Un cuento olvidado

Lo encontré hoy mientras ordenaba mi escritorio. Era un cuento, unos cuantos pliegos ya amarillentos. La historia me la había remitido mi amigo D. que residía en el extranjero. Mi intención era leerlo pronto pero mis múltiples ocupaciones y una enfermedad hicieron que lo guardara y quedó allí por muchos meses. Lo releía  hoy por tercera vez y verdaderamente era una pequeña joya, en la que brillaba el valor y el sentido común, camuflados bajo el aura de una historia romántica y trágica a la vez.

El protagonista un hombre ya endurecido por los años tiene que  realizar una peligrosa jornada para salvar la vida de su compañera. Ella había sido envenenada, pero por alguna razón inexplicable no había muerto. En condición casi inanimada era cuidada por sus familiares. El curandero del pueblo le había dicho que el único antídoto (una flor muy rara) se encontraba en un lugar despoblado y tenía que pasar por un territorio plagado de bestias. Tenía que atravesar desiertos rocosos y de altas dunas de arena, selvas espesas e ilimitadas,  barrancos profundos y oscuros donde no llegaba la luz del sol. Para complicar la cosa el clima del recorrido estaba expuesto a la lucha de  los elementos que se desencadenaban sorpresivamente bajo la forma de lluvias torrenciales, calor insoportable, granizo, rayos, viento y nieve.

El cazador estaba ya dispuesto a partir. Llevaba  provisiones y algo de equipo que necesitaría en su jornada, además de su infaltable fusil y un sable del ejército, herencia de su abuelo. Se detuvo ante el lecho de su amada, la besó en la frente. Hombre templado por muchos combates contra el hombre y la naturaleza no pudo evitar que una lágrima cayera impúdica sobre su curtido rostro.

Ensilló a su fiel amigo, un poderoso caballo pinto, juntos habían pasado buenos tiempos tanto en el campo de batalla como en su pacífico hogar. Ya a punto de salir se le acercó el curandero “Haz decidido ir pese a lo  que te he advertido,  te doy un aviso más. Habrá dos ocasiones en la que tendrás que estar bien alerta. Primero cuando cruces por los desiertos rocosos de la Serpiente Emplumada, allí cuídate muy en especial del coyote, es taimado. Tras su aparente juvenil sonrisa y actitudes amables espera tu mínimo descuido para devorarte y destrozar todo lo que sea tuyo. Y cuando cruces las montañas nevadas del País del Oro cuídate del oso de anteojos es un horrible animal, gordo, de cabeza grande, cuadrada y chata, de pelo siempre desaliñado, de andar torpe, que salivea constantemente lo que le da un aspecto de gran baboso. No dejes que te engañe su apariencia lastimera que da pena pues es un traidor nato y solo ataca cuando estas desprevenido”

El cazador cruzó los inmensos desiertos rocosos y las altas dunas de arena y estuvo cerca de perecer de calor en el día y de congelado en la noche. Pero el verdadero peligro fue cuando se encontró con el coyote. 

El astuto cánido lo siguió por días. El cazador le disparó en varias ocasiones pero el  coyote se escondía velozmente. Atacaba de noche, por lo que el cazador contaba con el sentido de alerta de su caballo. Y aun así el malicioso animal había logrado morder varias veces tanto al jinete como al corcel. El cazador planeó atacarlo cuando descansaba la nocturna jornada de ataques. Una mañana temprano siguió el rastro del animal hasta una cueva. Se apostó a esperarlo, un relincho del caballo puso en alerta al coyote que se mantuvo escondido, había sido sorprendido lo que no cabía en sus esquemas. El cazador quemó leña a la entrada de la cueva y el cobarde animal prefirió morir asfixiado que dar la cara.

El cazador siguió el camino desértico hasta quedarse sin agua por días. Desfallecía cuando llegó a los contrafuertes de la cordillera, allí los ríos de aguas heladas calmaron su sed. Tuvo que afrontar gigantescas tormentas, a veces de lluvia otras de nieve, siempre con su fiel pinto en medio de las majestuosas montañas  de cumbres nevadas. Cuando descendía por un estrecho valle se encontró con el oso de anteojos.

Ahí estaba el pestilente animal, comiendo carroña y al ser sorprendido sin poder usar su clásica traición solo atinó a lanzar un gruñido que tenía más de rebuzno de burro que ronquido de fiera salvaje. Hizo la intención de avanzar pero el cazador le desarrajó un tiro a quema ropa que le hirió un lado de la cara. La bestia al verse herida bramó encolerizada y levantó la pata para dar un formidable zarpazo, el cazador sin tiempo para recargar usó su sable y le hirió la pata. El animal adolorido e inmovilizado comenzó a sollozar lastimeramente, quizás esperando ayuda de sus hermanos osos que no llegaron, estando escondidos solo a metros de distancia, así de cobardes eran, solo en la traición encontraban la forma de atacar. El cazador cargó y levantó su fusil dispuesto a terminar con el oso pera tras considerarlo mejor, decidió no gastar más tiros en la bestia que se arrastraba en medio de su sangre, orines y excrementos. No valía la pena, el vivir sería su castigo, montó en su fiel amigo y siguió su jornada. 

Tras dejar atrás el último cerro llegó a la inmensa jungla que se extendía hasta perderse de vista en el horizonte. El calor subía según descendía a la selva. Muchos otros animales peligrosos encontró allí, pero ninguno como las dos bestias que había inutilizado hacía unos días. Encontró las flores donde el curandero le había indicado. Se aprovisionó de una buena cantidad y empezó el largo camino del retorno.

Al llegar el curandero preparó el antídoto y antes de dárselo a la mujer dijo al cazador: “Estas seguro que quieres dárselo, recuerda lo que te dije al principio pero aun así decidiste ir. Al recuperar el conocimiento ella no te conocerá y más bien por causa del veneno que le dieron te odiará. Sufrirás mucho ¿Quieres seguir con esto?”

El cazador meditó unos segundos y dijo: “Dáselo chamán, así está escrito, que yo la quisiera por siempre en el buen tiempo y en el malo, en la salud y en la enfermedad. Dale la pócima, que viva, es lo que importa, solo espera unos minutos que me aleje. Adiós y gracias”. El cazador besó por última vez a su compañera y sin darse un descanso montó y salió al galope buscando su destino.
Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com

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