Promesa Cumplida

(Cuento)

El viaje había sido largo y azaroso, las casi ocho horas de vuelo desde Nueva York a Lima, la llegada de madrugada, la neblina cerrada, el aire saturado de agua que recibía de golpe al pasajero al descender del avión, las luces intensas en el aeropuerto Jorge Chávez, los guardas atentos y suspicaces, el mar humano de personas que esperaban y los taxistas que practicamente asaltaban a los recién llegados, todo esto pasaba ante Daniel como un desfile que había hecho en sentido contrario hacia ya mucho tiempo, tenía 45 años aunque aparentaba muchos menos, de estatura y complexión media, de rasgos en que las razas indígena, negra y blanca se habían mezclado a través de los siglos en un mestizaje con características muy propias entre los peruanos

Nadie lo esperaba, no había anunciado su llegada, los taxistas casi lo levantaban en vilo, tenía todo su dinero y documentación en el bolsillo del pecho y los defendía con una pequeña maleta que era todo su equipaje.
-¡Doctor, por acá por favor!- un taxista con modales y además adivino, pensó Daniel- y lo siguió rápido en medio del tumulto de los otros taxistas que llenaron el aire de imprecaciones al ver que se les escapaba un cliente -Al centro por favor- dijo Daniel sentándose al lado del conductor, el solicito taxista no tuvo ni que abrir la maletera y raudamente abandonaban el aeropuerto.

¿Cómo sabía que soy doctor?, mientras encendía la radio me dijo mirándome de reojo, soy profesor en dos escuelas y muchos de mis ex-alumnos profesionales me visitan, no se si usted será médico, abogado o ingeniero pero tiene el porte y la manera de desenvolverse, así que tenía mas chance de acertar que de fallar. Era el taxista un tipo alto de unos cincuenta años algo azambado; el vehículo era pequeño pero confortable y todo en el, al igual que el dueño, resumía pulcritud y orden.

El taxi avanzaba veloz por la desierta avenida Faucett, mientras escuchábamos música del recuerdo, Roberto Carlos: “...el gato que está triste y azul no va a volver a casa sino estas tú...”, Daniel observaba las fábricas, los conjuntos habitacionales, las casas asimétricas y los comercios por doquier.

La visión de este panorama atrapado en las redes de su nostalgia ocupaban, de momento, sus pensamientos al contrario de lo que había sucedido cuando estaba en el avión, donde toda su mente estaba con los recientes acontecimientos que acababan de decidir su vida, recordaba sobre todo las palabras de su tío Fernando hacía cuatro meses cuando regresaba al Perú después de haberlo visitado en un viaje relámpago, donde recorrieron Hartford, Nueva York y Boston “Hijo verás, ahora son pocos los periódicos que circulan en español, pero en unos años habrá muchos, es una mina de oro, con la publicidad casi intacta en el mercado, tú te encargas de los trámites burocráticos para las licencias, yo lo edito, y claro tendrás una página donde poner tus cuentos, ensayos y poesías. Nos vamos a ir arriba sobrino, ya verás”. Y yo miraba sus ojos que resplandecían con el mismo brillo de siempre como cuando trabajaba en La Prensa, El Comercio, La Crónica o en las radios Unión, Del Pacífico, 1160 o en el Canal 7 de televisión, o cuando editaba su revista Síntesis o dirigía su agencia de noticias Publidea en el Jr. Abancay y yo lo acompañaba en sus ajetreos de redactor de noticias a pesar de ser jefe en todos los lugares donde trabajó, querría sobre todo estar ahí donde la noticia ocurría, ese instinto de estar en el lugar preciso a la hora precisa y la velocidad de vértigo cuando nos desplazábamos por la ciudad de día o de noche calaron en mis años adolescentes y luego en mis años universitarios. Con todos mis tíos me llevaba bien pero con él era algo especial, hoy a la distancia que dan los años y los kilómetros reconozco que era por la pasión que había en mi por escribir. Trabajó durante dictaduras y si no fue deportado por su independencia sufrió en cambio suspensiones y falta de promoción por no ir contra sus principios. Otros aprovechaban el momento, él rechazaba jugosas propuestas que no iban con sus ideales.

