Reggaetón, choque de generaciones

Las letras subidas de tono del Reggaetón han despertado protestas en varias
comunidades de América del Sur y el Caribe. El Merengue y la Bachata también fueron
prohibidos desde las iglesias, en el pasado. Reggaetón y Salsa, una historia común.

En la raíz del Reggaetón está la música de las islas, los ritmos que se crean particularmente en el Caribe, con fundamento principal en Puerto Rico. El nombre de esta música muy en boga hoy, acude sin embargo al sustento del Reggae de Jamaica para dar carácter a su presencia en el ámbito juvenil, una irrupción que, hay que decirlo, ha desplazado por momentos a la vieja Salsa y también al merengue dominicano, tan en boga hace algunos años.

El Reggaetón toma la cadencia del Reggae, en su base melódica, y disipa los versos y los pregones del Rap, en una cadencia que es anglo-latina, con fuerte sentido de pertenencia en las barriadas y caseríos de Puerto Rico y Nueva York. Posee un ingrediente de picardía que inicialmente era sólo comprensible, en sus claves y códigos secretos, por las “gangas”, extendiéndose luego hacia sectores medios y altos de la población.

Muchos reggaetoneros reproducen los códigos y los valores que ha sustentado el rap. Una filosofía de la calle, donde a menudo el dinero representa el mayor bien a alcanzar -muchos cantantes exhiben grandes cadenas de oro con el signo de pesos al cuello- y en los videos se insiste en la representación de la “buena vida”, como un espacio donde abundan costosos carros convertibles, mansiones con piscinas mediterráneas, mujeres rubias, champán, fiestas multitudinarias y, de repente, una lluvia de dólares. Parte de estos estereotipos que lanzan a los chicos a la búsqueda de esos “valores”, desde la calle, tienen que ver con la industria puesta en marcha, desde el arribismo, por el rapero “Puffy” Combs.

El Reggaetón, como el Rap, tiene también su código de vestido. gorras de beisbolistas con la visera hacia atrás y luminosas inscripciones, camisas grandes, jeans de diseñador y zapatos deportivos costosos. Algunos cantores puertorriqueños también, reclaman, desde su indumentaria, un sentido de pertenencia y de orgullo patrio. “Cayey”, se lee en las camisetas, al tiempo que se ruedan vídeos en La Perla, como el que hiciera exitoso la compañía Calle Trece.

Es posible asegurar que el fenómeno del Reggaetón, tiene hoy un proceso parecido al de la Salsa en su época de eclosión, pues son ritmos que han nacido en la base popular, para buscar, después, sin que ellos lo pidan, espacios más amplios en las capas mas “cultas”o “refinadas” de la sociedad.

En Puerto Rico destacan Tego Calderón, Don Omar, Daddy Yankee, Calle 13, Wisyn y Yandel, entre muchos otros, sin contar los nacientes grupos de esta corriente que se cuentan en Nueva York y las extensas barriadas latinas de los Estados Unidos, Centro, Sur América y el Caribe. En Cuba se conocen ya grupos de Reggaetón, y en la entrega de los Premios Grammy acaba de brillar Calle 13, al recibir varios galardones.

Choque de generaciones

La aparición del Reggaetón, no obstante, ha significado un choque de generaciones, no solamente por el ritmo que inspira, sino también por la letra de sus canciones. Los viejos seguidores de la Salsa Gorda, como se denomina a este género en su versión más ortodoxa en Puerto Rico, resienten de la “vulgaridad” que se expresa en las letras del Reggaetón, de aquella manera abierta y literal de decir las cosas, de expresar odio o amor, entre pregones casi siempre tragicómicos, y en el estilo de la calle. Piensan que mucho ha cambiado el ambiente musical desde los tiempos de la “lírica borinqueña” de el Gran Combo, al “Atrevete-te- te” de Calle 13.

Sin embargo, se da también la oportunidad de cotejar una generación con otra. La voz líder de Calle 13 semeja en sus fraseos, desde otra orilla, el nacimiento del Sonero Mayor, Ismael Rivera con la orquesta de Cortijo, hace tantos años. Inclusive, su parecido físico es evidente. Tego Calderón, igualmente, sin desprenderse de la tradición salsera de la isla, se permite en sus actuaciones, hacer homenajes a los viejos símbolos musicales, a Lavoe, al propio Maelo, realizando así, un puente magistral entre generaciones.

La irrupción del Reggaetón, como ocurre siempre que aparece un ritmo nuevo, ha creado polémica. También en sus tiempos, el Merengue y la Bachata fueron prohibidos desde los púlpitos, por considerar que esta era una música perniciosa, que “incitaba al pecado y la lujuria”.

La Salsa, es sus inicios, fue una música que identificó sólo a los “cocolos”, a quienes venían de estratos sociales desheredados, sin educación. En Colombia, particularmente, fue durante muchos años música de los barrios más pobres.

Quizás a los mayores de treinta, les toca luchar ahora por entender lo que cantan sus hijos, máxime cuando aparece ya una figura como la de Miguelito, figura del Reggaetón infantil, con sólo 8 años. No obstante la inocencia de su edad, repite ya las procacidades y los retruécanos de doble sentido que exhiben los mayores en tarima.

Así, la discusión moral -y musical- está sobre el tapete. Si el Reggaetón es o no una música “lícita” para ser escuchada socialmente, sin distingos, o pertenece sólo al ghetto, será un juicio que sólo el tiempo podrá absolver. Por ahora, las discotecas, las fiestas y todo lugar de diversión, no pueden prescindir de esta corriente que vino de Puerto Rico, de las profundidades barriales de Nueva York, como el Boogaloo de antaño, como el Jala-Jala, o como el ritmo de Watussi que alguna vez inventara el finado Ray Barreto.

Musicalmente, es mejor no emitir juicios morales, y esperar, ya lo decía, el juicio de la historia. Si el Reggaetón es o no una música perdurable, tendremos la oportunidad de verlo en apenas un lustro. Estados Unidos, país cambiante en sus modas, en su música, permitirá, en ese corto lapso, la floración de nuevas tendencias. El mundo se renueva, y con él, también las generaciones, los gustos musicales.

*Escritor colombiano

Medardo Arias Satizabal
medardoarias@yahoo.com

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