OPINIÓN: Las calles donde me escondí

Las calles donde me escondí

Estuve mucho tiempo recorriendo pueblos y provincias lejanas, viajando constantemente por villorios y encontrándome con gente lejana, amable y distinta; me alejé un poco de la ciudad, de lo cotidiano, de mi vida apegada a lo urbano, pues asumiendo compromisos exploré las profundidades del país y de la naturaleza; pero ya vuelvo, la última vez que me fui volteaba a ver la ciudad, sus calles y sus veredas, y me prometí volver a esos sitios.

Es que alguna vez me enamoré de esas calles, porque en esta ciudad donde vivo existió alguna vez una cultura milenaria y a cada paso “se respira historia”, como dijo aquel poeta Pérez Ocampo, y ahora lo recuerdo, se respira en efecto, el aire nuclear del primer día; y no tardo en escaparme un rato a alguna plazoleta de pura laja de piedra y jardines estrechos, para planear luego a donde ir; y se me ocurre de pronto iniciar el recorrido por la Avenida de la Cultura, más bien contemporánea, la transición entre la ciudad moderna y el llamado casco monumental o la ciudad antigua.

Llego rápido a la primera evidencia de lo que alguna vez fue una civilización y en la que ahora funciona la ciudad, la llaman Arcopunko y es como la entrada a la metrópoli, estrecha, pequeña pero ya con un ingrediente inconfundible, piedra sobre piedra, techos bajos de teja, muros de adobe y casas con patios y piletas circulares; se viene lo mejor y llegando a otra plaza emocionado subo sus escalones, pruebo su agua limpia y puedo sentarme todavía a disfrutar de volumetrías encajonadas, sinuosas y otra vez la piedra como protagonista; empiezo la subida por Tullumayo, un calle que siempre me recibió bien, me permite optar por otras transversales y aquí si tiene sentido ese estribillo de la canción de Fito Páez… “todas las calles donde me escondí…”

Y esta debe ser la libertad, elegir por dónde ir, poder improvisar y detenerme para poder observar toda una eternidad esta avenida que me abraza y me invita a soñar, hay poca gente, ventanas en forma de trapecio, portadas de doble jamba, paredes inclinadas, muros de piedra originales y también de las restauradas que en algunos casos lograron mantener su espíritu, en conjunto todos esos elementos que forman la calle, además de las cornisas, aleros y balcones, procuran de inmediato brindarme un deleite inusitado, y ya me encuentro de lleno en un espacio de fantasías.

Dicen que la ciudad, sus calles y el aire que se respira, forman parte de uno, o más bien, uno forma parte de ese conglomerado; y ya no puedo resistirme a ese magnetismo, estoy en éxtasis y las calles, balcones, recodos, gradas y arboledas se viene hacia mí; como cuando niño, y sin saberlo, paseaba la Avenida Sol, Maruri, Pampa del Castillo y Santo Domingo, y hacía de ese recorrido la mejor aventura, tocaba los muros de piedra, aligeraba mi paso al compás del rayo de luz que partía la avenida, y me sorprendía cuando en el atardecer los bloques de concreto, piedra y arcilla, enmarcaban la puesta de sol a lo lejos y estaba seguro que más atrás, en el horizonte, sucedía alguna historia de la mitología griega, romana o cualquiera que nuestra imaginación dejara volar.

La calle que está cercana a la Plaza de Armas, cuyo nombre ahora no me acuerdo, es una que describe una maravillosa parábola y cuyas decenas de gradas de piedra, siempre fueron un reto al esfuerzo y un imposible de resolver a la geometría, me trae a cuenta que un día me propuse subirla y disfrutarla al mismo tiempo, pues al ascender el panorama de la ciudad se modifica a cada escalón, y la historia se va sucediendo a cada segundo, igual, al desarrollarse la angosta calle en una curvatura hacia el cielo, hace que por momentos me pierda de la visión de otros, oculto tras sus planos de piedra; como si quisiera de verdad ocultarme un rato de la vida y lo cotidiano; perderme en los extramuros y avanzar en un tiempo desconocido;… “todas las calles donde me escondí…”.
Daniel Alatrista Torreblanca
dalto1961@yahoo.es

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