El Papa Francisco visitó Colombia en defensa de la paz y la vida

Las semanas pasadas estuvieron llenas de terribles noticias: huracanes, terremotos, amenazas de guerra inminente, denigración de los inmigrantes y los medios informativos cubrieron al detalle todos los ángulos de estas noticias. En medio de este panorama desolador se desarrolló un acontecimiento totalmente diferente, uno que lleva esperanza y propuestas de paz: La visita del Papa Francisco a Colombia del 6 al 10 de setiembre, con el fin de ayudar al proceso de paz de una guerra civil que lleva cincuenta y siete años, doscientos veinte mil muertos y el desplazamiento de seis millones de personas.

Los medios destinaron la mayoría de su espacio a cubrir las catástrofes desplazando la visita de Francisco a una mera nota y en muchos casos ni lo mencionaron, incluso en canales hispanos. La diferencia la dieron las cadenas EWTN y CNN en español que cubrieron la visita del Pontífice en su totalidad. Se entiende que EWTN lo tenía que hacer por su condición de canal católico, pero CNN dedicó más tiempo a Francisco que a las desgracias naturales, incluso cuando estas se desarrollaban en paralelo, superando a veces la cobertura de EWTN y lo hizo con un equipo completo que cubrió al mínimo el desplazamiento de Francisco por el territorio colombiano.

Gracias a estas televisoras el pueblo hispano y el mundo entero pudieron seguir en vivo la visita del Papa, desde el primer día, cuando se reunió con el actual presidente colombiano Juan Manuel Santos y donde asistieron los expresidentes Belisario Betancur, César Gaviria y Ernesto Samper; siendo notoria la ausencia del expresidente Álvaro Uribe que en todos los foros hace lo posible para desestabilizar el proceso de paz.

No fueron miles, ni cientos de miles, fueron millones los que recibieron a Francisco. Ese contacto fervoroso se dio a lo largo de los kilómetros de calles por donde se desplazó el “Papamóvil”, en las plazas, en instituciones o en las multitudinarias misas, cada una con más de un millón de asistentes, en Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena.

A lo largo de las actividades del Pontífice fue el pueblo católico colombiano, que representa el 82% de la población total, el que se desbordó a escuchar a Francisco, millones de desplazados, miles de huérfanos muchos de ellos reclutados por las guerrillas, hombres y mujeres con heridas físicas y espirituales que aún no sanan. El mismo pueblo que rechazó la legislatura que pretendía recientemente legalizar el aborto y desestabilizar la familia como entidad básica de la sociedad.

Lo más impactante de la visita del Papa fue el fuerte testimonio de los sobrevivientes del daño severo que causó este conflicto en sus cuerpos y en sus almas. Niñas huérfanas de albergues católicos lloraron en el hombro de Francisco, lo mismo que hombres curtidos de guerra y muerte, lloraron ante el inmenso carisma de Francisco que con palabras fuertes pero sinceras trajo esperanza. Esperanza que se vio reflejada cuando muchos de estos sobrevivientes perdonaron públicamente a sus agresores. Siendo el perdón más impactante el de la mujer católica Pastora Mira García a quien la violencia, la guerrilla y los paramilitares le asesinaron a su padre, a su primer esposo, a su hija y su hijo. Ella perdonó las ofensas e incluso cuidó del asesino de su padre al encontrarlo anciano, enfermo y abandonado. Así mismo, Pastora atendió un joven herido que tocó a su casa, el mismo que le confesó haber sido uno de los asesinos de su hijo.

Todo este contexto lo entendió muy bien el periódico colombiano El Tiempo que publicó lo siguiente, tres días antes de la visita de Francisco: “El Papa se arriesga a venir a un país dividido porque tiene un mensaje: den ustedes el primer paso. No se los dice al Gobierno ni a las Farc, sino a los colombianos. Lo que hagan los políticos será mejor o peor, pero la paz la conseguirán los colombianos de a pie, si dan el primer paso. Francisco vuelve a plantear lo que dijo con fuerza Juan Pablo II: no hay justicia sin perdón. Pero el perdón no es parte de la justicia, es un regalo. Las dos cosas van de la mano. A eso viene el Papa, esa es su agenda política”.

Respecto al narcotráfico que persiste y se ha incrementado en Colombia el Papa dirigió este mensaje en Cartagena: “Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos lucran despreciando las leyes morales y civiles, este mal atenta directamente contra la dignidad de la persona humana y va rompiendo progresivamente la imagen que el Creador ha plasmado. Condeno con firmeza esta lacra que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos. No se puede jugar con la vida de nuestro hermano ni manipular su dignidad. Hago un llamado para que se busquen los modos para terminar con el narcotráfico que lo único que hace es sembrar muerte por doquier, truncando tantas esperanzas y destruyendo tantas familias”.

La agenda de Francisco lo llevará en enero del 2018 otra vez a tierras sudamericanas. Primero estará cuatro días en Chile, un país que acaba de legislar el aborto y propone leyes contra la familia. Será una visita incómoda para el gobierno, una pulsación de fuerzas que discernirá extraoficialmente, qué es lo que realmente aspira la mayoría, especialmente cuando la cifra de católicos ha sido manejada en el censo del 2012 por el gobierno socialista. El gobierno chileno de alianzas de izquierda clama por las 40,000 personas asesinadas por la dictadura de Pinochet y sin embargo acaba de aprobar el asesinato de 60,000 no nacidos por año.

Luego de Chile el pontífice visitará Perú también por cuatro días, en esa nación se vive lo contrario, ya que pese a los desesperados esfuerzos de los promotores del aborto y la desestabilización familiar la población ha cerrado filas en contra de estos.

Lo que propuso Francisco en Cartagena acerca de la vida y el medio ambiente vale para toda Latinoamérica, vale para todo el mundo: “En el encuentro entre nosotros redescubrimos nuestros derechos, recreamos la vida para que vuelva a ser auténticamente humana. La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada”.

 
Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com
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