Cuando vayas a Lima sobrino nos reuniremos en el Torreón para redondear el proyecto, ¿me lo prometes?, -Me lo había mencionado hacia ya unos años atrás y en principio no estaba muy entusiasmado, pero al rebotar los planes para revalidar el título, tener que empezar de cero, con dos hijos y las deudas que había adquirido con tanta facilidad, dije, -prometido tío, estaré en Lima en unos cinco meses a mas tardar, mientras tanto averiguare todo lo relacionado con el periódico aquí -.Y yo, me dijo, terminaré de convencer a César, es un redactor trome y mejor en la parte gráfica, seremos redactores, editores, reporteros, todo -sonreía al hablar-, el periodismo es mi pasión sobrino, es mi vida, y había que verlo y oírlo hablar ya que pese a sus casi 70 años llenaba el ambiente de una fuerza juvenil que arrasaba. Su porte serio pero amistoso y la sonrisa sincera como de niño eran su carta de presentación doquiera que se presentaba.

Cómo iba a saber que al poco tiempo de su regreso le diagnosticarían un cáncer y que tras un penoso tratamiento de quimioterapia sanaría para al poco tiempo contraer una neumonía en un descuido irreparable –disculpe señor, comprendo que está llamando desde muy lejos, pero el estado de salud de su tío es gravísimo, no le puedo pasar el teléfono, aunque está conciente por momentos no puede hablar -le podría dar un mensaje -si claro-dígale que es de parte de su sobrino Daniel, que en estos momentos estoy terminando los trámites, que viajo mañana a primera hora, que le ponga ganas, que se va ha recuperar -se lo digo espere un momento -aló- si -se lo dije, se emocionó y lloró, pero le repito que todavía no puede hablar -muchas gracias señorita Dios se lo pague- de nada señor.

Había pedido un permiso urgente en el trabajo y conseguido un pasaje aéreo aun precio exorbitante, pero no importaba ya estaba listo. Dormí a sobresaltos esa noche en un hotel cercano al aeropuerto John F .Kennedy pues la ciudad donde resido esta a más de 2 horas en auto de allí y el vuelo era para las 8 de la mañana y no habría manera de sortear el babilónico tráfico nuevayorkino a esa hora de la mañana, un día jueves. Desperté cuando el cielo otoñal estaba todavía oscuro y me aliste en breves minuto, llame al taxi y me dispuse a esperar llamando a Lima -señorita llamo para saber cómo sigue el señor Fernando Peralta- Usted es el sobrino que llamó ayer de los Estados Unidos -si- mire señor mucho valor, valor, me entiende, el señor Peralta falleció hace dos horas, aló, aló señor, esta ahí -si señorita, dije, con la voz entrecortada- su generoso corazón ya descansa, tenga consuelo -gracias, muchas gracias por su gentileza-. Colgué y sentía que una pena y un vacío inmenso me sofocaban. Salí a la calle y llené mis pulmones del frío aire de la gran metrópoli, tenía una vista del caudaloso río Hudson agitado por ráfagas fuertes de viento y la lluvia que comenzaba en esos momentos, regresé al hotel con los versos del poeta persiguiéndome “Me moriré en Paris con aguacero,...tal vez un día jueves como es hoy de otoño”

¿Mucho tiempo en los yunaites doctor?, dijo el taxista, -Demasiado- le respondí, despertando bruscamente de mi ensueño -perdone- le dije, me han pasado tantas cosas y ahora me parece mentira estar de nuevo aquí.
No se preocupe doctor que en unos días el espíritu del Cacique Taulichusco el viejo se apoderará otra vez de usted, sonreí al escuchar esa nueva definición de ser limeño. Ya verá -continuó el taxista-unas cuantas salidas con su familia, sus patas del barrio, del colegio, de todos lados lo pondrán al día. Sabe doctor -dijo como sincerándose- esta gente nuestra ha sobrevivido pese a todo lo que han hecho en contra de ellos los gobiernos, los terroristas, los narcos, en fin todos los que han tenido una forma de poder, somos de una manera u otra descendientes de una raza indómita que resiste con orgullo sus malas horas. Mientras hablaba su rostro se había encendido y su mirada fija en la ruta parecía observar a la distancia lo que acababa de describir.

