos para diversificar sus negocios.

Con la ilusión del recién graduado diseñó la granja y la implementó con los equipos necesarios. Luego de esa primera semana crítica ya podía regresar a su casa, en Lima, dejando la granja ubicada en la sureña ciudad de Chilca a cargo de Astunez y Girdales, dos muchachos del lugar que sabían el oficio.

Chilca, es una pequeña ciudad costera en el comienzo del inmenso desierto sureño que se extiende hasta Ica. Cobra vida en verano donde sus múltiples restaurantes ofrecen los productos del mar preparados de una forma deliciosa y a precios módicos. Añádase a esto la inmensa playa que está flanqueada al sur por un elevado promontorio que le da un aspecto espectacular. En invierno, por el contrario, compartía el clima de la capital ubicada a 60 kilómetros al norte. En esos meses el cielo está encapotado todo el día y una apatía crónica arremetía contra sus pobladores, que se dedican a trabajar en las granjas de los gigantescos consorcios avícolas que crían millones de pollos en el área.

Así pues, podemos imaginarnos la granja de Leandro como una Liliput en medio de tierra de gigantes. Los otros trabajadores de la inmediación se burlaban del único galpón que con sus diez mil pollos eran una insignificancia comparada con las de ellos. Pero cuando la campaña avanzó y el producto resultó bueno fueron mirados con respeto. Como si el Goliat supiera ya de la posible pedrada de un David. De hecho una multitud de Davíes, representados por granjas de pequeños productores, competían contra el poderoso consorcio que cada cierto tiempo bajaba el precio del pollo y los arruinaba miserablemente ante la imposibilidad de competir con sus costos de producción.

Leandro aplicaba los conocimientos adquiridos y se sentía útil de saber que estaba contribuyendo con su economía, la economía local y la del país. Y esto pese a que en esa aciaga década de los ochenta no corrían vientos prósperos en las finanzas de la nación, sumados a la demencia de unos cuantos que pensaban solucionar todos los problemas con la violencia y el terror. Una insania fanática llevaba a estos terroristas a terribles atentados que no respetaban la dignidad y la vida de las personas.

Astunez y Girdales le habían contado a Leandro que algunos de estos siniestros personajes usaban las granjas vacías para pernoctar, cuando estaban de tránsito hacia las quebradas de las montañas que nacían casi inmediatamente surgidas del desierto y que se elevaban majestuosamente formando la cordillera de los Andes.

El trabajo de Leandro consistía en visitar diariamente la granja y verificar el estado de salud de su plumífera población. Supervisar que el agua y la comida estuvieran aseguradas, vacunar y medicar a las aves a través del agua de bebida y mantener un cerco sanitario estricto.

Llegaba a la granja en el autobús interprovincial Lima-Ica que era el más rápido y regresaba de la misma manera. Vivía Leandro en un complejo habitacional de Lima con su esposa Andrea y estaban esperando el nacimiento de su primer hijo. Con ellos vivía también su sobrino José de 6 años que había quedado huérfano. El pequeño había asistido a veces con Leandro cuando se construía la granja, pero todavía no había visto a los pollos, e insistía con persistencia para verlos. Llegó un sábado en que Leandro lo llevó con él. Eso si, le exigió que respetara las reglas que le iba a dar, o nunca más.

Habían salido un poco tarde, pues en las mañanas Leandro atendía animales menores en su consultorio. Era verano y una epidemia de parvovirosis se había desatado en la ciudad diezmando a los perritos de tres meses a un año de edad. José estaba excitado por el viaje y la aglomeración de gente que se reunía en la estación de ómnibus. Las vianderas ofrecían sus platos, también los dulceros y heladores competían a viva fuerza por conseguir clientes. Compraron unos bombones de helado y viajaron plácidamente observando el desértico panorama.


–Doctor, ¿tan tarde? ¿Qué tal Josecito?

–Qué tal Astunez, tuve muchos pacientes en la mañana. Hola Astunez añadió José.

–Tendrá que apurarse, los sábados el último ómnibus pasa más temprano.

–Pues manos a la obra–. Leandro realizó su trabajo en tiempo récord. Luego acompañado por Girdales se dirigió al paradero que estaba en plena carretera Panamericana.

Conversando Girdales le decía que si que si perdía el bus tendría que quedarse a dormir en la granja. A lo que replicaba Leandro que tendría que regresar como sea, su esposa estaba sensible por el embarazo y además había prometido regresar a José ese mismo día. Y añadió Leandro que si ese fuera el caso caminaría los ocho kilómetros hasta la garita de Pucusana donde se detenían todos los buses para el control.


