Tiempo para recordar a Don Gabriel

Ya el sensacionalismo de la muerte del escritor se desvanece poco a poco en el suave sopor de una sociedad que desdeña la cultura. Gabriel García Márquez no necesita epitafios forzados pero si reconocimientos espontáneos, los que nacen del fondo del alma, los que les rinden sus lectores, los que al leer uno o todos sus libros experimentaron lo que él experimentó al leer La Metamorfosis de Kafka.
Una experiencia donde el mundo puede ser reescrito, recreado, regenerado a través de una novela, de un cuento o incluso de un reportaje periodístico. Los lectores, más si tambien son escritores, tocados por el encanto de la prosa de García renacerán anímicamente al descifrar en sus líneas la magia necesaria para verse reflejados en sus obras. Y a la vez paradójicamente pisar más seguros sobre la Tierra, e incluso emularlo en la medida de sus capacidades y crear algo que contribuya a reforzar la tan menguada cultura de la humanidad. Cultura que actualmente agoniza en recónditos rincones de una sociedad que luego de casi lincharla la ha dejado exánime esperando sádicamente que dé el último suspiro.
Los premios que García recibió en vida, incluso el Nobel palidecen ante los millones de premios que recibió y seguirá recibiendo de parte de cada lector, en cada copia de sus libros leídos en casi todos los idiomas del mundo. Muere el escritor en un tiempo en el que la literatura y todas las artes son desplazadas por el espectáculo que genera el poder mediático, donde el pensar ha sido desplazado por el opio de la publicidad, el consumismo, la tecnología y las drogas mismas. García deja la posta a los escritores que puedan liberarse de las cadenas de la utilidad como fin primario y escribir en nombre de la cultura sea esta local, regional o mundial que al fin y al cabo es una sola e interrelaciona a la humanidad en su carrera trascendental en este rocoso planeta. Aun es tiempo, no somos completamente robots o peor aun, seres que regresamos a la barbarie de tiempos sin civilización.
Por mi parte, siendo aun niño, al leer los Cien años de soledad, en copia popular que mi padre trajo a casa, me perdía en su mágica prosa. Pero lejos de dejarlo lo leí una y otra vez caminando al lado de Arcadio cuando descubrió el galeón español en medio de la jungla y en mi azotea grité de sorpresa al descubrir por mi mismo que el mundo era redondo, al seguir el recorrido aparente del Sol y reconocer en mi mente los puntos cardinales, sin casi ningún instrumento ni completo conocimiento escolar aun. Al igual que Arcadio rompí con mi infancia medioeval y me sentí habitante de un Universo, con domicilio en este planeta. Fue quizás aquí que comenzó mi afición por la Astronomía que mas tarde reviví en su reportaje periodístico Relato de un náufrago y ver con los ojos de Luis Alejandro, solo en su balsa en medio del Caribe, la bóveda celestial colmada de estrellas, infinidad de perlas engarzadas en un inmenso terciopelo negro, una experiencia casi divina que la polución lumínica de las ciudades niega a sus habitantes. En mi juventud y el resto de mi vida seguí, a través de El amor en tiempos del cólera, a Florentino en sus correrías románticas, atravesando cordilleras, años y peligros asombrado del paralelismo que llevaba con él, no tanto en el sentido literal sino en la perseverancia del amor. Crecí leyendo sus obras, muchas gracias Don Gabriel.
Definitivamente la Humanidad tiene una deuda de por vida con García y con los hombres y mujeres que nos orientan con sus escritos en un mundo que requiere un parámetro cultural, una dosis de esperanza, sobre todo en estos convulsos tiempos en que la cultura está en grave peligro de extinción.
Pablo Perleche
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