Tras meditar un momento le dije -Sabe amigo, eso lo se yo muy bien, salí del país a los pocos meses del paquetazo cuando cumplía los 30 años y pese a todo el tiempo que he estado fuera del país no me he asimilado del todo al lugar donde resido. Si tuve que salir lo hice pensando en regresar, las circunstancias no se dieron y para no extrañar a la patria, me la lleve enterita dentro de mi, cuando la nostalgia me quemaba a matar allí estaban nuestros escritores, nuestra bella música, la comida típica, las infaltables reuniones con los compatriotas, los partidos de fútbol y también fungía de cónsul ad honorem en todo evento de mi comunidad que requiriese una representación peruana, creando una persistencia de la memoria para nuestros hijos y su herencia cultural, creo que saben tanto de los héroes norteamericanos como de los peruanos y hablan el español tan bien como el inglés, no escatimé nada para que conocieran su gran legado, sabe amigo hay dos cosas a las que un hombre no puede renunciar sin hacerse un desgraciado, sus creencias y su patria.

Caramba doctor y yo que pensaba darle un jalón de orejas por irse y usted. me abruma con esa respuesta, no se que decirle. Mire amigo aunque usted no lo crea, sus palabras, su conversación en estos momentos, son un bálsamo para mi. ¿Qué penas pasa doctor? Hice una pequeña pausa y ahora fui yo el que se sinceró, hace un año perdí a mis padres gracias a Dios estaban conmigo y los pude ayudar, los enterré con el alma en la mano y cuando mal que bien me estaba recuperando mi tío, con el que teníamos un gran proyecto, acaba de fallecer, venía a visitarlo y ahora solo me queda acompañarlo en sus funerales. Hubo otra pausa, mis condolencias doctor, dijo, y añadió -este discurrir de la vida es como estar en un navío al que todos abordamos milagrosamente, no sabemos cómo y nos vamos igualmente, para unos a una vida eterna, según otros a convertirse quizás en un león o una hormiga y para los más científicos, en polvo cósmico y algún día ser parte de una estrella o un asteroide. Personalmente –continúo- creo en un creador, salvador y amigo, y en la continuación de la vida después de la muerte y mientras estemos navegando en esta vida hay que hacer nuestro mejor esfuerzo para llevarnos bien con Él y con nuestros semejantes, estas dos cosas hacen la vida agradable, lamentablemente casi todos tendemos a hacer lo opuesto.

Por la radio se escuchaba ahora una canción del Grupo Néctar “... aquel arbolito donde estaba escrito tu nombre y el mío...”, el taxi acababa de salir de la plaza Dos de Mayo y subía por la Colmena hacia el centro de Lima.

-Amigo, dije, ahora es usted el que me deja sin palabras -es un empate doctor-, llegamos al centro, ¿A donde lo llevo? -al Torreón- el taxista enrumbó por el jirón Cuzco, Daniel observaba ese gris fantasmal de Lima , envuelta en brumas como una Londres sudamericana (salvando en la comparación las insalvables distancias que nos separan del Primer Mundo), que estaba en su memoria desde que era niño, ese gris que disolvía todos los colores y formas creando un ambiente melancólico que reafirma la leyenda de que los indígenas aconsejaron a Pizarro, fundar la capital en el único valle triste de toda la costa peruana, el taxi se detuvo en la esquina con Camaná -llegamos doctor, El Torreón..-

Daniel sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo, la nostalgia tanto tiempo empozada se desbordaba en sus ojos al observar el restaurante que había sido centro de sus antiguas correrías con su tío, por la antiguamente Tres veces Coronada Ciudad Jardín… Cóbrese por favor dije, no doctor, hoy no y me dió una tarjeta con su nombre, Miguel Quijana y el número de su celular, usted -añadió- va a estar un tiempo por acá y necesitará transportación diaria -así será amigo, así será-, estreché su mano y me despedí.