–No se lo recomendaría doctor ya va a ser de noche y recuerde el camino es a veces transitado por bandoleros e incluso terroristas.

–¡Mira allí viene el ómnibus!

El ómnibus pasó a toda velocidad sin importarles los gestos desesperados de varias personas allí reunidas. Los frustrados pasajeros se fueron retirando hablando pestes del chofer y del servicio que una vez más les hacía pasar un mal rato.

–Bueno Girdales, me voy a Pucusana.

–Que conste que se lo advertí doctor–. El sol ya se hundía en el mar cuando Girdales observaba que Leandro también se perdía en la distancia y apenas distinguía a Josecito, entonces dio media vuelta y se fue a la granja.

La oscuridad llego tan rápido que sorprendió a Leandro que calculó que todavía no habían llegado a la mitad de camino. Avanzaban despacio bordeando la carretera. La única luz provenía de vehículos que pasaban ocasionalmente y a toda velocidad.

–Tío estoy cansado podemos sentarnos un ratito.

–Esta bien Josecito, pero solo unos minutos.

Tío y sobrino observaban en silencio el majestuoso firmamento lleno de innumerables estrellas que les parpadeaban exultantes. La luna comenzaba a elevarse desde las montañas alumbrando con su fantasmal luz la carretera y la planicie desierta.

Fue entonces que los escuchó y luego los distinguió. Era un grupo que cruzaba la carretera se dirigía hacia ellos. Leandro se tiró en el suelo e hizo que José lo imitara, además le dijo al oído que se mantuviera en silencio e inmóvil. El grupo se detuvo a unos pocos metros de ellos.


–¿Qué decides?– dijo uno de ellos.

–Tendremos que regresar a las quebradas, la vigilancia esta fuerte, no podremos pasar.

–Comamos rápido aquí mismo.

El grupo comió en silencio. Leandro oía envoltorios que se abrían y el líquido de sus recipientes al beber. Estaba conmocionado pero alerta, sabía de la violencia y fanatismo de esos seres que querían dominar imponiendo sus ideas con el terror. Sabía que no dudaban en matar autoridades y profesionales que según ellos eran enemigos del pueblo. Sabía de muchos profesores, ingenieros, médicos y otros que habían sido asesinados por esas hordas. Un compañero de su promoción se había inmolado cuando regresó a Puno para ayudar a las decenas de ganaderos que se habían quedado sin doctor para que atender a sus animales y los terroristas le dieron cruel muerte. Sabía que si era descubierto sería muerto allí mismo al igual que su sobrino. Sabía que esos seres no tenían piedad.


–¡Carajo huele a mierda de pollo!–dijo uno de ellos.

–Otro riendo le dijo: “Toda esta área esta infestada de ese olor, hay muchas granjas en esta zona. Y esto no es nada si olieras cómo quedamos cuando tenemos que pasar el día escondido en algunas que están vacías, el olor se te pega por días”.

–Pero ese olor parece que estuviera aquí no más.

Leandro tragó saliva, sabía que el olor provenía de él que había estado en contacto con los pollos. Abrazó a Josecito y lo sintió extremadamente tenso y con su corazoncito latiendo aceleradamente.


–Bueno en marcha dijo el que parecía ser el líder.

Leandro los vio perderse en la semipenumbra. Se estuvo quieto hasta que se incorporó, al tratar de parar a su sobrino este le dijo: “Tío las piernas no me responden”, estaba aterrado. Leandro lo cargó y lo puso sobre sus hombros como cuando jugaban al caballito. Caminó rápido, muy rápido y en una hora y media alcanzó la garita. Un guardia fuertemente armado le dio el alto y luego lo reconoció.


–Doctor qué horas estas de caminar.

–Me dejó el último bus.

–Se hubiera podido encontrar con los terrucos.

–¡Me los encontré!

–¿Cómo?

Leandro le contó los pormenores del incidente.

–Enviaré una patrulla, aunque sé que será en vano, esos tipos se esconden bien y solo atacan cuando tienen toda la ventaja.

El guardia escoltó al doctor a un ómnibus con rumbo a Lima. Encontró dos asientos vacíos. A los pocos minutos Leandro observaba dormir a Josecito cuando el bus ya enrumbaba. Mirando a través de la ventana le resonaban aún las palabras del guardia: “Doctor, en verdad esta noche tuvo usted un poco de buena suerte”.


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