Sobrevivientes de los Andes, ya son 36 Años

Los Andes Latinoamericanos, la abrupta columna vertebral que la atraviesa de sur a norte, ha sido escenario del desarrollo de de muchísimos hechos que han marcado la historia del sur del nuestro continente. Sus escarpadas montañas y frígidas mesetas vieron crecer y derrumbarse al imperio de los incas a manos de aventureros jinetes castellanos, cuyas cabalgaduras hollaron sus escarpadas cimas a comienzos del siglo XVI. Trescientos años más tarde, los Andes fueron testigos de encarnizadas y heroicas batallas para arrojar del suelo americano al poderío español. De sus entrañas milenarias se extraen minerales que, de alguna forma, ayudan al desarrollo económico de la zona, al mismo tiempo que sus valles son dedicados a la agricultura de productos que alivian el hambre de su moradores. Con sus montañas coronadas de nieve y que fácilmente superan los siete mil metros de altura, los Andes ponen a prueba cada día, la capacidad de sobrevivir del hombre, algo que ha hecho desde hace miles de años.

Hace 36 años, un grupo de jóvenes uruguayos, integrantes de un equipo de rugby, vivía la emoción de viajar por primera vez a un país extranjero para sostener una serie de encuentros deportivos. Viajaban acompañados de algunos familiares y amigos en un avión Fairchild F-227 fletado a la Fuerza Aérea Uruguaya, su destino era Chile. Salieron de Montevideo el 12 de octubre de 1972, pero pronto el piloto Julio Ferradas, se dio cuenta que las condiciones del clima no les permitirían llegar a Santiago en las cuatro horas que había previsto, razón por la cual decidió quedarse a pasar la noche en Mendoza, ciudad argentina, para continuar el viaje al día siguiente. A sus pasajeros no les quedó otra opción que resignarse y esperar pacientemente el nuevo día para reemprender viaje y cumplir sus sueños juveniles de hacer deporte en Chile.

Al día siguiente, en medio de las bromas y la alegría de sus jóvenes pasajeros, el avión despegó de Mendoza y se dirigió raudo a cruzar los Andes. Sin embargo el destino y el mal tiempo hicieron que pronto las risas de alegría se tornaran en gritos de dolor y desesperación. Las nubes que envolvían los Andes y luego, un bolsón de aire, hicieron que el avión perdiera altura, y luego su ala derecha se desprendiera al rozar con la montaña. Por esos hechos que, los creyentes lo atribuyen a la providencia divina y los no creyentes a cosas más terrenales, lo cierto es que el avión no se deshizo y más bien realizó algo parecido a un aterrizaje sobre la nieve de un valle, deslizándose a través de ella por una distancia de cinco kilómetros. Al detenerse el fuselaje de la nave, quedaban treinta y dos sobrevivientes, algunos muy mal heridos y, la gran mayoría de sobrevivientes ilesos. La entereza y deseos de vivir que mostraron los sobrevivientes es una muestra de que el ser humano es capaz de sobreponerse a las peores desgracias. Se organizaron en grupos para realizar actividades de apoyo mutuo, como conseguir agua, mejorar la protección contra el frío y ayudar a los heridos. Es en estas circunstancias y en las en medio de la soledad, del abandono, de la desesperanza y del hambre, deciden entre todos los sobrevivientes, seguir con vida alimentándose de los despojos de sus propios compañeros. “La carne es alimento. Las almas de nuestros amigos ya abandonaron sus cuerpos y lo que queda aquí son los despojos que ya no son seres humanos si no carne como la del ganado”, fue el argumento final que los ayudó a sobreponerse a cualquier escrúpulo. Además, la idea de continuar viviendo los llevó a lo que, posteriormente, ellos mismos calificaron “algo similar a la comunión. La entrega del cuerpo y sangre de sus amigos para darles la vida”. Esta decisión fue acelerada al conocer la noticia, contaban con un pequeño radio portátil a pilas, que su búsqueda, en la que cifraban todas sus esperanzas había sido suspendida luego de diez días.

Sin embargo, los Andes todavía les deparaban otra terrible tragedia. Una noche, en la cual se desencadenó una infernal tormenta, se precipitó una avalancha de nieve que destruyó el refugio que habían construido con los restos del avión, matando a una buena parte de ellos. Esta última prueba a su resistencia los convenció que la única forma de salvarse era salir ellos mismos a buscar ayuda. Escogieron a los dos más fuertes, los cuales emprendieron el riesgoso camino montaña abajo, lo cual hicieron en diez días, en medio de penurias por senderos desconocidos y poco menos que transitables. Al décimo día, lograron avistar a un campesino chileno, el cual dio aviso a las autoridades pertinentes. En los dos días siguientes fueron rescatados catorce sobrevivientes restantes que habían quedado a la espera junto a los restos del avión caído. En total fueron dieciséis los que fueron salvados.

Se han escrito libros y filmado películas sobre este hecho que estremeció al mundo en las navidades del 72. Sus sobrevivientes, no ocultaron jamás como continuaron viviendo los terribles días que les tocó pasar, han continuado sus vidas, y siguen manteniendo firme la amistad que surgiera desde muchos años antes del partido de rugby que no llegaron a jugar y que se reafirmó en un escondido lugar de los Andes que luego del accidente pasó a llamarse Valle de Lágrimas.

Armando Zarazú
azarazu@aol.com

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