La entrada al restaurante no había cambiado mucho, se exhibían en una vitrina los platos que estaban a la carta, en el mostrador ya no estaba el chino José sino un joven que al saludar cantando denunció su origen amazónico, entré por el espacio que dejaban las vidrieras hacia el amplio salón donde habían quince mesas y rodeando todo el perímetro, unos privados con asientos de cuero rojo, dos de los privados estaban ocupados y en una de las mesas centrales un hombre joven trataba de liquidar su vida rodeado de muchas botellas, además a lo largo de las paredes unos espejos que daban una sensación de más profundidad al ya inmenso salón. Se sentó en la mesa que había sido su favorita y pidió un café para espantar el sueño que pudiera venirle a esas horas de la madruga y un lomito saltado, como en los viejos tiempos, cuando corría con su tío tras una primicia, sonaba en la rocola una canción de Alberto Cortez “...cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo...”, recordaba con qué sentimiento escuchaba esa canción en el extranjero en los primeros años de su exilio voluntario y que ahora se hacía presente en otro momento muy emotivo de su existencia. Estaba tan concentrado que no lo vió llegar a su mesa, levantó los ojos y ahí estaba su tío Fernando con su terno azul y su clásica corbata plateada, joven muy joven como en los mejores tiempos cuando me alentaba en mis estudios, cuando íbamos de paseo a Huampaní, la playa Conchán, a la Huacachina, a Chilca, el de los días de pesca en Pucusana, presente siempre en mis cumpleaños, el padrino de confirmación, el animador de mi boda, el consejero, el amigo.

Llegaste -me dijo- te estaba esperando -hizo un gesto como pidiendo permiso para sentarse, aturdido asentí con la cabeza -te acompaño dijo- y pidió un café, luego el mozo lo veía y escuchaba, serenándome un poco le dije -¿Cómo es posible esto?, tú lo has hecho posible, tú fidelidad, tú lealtad, tú amor fraterno han sido las llaves que han abierto una puerta infranqueable de regreso, decía esto mientras echaba seis cucharitas de azúcar y no las revolvía en su café, esa era su firma cada vez que endulzaba una bebida (me vino a la mente en un segundo Dante acompañado de Virgilio en busca de Beatriz, sí, la posibilidad de lo imposible, estaba pasando, no era un sueño). Estoy aquí para aconsejarte en este momento crucial de tu vida, se fiel a tus creencias, a tu patria, a tu familia y se fiel a ti mismo, continúa con el proyecto, has publicado ya un libro de cuentos y de poesías y varios artículos, se que es importante para ti y te gusta, la recompensa a tu ingenio no vendrá rápido pero llegará, persiste. Cuando terminó de aconsejarme -dije- tío hice todo lo humanamente posible para llegar a verlo en el hospital. Es por eso que estoy aquí, he venido a verte y agradecerte el gesto y decirte que sigas como hasta ahora, un hombre de principios y principios buenos, !eres un trome hijo! y seguimos conversando como lo habíamos hecho siempre, con un respeto mutuo y sintiendo que aprendíamos uno del otro. Las horas pasaron y me di cuenta que amanecía por la claridad que entraba por la puerta y se reflejaba en las vidrieras y los muchos espejos, voltee a llamar al mozo para pagar y al instante supe que al regresar a mirar a mi tío ya no estaría allí, y así fue. Del fondo de mi alma dije -Gracias tío muchas gracias, Dios lo bendiga-

No le gustó el lugar a su amigo veo que ni probó el café, no es así amigo mi tío y yo éramos habituéis de este lugar, cuando estaba el chino José, venimos desde lejos después de mucho tiempo –Ah! regresando a la tierra- sí, sí, yo estoy de regreso a la tierra y mi tío también regresó a la Tierra. Pedí al mozo que llamara a Miguel, pagué y salí a esperar, amanecía en la ciudad, los sonidos que provenían de personas y vehículos anunciaban una nueva jornada, el sol primaveral despuntaba despejando las brumas de la ciudad y de mi alma –Doctor, gusto de verlo otra vez- subí al taxi estaba exhausto, pero era un hombre nuevo -a dónde vamos doctor- a casa hermano, a casa hay mucho que hacer.

Fin

Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com

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