Rumbo a Sacsayhuaman, rumbo a los ancestros

Cuando éramos niños hívamos a Sacsayhuaman, la gran fortaleza Inca en Cusco, en busca de aventura, un día antes nos preparábamos muy entusiastas y cuidábamos el más mínimo detalle para la gran empresa; nos habían contado que esa fortaleza de piedra contenía dentro de sí mil un misterios, desde el choclo (o maíz)de oro, las extensas chincanas (túneles) que conducían a lugares fantásticos, momias, cerámicas, ollas, tumis o cualquier otro utensilio; era un viaje al pasado, y solo estaba encima nuestro, a 5 minutos de caminata, allí nomás, encima de la Plaza de Armas; esta fortaleza de Sacsayhuamán fue lo primero que vieron los españoles cuando entraron al Cusco en 1524, está al noroeste de la ciudad y dicen que es la cabeza del puma, en cuya forma se diseñó el Cusco.

Para llegar al lugar a pesar que era un tramo corto, nos habíamos convenientemente provisto de una merienda, llevado linternas, cuchillos, cámaras, papeles, tableros y lápices, todo para la gran cita con los incas, esperando lo imprevisible, como el Indiana Jones de ahora; queríamos con todas nuestras ansias ver el rojo encendido de los trajes y el dorado de las pulseras de oro, caminos perfectos de piedra, terrazas, canales y el sonido del agua sagrada en nuestros costados, y nos sentábamos un rato, bebíamos un refresco y ya estaba a nuestra vista los enormes volúmenes de piedra, el zigzag de los muros, recintos secretos y cerrados con piedra aparejada, espacios mágicos, senderos y niveles repentinos y un bloque de piedra gigante de 10 metros nos decía que estábamos ya en Sacsayhuaman.

Después, nos mimetizábamos en las piedras, la construcción nos absorvía y nos pedía cuentas, no era casual nuestro temor y admiración, sentarse en una de sus piedras era como acomodarse en el Himalaya y ver el mundo a los pies, tocar su superficie era agarrar algo de historia; era el lugar perfecto para jugar a la guerra, esconderse, perderse, y tramar una estrategia de guerra como lo hacía Napoleón cuando niño, o más bien pensar en cómo los conquistadores españoles asolaron la fortaleza y combatieron con nuestros incas, a sangre, espada, liwis, macanas, hondas y fuego, en donde se inmoló el tal guerrero indio Cahuide. Ya son las 12 del día y nos recuerda el reloj solar o Intihuatana que pisamos ahora, está allí en nuestros pies, marca la hora con la sombra proyectada de un monolito, es el lugar indicado para reunirnos y comer algo más, ya uno de nosotros ganó una batalla y merece descanso, algunos se ponen a dibujar la silueta del complejo para hacer perfecta la jornada; otros creen ver a los antiguos peruanos que nos observan y se esconden tras las moles de piedra; pero los caminos y rutas subterráneas son verdaderas, logramos atravezar las chincanas arrastrándonos y en fila, eran casi 15 metros de longitud pero el miedo y las ansias se nos apoderaban, al llegar al medio se obscurece totalmente, ya no se puede regresar, hay duda, puede que no encontremos la salida, seguimos avanzando al tacto y cuando ya comienza la asfixia y la desesperación, de verdad aquí hay una luz al final del tunel, avanzamos apurados y salimos alborozados y felices de haber logrado la hazaña, otros, dicen, nunca salieron, o se desviaron a rutas inimaginables; dicen que estas chincanas recorren las entrañas del Cusco.

Nuestra aventura termina, pero nos queda la sensación de varias cosas ocultas en esta fortaleza, la emoción nos embargó al recorrerla, una suerte de regocijo por habernos acercado a nuestros ancestros también nos asaltó, aún hoy se siguen encontrando y desenterrando muros y evidencias incas, es casi seguro que hay otra ciudad debajo de la que pisamos ahora.

Daniel Torreblanca
dalto1961@yahoo.es

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