Regalo de Cumpleaños

CUENTO BREVE

Me levanté aún aturdido, estaba celebrando mi cumpleaños número catorce con un paseo al bosque de Yellowstone, en Wyoming, era una de las cosas que deseaba hacer desde muy pequeño. Mis padres y mi hermana así como mi mejor amigo Javicho y sus padres habíamos viajado especialmente para esta ocasión. La cabaña donde nos alojábamos era de puros troncos y para sentir más el embrujo de la naturaleza los propietarios de estas cabañas habían suprimido las “necesidades” de la vida moderna. No había electricidad y por ende todos los productos que esta alimentaba: televisión, radio, horno microondas. La cocina era a carbón y había un pequeño calentador de agua también a carbón para bañarnos, no había refrigeradores.

Lo primero que me llamó la atención fue el inusitado silencio. Deduje que me habían dejado dormir un poco, ya que la noche anterior me desvelé hasta muy tarde observando atónito el cielo. En este refugio natural, sin luces de la ciudad, las estrellas se veían nítidas. Las maravillosas joyas siderales parecían estar engarzadas en un inmenso terciopelo negro. Recordé que habían planeado ir a pescar muy temprano al Lago Yellowstone a varias millas de distancia. Me estiré y llegué a la ducha, menos mal que habían tenido la cortesía de dejarme un poco de agua caliente. Me bañé rápido y me puse una ropa un poco abrigadora, pues habíamos viajado casi al límite de la estación, a mitad del otoño. Las dos familias habían coordinado que usando una cabaña y con esos precios baratos debido al frío, el viaje no resultaría tan oneroso para dos familias hispanas del Bronx, Nueva York.

Los primeros días no podíamos dormir, el silencio era total. Acostumbrados como estábamos al ruido infernal de la capital del mundo nos habíamos sentido muy raros. Extrañábamos el constante ulular de las sirenas de los policías, bomberos y ambulancias, también los disparos de armas de fuego y la infaltable música ruidosa desde las casas o en los autos.

Pero a los tres días el cuerpo se adapta a estas soledades y nos sentimos relajados y felices visitando los géiseres, admirando la gigantesca cadena de montañas, los maravillosos árboles y los lugares que hacen mérito a lo que se dice de este parque: “Pareciese que la naturaleza ha coleccionado las cosas más bellas y las ha reunido en este lugar escogido”. Nos fascinó ver a los animales, varios osos y oseznos, además de alces mapaches, castores y ardillas y otros animales. Lo que más nos encantó fue ver una osa que con sus dos oseznos juguetones atravesaban el complejo de cabañas todas las mañanas y al atardecer. Los guardabosques nos habían advertido que apenas viéramos osos nos refugiáramos en las cabañas. Disfrutábamos también de bellos lagos donde se podían pescar unas truchas, que fritas a la leña eran un manjar, pues es sabido que el pescado es más delicioso cuando menos tiempo pase desde que sale del agua hasta que llegué a la sartén

Al salir de la cabaña me golpeó más el silencio, observé alrededor y las demás cabañas me parecieron también desiertas, era algo extraño pues siempre había niños jugando, alguien prendiendo una fogata o preparándose para ir a pescar o escalar montañas.

“Todo el mundo ha salido”–pensé– y regresé a la cabaña, me serví un desayuno de cereal y preparé un poco de leche en polvo, pues al no haber refrigeradora no podíamos tener alimentos perecibles.

Bien reconstituido por el desayuno salí y pese a estar bien adentrado el día, la soledad y el silencio proseguían en el campamento. Agucé más el oído y para aumentar mi confusión no se escuchaba ni el trino de un pájaro, ni se veía ninguna ardilla tan comunes buscando entre la basura algo que masticar.

Caminé hacia la cabaña más próxima.

–Hay alguien en la cabaña –grité y tras un momento de espera al no contestarme nadie, repetí el grito y nada.

Me animé a tocar la puerta y esta cedió a mis golpes. Me asombró ver todo en desorden y cosas tiradas por el piso. Salí y me dirigí hacia el centro del campamento, especie de plaza central, donde estaban las cabañas de la administración, oficina de los guardabosques, la posta médica y tiendas. Me asombré más al ver muchas cosas tiradas por el suelo botellas, ropas, cañas de pescar, zapatos, maletas. Parecía que hubiera habido un tornado, pero no era posible todo estaba intacto: las cabañas, los árboles, las instalaciones de letrinas, todo estaba bien, solo las cosas tiradas por doquier como si la gente hubiera abandonado el lugar desesperadamente. No había nadie, noté más alarmado que tampoco había vehículos. La soledad lo embargaba todo.

