Tarjeta de cumpleaños

Cuento breve

Al despertar Juan estaba echado en una cama, trató de recordar dónde se hallaba, la luz del día se filtraba a través de una cortina oscura y desvencijada. Poco a poco reconoció el mobiliario, una mesa, una silla, un ropero, una habitación demasiado estrecha, estaba en su cuarto de alquiler. La garganta reseca le pedía pararse e ir al baño común, beber un poco de agua, la fiebre ya había pasado, pero la sed persistía. La herida, ya crónica en el abdomen, cerraba y se abría, infectándose a veces, debido a su abandono y trajinar por cantinas y lugares de mal vivir. Trató de incorporarse y logró sentarse, una vez más sintió el dolor que lo acompañaba desde que la bala le perforó el abdomen. Las otras dos heridas en el brazo y pierna izquierda ya habían sanado dejándole en ambos casos una gran cicatriz.
Recordó el retumbar de las explosiones y la lluvia de balas que le cayó a su pelotón de infantes de marina. Se desplazaban en dos camiones por los andes peruanos, para resguardar un poblado perdido en la cordillera. Uno de los camiones humeaba y el otro se había salido de la carretera, estrellándose contra una formación rocosa. Los infantes sobrevivientes se atrincheraron entre el camión y las rocas y lograron sino repeler al menos cubrirse y mantener a raya a sus atacantes, a todas vistas más numerosos. El resultado era previsible, sabían que al final serían superados y que no habría cuartel para ellos, la rendición era imposible, había que pelear hasta el último hombre. Lograron enviar un mensaje de auxilio, pero intuían que la ayuda no llegaría a tiempo.
El combate siguió y pese a que los infantes consiguieron causar bajas a los terroristas, eran más las que ellos sufrían. Llegó el momento en que solo quedaban cinco infantes, todos ellos heridos. Intentaron moverse y ganar una posición más elevada, pero fueron acribillados. Juan cayó de espaldas y desde el suelo vio caer a sus compañeros. Aún tuvo presencia de ánimo para buscar su arma, cuando sintió las fuertes explosiones y el pasar rasante de un avión. Lo vio pasar dos veces más sembrando la muerte entre los terroristas y luego un helicóptero que descendía y las caras de soldados que presurosos lo ayudaban, al mismo tiempo que el oscuro velo de la inconsciencia se cernía sobre él.
La penumbra seguía en su cuarto, el abdomen le dolía y parecía quemarle. Tocaron a la puerta, era Virgilio, el único amigo que le quedaba. Lo llevó al hospital militar donde lo atendían desde el principio, cuando llegó como el único milagroso sobreviviente de la emboscada. Isidora, la enfermera que lo atendió desde el primer día se había encariñado con él, pese al carácter hosco, melancólico y depresivo que había adquirido Juan. Es más, era la única que había cruzado palabras con él que expresaran algo más que el estado de salud. Supo así de su vida, una niñez y juventud tranquila y jovial, un matrimonio feliz que prometía mucho. Todo cambió con la guerra, su carácter se endureció en la marina y su voluntad se extinguió al ver morir a todos sus compañeros de armas. El resto tenía que pasar, la bohemia, el debacle de sus finanzas, el abandono de su esposa, de sus familiares y amigos cansados de tratar de regresarlo al mundo.
–Isa, te traigo otra vez a este moribundo, ojala que puedes hacer algo por él.
-Un trasplante de cerebro y corazón sería la única solución y si sigue con la mala vida que lleva de hígado también. – Juan sonrió forzado, Isidora era la única que conseguía ese milagro.
El doctor serio y profesional lo atendió, le dio la severa reprimenda de costumbre. Isidora le lavó la cara y lo bañó con paños y le puso un pijama limpio. Juan se dejaba hacer sin quitarle la mirada del rostro.
–Tienes suerte, solo fue un par de puntos en la piel que se abrieron e infectaron un poco, nada que un poco de asepsia y calmantes no puedan solucionar.
–Gracias Isa.
– ¡Ya levantá ese animo! Mirá el sábado tengo libre y las enfermeras vamos a dar una fiesta de Navidad para los hijos de los empleados del Hospital ¿venís conmigo? Va a ver villancicos, regalos para los niños y para todos, Papa Noel en persona, música bailable, comida, refrescos y muchos momentos amenos.
– ¡Isa estoy pelado, no tengo un cobre, me tiré toda mi pensión en tragos y correrías! ¿Qué te voy a regalar? ¿Cómo voy a pagar la entrada?
–Si venís conmigo no pagas entrada y yo solo quiero que me regales una tarjeta de cumpleaños, ya que el día de la fiesta es mi día también.
Cuando regresó a su cuarto Juan ya había comprado la tarjeta de cumpleaños con un aire alusivo a las fiestas de Navidad. Quería esforzarse y hacer de ese mínimo regalo algo grande. Solo le quedaba el tesoro de escribir algo valioso y conciso que expresara una inmensa gratitud hacia Isadora, que con sus cuidados y pláticas lo había recuperado física y emocionalmente. Algo escrito que también expresara ese sentimiento que comenzaba a apoderase de él, más fuerte que él y que lo estaba devolviendo al mundo de los vivos. Sentado en su mesa escribió y rompió muchos borradores. “Qué difícil es escribir algo pequeño y poderoso, yo que podía llenar varias hojas de reportes de campañas militares, me siento impotente de escribir unos cuantos versos corteses”, pensó agitado Juan.
Buscó en varios libros la inspiración ausente, algo que agradeciera a Isidora sus cuidados de salud, la ropa que le había conseguido cuando nadaba en la indigencia, los alimentos que le llevaba cada vez que podía y lo mantuvieron vivo, las veces que lo visitó en prisión cuando por mal vivir en antros había caído en la cárcel y también el cuarto que se lo alquilaba a un precio simbólico un familiar de ella. Al fin se fijó en un libro que también era regalo de Isidora, lo abrió al azar y al poco rato sus ojos que no lloraban desde niño se humedecieron y una paz lo envolvió, había encontrado lo que buscaba.
En la fiesta se divirtió mucho con las actuaciones, bebió y comió con una alegría que no sentía hacía mucho tiempo. Bailó con Isidora y cuando ella pensaba que Juan se había olvidado definitivamente de la tarjeta, este regresó al guardarropa y de su casaca extrajo un sobre plateado y se lo entregó con un abrazo y dos besos, uno en la frente y otro en la mejilla.
En el momento que Juan fue por un refresco Isidora leyó la dedicatoria en su tarjeta: “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber. Pasé como un forastero y me recibiste en tu casa. Anduve sin ropas y me vestiste. Estaba enfermo y fuiste a visitarme. Estuve en la cárcel y me fuiste a ver.” Mt.25, 35. Gracias Isidora.
Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com

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