¿Todo tiempo pasado fue mejor?

Hace algunos siglos atrás Jorge Manrique, poeta español, escribió sus famosas coplas para dejar de sentir el dolor a la muerte de su padre. En ellas nos habla, con cierta amargura y resignación, de la rapidez con que pasa la vida, de la presteza con que se va el placer y del dolor que causa el sumergirse en los recuerdos, cuando dice “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Versos que, a la luz de la actual realidad, parecieran cada vez más ciertos, sobre todo cuando nos damos cuenta de la velocidad con que pasan los años y de la nostalgia que significa recordar cómo nuestra realidad va cambiando, para bien o para mal, pero que ya no es la misma a la que vivimos en nuestra juventud. Muchos de estos cambios son culturales, los cuales van de la mano con los nuevos avances tecnológicos, y que muchas veces nos es difícil aceptar o adaptarnos a ellos.

Actualmente vivimos en una época en la cual la tecnología ha copado hasta el más insignificante detalle de nuestra diaria existencia, al punto que, para algunos, se ha constituido insustituible, aunque muchas veces pareciera absurdo. Si miramos a nuestro alrededor veremos gente, muchas de ellas jóvenes y otras no tan jóvenes, con unos aparatitos pegados a la oreja que, parecieran hablar a solas, haciendo gestos y, algunas veces gritando, dando la idea de que han perdido la razón. Sin embargo, se trata simplemente que están haciendo uso de uno de los últimos avances tecnológicos, el teléfono celular. El problema radica en que el aparatito de marras se ha vuelto tan de moda y luce tan “cool” dicen sus usuarios que, hasta las comidas familiares se interrumpen cuando suena el moderno celular.

Vemos entonces que nuestras prioridades culturales van cambiando a pasos agigantados de la mano con la tecnología, la cual no respeta, ni deja el espacio necesario para una comunicación fluida entre los miembros de la familia, no mencionemos las relaciones amicales, las cuales están sujetas a la disponibilidad de tiempo “libre de llamadas” del interlocutor. Por otro lado, con más frecuencia, somos testigos de cómo el sonido irritante de estos aparatitos, algunas veces estridente por demás, rompe la seriedad de ceremonias en las cuales el momento requiere seriedad, silencio y sobre todo, solemnidad.

Indudablemente que estas “costumbres modernas” no pueden ser cambiadas con ordenanzas legales, al estilo de la que prohíbe manejar con un celular en la mano, a propósito, ¿Alguien obedece dicha ley?... El cambio tiene que ser individual, producto de la madurez cívica y humana del individuo. Si bien es cierto que el teléfono celular es útil, recordamos que unos años atrás era algo desconocido y nadie tenía necesidad de hablar con la urgencia que ahora pareciera tuvieran.

Iniciamos este artículo haciendo una breve referencia a la obra de Jorge Manrique, lectura obligada para los que estudiábamos la lengua castellana en la escuela secundaria. La lectura era una actividad obligada en esos no muy lejanos tiempos y, era común ver a los jóvenes andar con un libro en las manos, leyéndolo cada que tenían oportunidad. Hoy, la tecnología ha cambiado ese hábito tan saludable y la lectura ha pasado a un lugar de importancia secundaria si acaso se la practica. La tecnología, nuevamente, ha tomando la ofensiva y, es triste reconocerlo, el hábito de la lectura está siendo relegado a los confines infinitos del olvido. Su lugar es ocupado por los llamados juegos electrónicos, cuyas nuevas ediciones son esperados con impaciencia digna de mejor causa, al punto que muchos esperan días y noches enteras en la puerta de las tiendas que los van ha vender, como si no hubiera algo mejor y más positivo, en qué ocupar su tiempo.

Es tanta la intromisión de la tecnología en la vida de la juventud que hoy en día es inconcebible, para un joven se entiende, andar en la calle sin los, ahora tan populares I-pod, unos aparatitos pequeños de tamaño, pero con capacidad para guardar cientos de canciones, las cuales los alejan de la realidad cotidiana. Si bien la música es parte de la cultura de un pueblo, cierto es también que, tomada en el contexto comercial con la que es vista ahora por los grandes manipuladores de la música popular, amenaza con aislar a nuestros jóvenes y convertirlos en individualidades separadas e insensibles a lo todo lo que los rodea. Es preocupante ver grupos de jóvenes, cada uno conectado a sus gustos musicales particulares a través de sus aparatitos electrónicos individuales, caminar juntos físicamente pero sin intercambiar ningún comentario, en absoluto silencio, como si estuvieran viviendo en un mundo inexistente, individual y abstracto; en donde nadie, excepto ellos, tienen cabida, sin importar lo que sucede en la realidad que los rodea.

Aterra sobre manera ver cómo los paseos escolares, lo cuales antiguamente, eran sinónimo de cantos en grupo, discusiones y griterío general hoy se han convertido en lo opuesto, es decir mundos silenciosos en donde la tecnología se ha adueñado por completo de la capacidad de raciocinio de sus usuarios.

Vemos entonces que la tecnología, si no la sabemos manejar adecuadamente y, sobre todo, guiar a nuestros jóvenes a usarla adecuadamente tiene un lado negativo y perjudicial que, en vez de ayudar al desarrollo y formación cultural, puede fácilmente encaminar por el camino contrario. Las ventajas de una buena lectura, del diálogo con nuestros amigos y, de compartir nuestras vivencias con los que nos rodean van a dar mejores resultados en el desarrollo de la vida de nuestros jóvenes y de la humanidad en general. Es por eso que cuando evocamos los años que se fueron vemos cuánta razón tenía Jorge Manrique cuando escribió sus afamadas Coplas a la muerte de su padre. Cuanta razón tenía el poeta.

Armando Zarazú
azarazu@aol.com

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