Recogí un radio portátil y lo encendí, funcionaba, giré el dial y en todas las estaciones escuchaba la voz del mismo locutor. Presté atención y escuché, sin poder creerlo, que decía que la montaña nevada Absaroka se había transformado en volcán súbitamente y estaba a punto de hacer erupción y se conminaba a todos los que estaban en las cercanías y escucharan esa transmisión, que abandonaran el parque en dirección contraria al nevado. El hombre repetía lo mismo una y otra vez con urgencia. También decía que el ejército había coordinado la evacuación y que no dejaba reingresar a nadie.

Unos árboles grandes me impedían ver el nevado retrocedí y me quedé aterrado… un penacho de humo y vapores se extendía en dirección contraria debido a los vientos. En esos momentos sentí el primer temblor de tierra y al mismo tiempo vi salir fuego de la cumbre, la humareda se hizo más negra y espesa.

Me imaginé en esos momentos que mi familia habría querido regresar por mí, pero los soldados se lo impidieron, no había otra explicación de que no vinieran. Y yo por haberme quedado dormido profundamente no escuché cuando todos evacuaron el campamento.

Alarmado iba a correr en dirección contaría al volcán cuando escuché el motor de un auto. Corrí al centro de las cabañas y escuché el ruido detrás de la administración. Di la vuelta a la gran cabaña y vi a dos hombres que subían cosas a una camioneta 4 x 4. Les grité y se alarmaron, uno sacó una pistola y me apuntó. ¡Estaban robando los caudales donde los residentes guardaban su dinero y cosas de valor! Me paralizó el miedo, el otro gritó: “dispara”. Reaccionando a tiempo me tiré al suelo y los disparos me pasaron por arriba. Salí corriendo como un gamo y seguía escuchando disparos. Me parecía estar soñando y que las cosas pasaban en cámara lenta, pasajes de mi vida se mezclaban con escenas confusas. El miedo me hacía correr más rápido, las balas seguían cayendo a mi alrededor. Entré a una cabaña a esconderme, escuché que arrancaban el vehículo, venían tras de mi, me habían visto, las balas entraban por la ventana, estaba atrapado. Miré a todos lados, vi una escopeta y balas en la mesa, su dueño no tuvo tiempo de llevársela.

Coger el arma, ver que estaba cargada, y disparar a la camioneta que se me venía encima fue cosa de segundos, un disparo impactó la capota. Cargué de nuevo y seguí disparando a mansalva hasta que la camioneta escapó averiada. La cacería con el tío Mario que tuvimos en los bosques de Connecticut el año pasado, no fue en vano, el haber aprendido a cargar una escopeta me salvó la vida. Salí y corrí otra vez para salvarme del otro gran peligro. El cielo estaba cada vez más oscuro y los temblores eran más seguidos. Una bandada de pájaros cayó cerca de mi, agarré uno e intenté reanimarlo, era en vano, aleteando, agonizaba. Corría sin tregua cuando vi nuestro vehículo, venía hacia mí.

-Qué pensabas -me dijo mi padre- que te íbamos a dejar aquí y ¿qué haces con esa arma?... No me había dado cuenta que aún portaba la escopeta humeante, la arrojé.

-¡Vámonos, escapemos! -dije y subí a la camioneta. Mi padre aceleró a fondo. Javicho me dijo que mi papá burló la barrera de contención y regresaron por mí.

Sentimos un temblor fuertísimo y de golpe se hizo la noche, el aire se hizo más denso apenas podía respirar. Volteé y vi la gigantesca humareda gris que nos seguía a una velocidad terrorífica. Cerré los ojos y grité con todas mis fuerzas, al abrirlos mis padres me miraban asustados.

–El volcán, el volcán reventó -gritaba angustiado.

–¿Qué pasa? -me preguntaron.

–¡La nube negra nos sigue, el volcán reventó, hay que escapar rápido, rápido!

Rieron más relajados “has tenido una pesadilla terrible, hijo, no hay volcanes en el Bronx”.

¡Estaba en mi cama!, salté conmovido y corrí a abrir las cortinas de nuestro apartamento en el quinto piso y los millones de luces de la megalópolis me saludaron parpadeando.

–¡Vaya por la pesadilla! –dije –algún día tendré que escribirla. Los dos sonrieron y mi padre me dijo: “Hijo te íbamos a dar la sorpresa al amanecer pero ya que estas despierto te la damos ahora. Vamos a hacer realidad tu anhelo de viajar al Parque Yellowstone, será tu regalo de cumpleaños, vamos de excursión por tres semanas ¡ah! y nos acompañaran Javicho con su familia”.

-¡Eh, qué pasa! te has puesto muy pálido, ¡rápido Marta trae un vaso de agua! este chico se ha impresionado por la sorpresa.



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Pablo D. Perleche
pablo@identidadlatina.com

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