OPINION: La paz de Colombia se discute lejos

Cada vez que se invoca la paz en Colombia, se asegura también que esta nación viene en conflicto desde hace “50 años”. La verdad es que la guerra civil no declarada pero real, en los campos y montañas del país, se vive ahí prácticamente desde el nacimiento de la república.
Múltiples diferencias han llevado a los colombianos a estar en conflicto. En los albores de la nación, hubo no solamente deseos de secesión, por parte de algunas regiones de lo que se llamó inicialmente Gran Colombia, sino en la ya conformada Nueva Granada.

La diferencia de caracteres entre Simón Bolívar y el colombiano Francisco de Paula Santander, encargado este último de dar un marco jurídico a la naciente república, fueron siempre evidentes. Lo que el patriota caraqueño podía soñar, a veces con ribetes románticos, era aterrizado en leyes y normas, por un Santander al que parecía estorbarle la presencia de Bolívar en Colombia, después de ser aquel su primer presidente.

El nacimiento de los grupos insurgentes

La acumulación de riquezas en Colombia, mediante la tenencia de la tierra, la cría de ganado vacuno, siembra de caña, café, algodón y otros productos, además de la presencia de multinacionales que explotan petróleo, pesca, minería, relegó a grandes masas campesinas y obreras, desde el inicio del siglo XX, a cinturones de miseria en las ciudades más pobladas. Fue este el caldo de cultivo de grupos insurgentes, uno de los primeros, las guerrillas liberales de Guadalupe Salcedo en los Llanos Orientales, limítrofes con Venezuela, además del surgimiento de uniones de obreros, sindicatos, y facciones izquierdistas como el MOIR (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario), la JUPA (Juventud Patriótica), y la JUCO (Juventud Comunista).

Los gobiernos tradicionales han creado varios caminos para lograr la paz con los grupos rebeldes, han abierto mesas de diálogo, pero finalmente no se han puesto de acuerdo. De todos los grupos insurgentes, el más antiguo corresponde al creado por un personaje al que llamaban “Tirofijo”, Manuel Marulanda Vélez, quien se replegó en las montañas de Marquetalia, en lucha con el ejército, después de que estos, así lo aseguraba, le mataron “unas gallinas y unos cerdos”. Nació ahí, según su propia versión, la guerrilla denominada “Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia”, Farc.

Pero, con las Farc, también se declararon en pie de lucha contra el gobierno, los guerrilleros del denominado “Ejército de Liberación Nacional”, Eln, fundado por algunos sacerdotes rebeldes agrupados en la organización Golconda, partidaria de la Teología de la Liberación. Combatiendo con este grupo, cayó en plena batalla, en Patio Cemento, Santander, el sacerdote Camilo Torres, quien fuera además profesor de la Universidad Nacional. Del Eln hizo parte otro sacerdote, el español Domingo Laín.

Pero, en Colombia también se han formado otros ejércitos rebeldes, como el Epl, “Ejército Popular de Liberación”, de inspiración maoísta, y el “Movimiento 19 de abril”, M-19, el cual se desmovilizó y regresó a la vida civil, después de hechos que tiñeron de sangre la historia colombiana, como fue la toma del Palacio del Justicia. Un hecho en el que los guerrilleros reclamaban la presencia del presidente Belisario Betancur Cuartas. El ejército abrió fuego contra el Palacio, en Bogotá, y murieron ahí los más respetados magistrados de Colombia. Ellos pedían que cesara el fuego y sus voces se escuchaban por radio y TV, más ahí se levantó una hoguera, la misma que años después echa su sombra sobre militares y guerrilleros.

Un movimiento de izquierda como la UP, o Unión Patriótica, quiso participar de la vida democrática, con un candidato a la presidencia. Sin embargo, Bernardo Jaramillo, su líder, fue asesinado, y en ejecución sumaria, sistemática, desaparecieron casi todos los integrantes de este movimiento.

Hoy, la senadora liberal Piedad Córdoba, afrocolombiana, lidera un movimiento denominado “Marcha Patriótica”, el cual desea participar también de las elecciones.

La paz en la lejana Oslo, Noruega

El actual presidente colombiano, Juan Manuel Santos, después del fracaso de los últimos diálogos de paz en Colombia, los cuales se llevaron a cabo en una extensa región desmilitarizada, El Caguán, en tiempos de la presidencia de Andrés Pastrana Arango, decidió trasladar estos diálogos de paz a Noruega, con el beneplácito de esta nación y de Cuba, naciones que actúan como garantes del proceso.

La lejanía de estos diálogos, ha hecho que la opinión pública colombiana esté más bien distante de lo que ahí ocurre, con la excepción de algunos reporteros destacados por la prensa nacional. Así que la vida colombiana sigue su curso, mientras en Oslo se discute, en mesas enfrentadas, una del gobierno y otra de la guerrilla, el futuro de la paz colombiana.

Son muchos los colombianos que ven con optimismo estos primeros pasos, y otros que desconfían del proceso. Parte de la desconfianza tiene que ver no solamente con el discurso beligerante de los enviados de la guerrilla, quienes continúan expresándose en los mismos términos de los años 60 y 70, emanados del triunfo de la revolución cubana, el Muro de Berlín y el apogeo de la URSS. Además, las Farc se han presentado en este escenario, sin admitir hechos dolorosos que los colombianos no olvidan fácilmente, tales como el secuestro, la extorsión y el tráfico de drogas, tres flagelos que han desangrados a este país en los últimos treinta años.

Entre la desconfianza y el escepticismo

A ello se suma la oposición de los sectores más conservadores, en cabeza del ex presidente Uribe, quien no mira con buenos ojos el que el gobierno de Santos conceda perdón e indulto a quienes “han cometido crímenes de lesa humanidad”.

La derecha colombiana opina que puede hacerse la paz, pero los actores del bando beligerante, la guerrilla, deben ser castigados por sus delitos. Las Farc, por su parte, piden que en la mesa de negociación esté Simón Trinidad, un guerrillero que fue extraditado a Estados Unidos y condenado a 60 años de prisión.

Lo que el sedicioso “Iván Márquez” denomina “Paz Express”, o sea, el proceso en términos rápidos, no se podrá dar. Por lo que se ve, las conversaciones avanzan muy lentamente, y es poco lo que la guerrilla está dispuesta a ceder en el camino de los asuntos más serios, como son la tenencia y distribución de la tierra, la explotación de la misma, la presencia inversora extranjera y el marco económico regido por la banca.

El gobierno colombiano, a través de su vocero, el ex ministro Humberto de la Calle, ha dicho que no están en juego los marcos militar y jurídico del país, y por lo que se ve, estos son los puntos a los que se dirige principalmente la atención de las Farc, cuando plantea trastocar todo el estado, con nuevas políticas que el estado colombiano no está dispuesto a aceptar. Las Farc, además, critican el proceso de restitución de tierras que hace en este momento el presidente Juan Manuel Santos, tierras que fueron tomadas a sangre y fuego por la misma guerrilla y por los paramilitares, con el consecuente desplazamiento hacia las ciudades, de miles de campesinos inocentes.

*Escritor colombiano

Avatar
Acerca del Autor