Perú y terrorismo: No hay plazo que no se cumpla…

…Ni deuda que no se pague, reza un antiguo dicho de nuestros abuelos y que cae como anillo al dedo al momento político que en estos momentos está remeciendo, no solo a las autoridades, sino a toda la sociedad peruana en general. Justamente, hoy día 12 de setiembre del 2017, en que escribo esta nota, se cumplen exactamente 25 años de la captura de Abimael Guzmán Reynoso, el tristemente célebre “Presidente Gonzalo”, fundador de Sendero Luminoso, e inspirador de la sangrienta ola de violencia que sacudió, aterrorizó y bañó en sangre el territorio peruano en los años ochenta y noventa.

Se calcula que fueron aproximadamente 65,000 las víctimas fatales que produjo la violencia senderista. La mayor cantidad de ellos causada por los sediciosos y el resto por las fuerzas armadas, las cuales, en su afán de derrotar a los senderistas, no dudaron en contestar la violencia terrorista con igual o mayor crueldad. La gran mayoría de víctimas fueron campesinos, los cuales sufrieron la ciega violencia de esos años, que no respetó ancianos, mujeres y niños. Familias enteras cayeron bajo las balas y dinamita.

La ceguera de Fernando Belaúnde, presidente peruano de la primera parte de los ochenta, quien tuvo miedo de ver la realidad, permitió que Sendero Luminoso creciera y declarara “zonas liberadas” partes de los Andes peruanos, en donde desapareció por completo el poder del gobierno central. Posteriormente, durante el gobierno de Alan García, las fuerzas armadas masacraron impunemente a prisioneros senderistas en los diferentes centros penitenciarios en donde los tenían confinados.

En mil novecientos noventa llega al poder Alberto Fujimori, coincide con la orden emanada de Abimael Guzmán para tomar la capital peruana pues creía que las condiciones eran propicias para ello, dada la debilidad política y económica a las que habían llevado al país las medidas económicas de García y, por la supuesta ventaja táctica y sicológica que suponía tenían los senderistas, los cuales, dicho sea de paso, eran fanáticos que no dudaban en sacrificarse si ello significaba lograr sus objetivos. Lima es atacada cruelmente, se realizan asesinatos selectivos, y se ponen coches bomba en edificios gubernamentales, medios periodísticos, canales de televisión, bancos, etc., sin importar la cantidad de víctimas que podían causar.

Finalmente, en julio de 1992 colocan un coche bomba en las puertas de un edificio de departamentos ubicado en el emblemático distrito de Miraflores, causando decenas de muertos y heridos. La situación era completamente caótica y ya mucha gente, sobre todo la que tenía las posibilidades económicas para hacerlo, ya empezaba a acariciar la posibilidad de abandonar el Perú.

No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, reza otro dicho de nuestros abuelos, y tenían razón. Desde hacía un buen tiempo atrás, la Policía había creado un grupo especial para seguir las huellas de los cabecillas de la agrupación terrorista y echarles el guante. Era el Grupo Especial de Inteligencia, más conocido por sus siglas de GEIN, el cual poco a poco, con paciencia y gracias a un exhaustivo trabajo de inteligencia empezó a desentrañar la madeja senderista, capturando primero, a mandos medios de la organización terrorista, para luego terminar su excelente trabajo de inteligencia dándole el golpe mortal a Sendero Luminoso apresando al “Cachetón” (nombre clave con el que los miembros de GEIN llamaban a Abimael Guzmán) y a casi toda la cúpula de dirigentes que lo apoyaba y que se encontraba escondida en el segundo piso de una casa ubicada en un barrio residencial limeño, en cuyo primer piso funcionaba como fachada una academia de ballet.

La directora de la academia era Maritza Garrido Lecca, joven perteneciente a una familia acomodada limeña y que venía siendo vigilada sigilosamente por la policía. Luego de ser detenida, esta joven fue condenada a cadena perpetua y encarcelada en el penal de Yanamayo, en las alturas del andino departamento de Puno. Luego de algunos años y durante el gobierno de Toledo, quien en su afán de querer deshacer todo lo hecho durante el régimen de Fujimori, hizo que se anulara la sentencia de cadena perpetua. Luego de un nuevo juicio se la condenó a 25 años de prisión, los cuales ha cumplido precisamente el 11 de setiembre, habiendo sido puesta en libertad a las 9 de la noche de ese día.

Su liberación ha puesto en evidencia que todavía falta mucho en el Perú para que haya la reconciliación que pregonan ciertos sectores. Subsiste el odio y la intolerancia, no otra cosa significa los gritos histéricos de algunos que, olvidando que el Perú es un estado de derecho, piden que a la recién liberada prácticamente se le prohíba vivir en casa de sus familiares. Guste o no guste, Maritza Garrido Lecca cumplió la condena que la justicia le impuso, pasando la mitad de su vida en prisión, los primeros años en condiciones terribles. Mientras no reincida en actividades vedadas y lindantes con el terrorismo, tiene todo el derecho legal de reinsertarse en la sociedad, la ampara la ley peruana. Que las autoridades pertinentes la tengan bajo el ojo avizor de la ley es justo y necesario para impedir que la violencia vuelva a imperar en el Perú. Mientras tanto ella tiene puede rehacer su vida si así lo desea, si recae en la senda del terrorismo será su responsabilidad.

Es cierto que la violencia senderista tiño de sangre al pueblo peruano, su costo económico y daño a la infraestructura de la nación es incalculable. Sin embargo, pareciera que luego de tantos años no hemos aprendido a perdonar, olvidar y a vivir en paz. Lamentablemente, por cierto, muy pronto saldrán libres otros inculpados por terrorismo que ya están cumpliendo sus condenas ¿Qué hacer con ellos? ¿Cerrarles las puertas de la cárcel? Imposible, la ley habló y la condena se cumplió. No se debe tratar de ser más papista que el Papa. Salvo mejor parecer.
Armando Zarazú
azarazu@aol.com
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