Un asiento y una ventana

CRONICAS

Un asiento, la ventana de un auto, Connecticut, Estados Unidos de Norteamérica, una supercarretera bordeada de bosques donde los árboles con millones de hojas en botón empiezan la primavera. Islotes de centros comerciales rompen la monotonía del verde mar vegetal. Ahora otro asiento más alto, un ómnibus otra supercarretera, más bosques y también casitas simétricas, ordenadas, una pasión por la geometría Euclidiana llena de líneas rectas, territoriales, propiedad de seres humanos que en su gran mayoría no conocen quién vive al costado.

Luego un cambio brusco, aparece en escena otro bosque pero de cemento, la ciudad de Nueva York. Avenidas y avenidas llenas de rascacielos, parte Este de la ciudad, una ebullición de avenidas en construcción, grúas y estructuras gigantescas bloquean las avenidas, decenas de obreros por calle, todo tipo de negocios imaginables, caos en el tráfico, cielo gris, millones de habitantes, nadie conoce a nadie solo a los de su entorno, los unen los Yanquis, el show de Leno y otros. Primera parada sección Oeste, una Universidad, una clase de literatura, un profesor, compañeros, camaradería.

Luego otra ventana, esta vez el metro subterráneo, luces y sombras entre estación y estación un microcosmo de personas del mundo entero desfilan. Durante el viaje una mujer, oriental, joven con su bebe en la espalda pide limosna, también lo hace un hombre moreno de edad avanzada aparentemente con problemas de visión y que se mantiene milagrosamente en equilibrio ayudado de un bastón. Otra parada, otra ventana ahora es un tren aéreo que conecta al aeropuerto más grande del mundo, docenas de aviones se agrupan alrededor de las terminales. Un avión aterriza y otro despega cada minuto, los pasajeros atiborran la terminal.

Otro asiento, otra ventana, ahora en un avión, despega, es de noche la travesía se efectúa de este a oeste atravesando el país, las luces resplandecen abajo en las ciudades y arriba en las estrellas, sus constructores saben que son buenas. Siguiente parada Utah, Salt Lake City, una cadena montañosa de nieves eternas que se reflejan en un lago inmenso; el sol a mitad de la tarde un punto privilegiado de observación en una colina, un silencio total. Es imperativo meditar.

El viajero cumple su deber, no ve más paisajes. Esos días está dentro de una de las casitas simétricas tratando de descifrar el sentido de la vida. En una cama yace agónico su hermano menor. Está con todas sus facultades mentales y comprende que tras dos años el cáncer ganó y es tiempo de despedirse de todos. Frente alta ni un quejido, ningún reclamo, alienta a todos. Consigue, aun en su lecho de muerte, un premio al mejor vendedor del mes, todo vía telefónica. Sus compañeros latinoamericanos llegan, son nueve, traen serenata, lloran, ríen. Mucha gente viene a dar un último adiós, todos colaboran con algo, el dolor paradójicamente hermana, humaniza a la gente. Pelea hasta el último suspiro. El viajero cierra los ojos de su hermano y a viva voz reconoce sus méritos delante de los dolientes, eleva una plegaria.

Ayuda en todo lo que puede luego y emprende el retorno. Otra ventana de auto bordea Salt Lake City. Otro aeropuerto, otro asiento de avión junto a la ventana, otro paisaje aéreo, ahora de día, rumbo a Long Beach, California, no hay vuelo directo de regreso a Connecticut. Observa por la ventanilla un mapa físico tridimensional. Este se extiende hasta lo que da el horizonte desde el avión que vuela a diez kilómetros de altura. Desfilan el Océano Pacífico, el desierto californiano, el Valle de la Muerte. Extensiones montañosas, lagos, ríos y llanuras muestran nítidamente sus detalles. Apenas se distinguen las grandes edificaciones humanas y las carreteras. Por más que afino la vista no se distinguen a los seres humanos y a los vehículos.

El avión sobrevuela el Gran Cañón, el color rojizo de las formaciones montañosas impresionan hasta quitar el aliento. Luego se distingue una acumulación nubosa que cubre todo el centro del país, el viajero se lamenta, se perdió más paisajes y el avión comienza a zarandearse de lo lindo, de arriba abajo y de derecha a izquierda, la ciclópea tormenta allá abajo envía sus turbulencias hacia arriba. Los paisajes retornan al llegar a Nueva York, la jungla de cemento, ahora observada desde la altura. La Capital del Mundo y el Océano Atlántico remeda a los aeropuertos, ya que se ven una procesión de cargueros que surcan la superficie liquida hasta el horizonte enrumbando a los puertos neoyorkinos. El avión aterriza y el viajero se dispone ahora a usar trenes, ómnibus y autos. Llega a su hogar tras dos semanas de ausencia, es bien recibido.
Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com

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