Mi barrio y los escenarios de la vida

DALTO COMENTA

Lo que más recordamos en nuestras vidas es siempre aquello que sucedió en nuestra niñez, esos primeros años se alojaron en nuestra memoria y no se movieron jamás; recuerdo la callecita de piedra donde caminaba, que ahora la veo con puertas y fachadas minúsculas, la veo como una calle europea, con ventanas, techos y muros iguales a las ciudades inglesas, los que después vi en el cine o las revistas, pero eran ciertas, pues vivíamos a lado de una estación de trenes, y como sabemos todos estos servicios proceden de allí, y en verdad las estaciones aquí y en toda América o el mundo son así, edificios grises, ventanas con arco y techos europeos, o sea muy pronunciados, y luego las rieles, los pasadizos, los ambientes muy altos, las boleterías, las columnas y los largos salones; era toda una aventura caminar por allí, parecía un sueño, pero cuando uno es chico todo te parece grande, la volví a ver ahora y me pareció una estación a otra escala.

Y caminábamos por esos lugares, llevados de la mano por supuesto, y la manzana del distrito donde nací era para mí una gran ciudad, había tiendas, puertas verdes, balcones y patios, mucha menos gente en las calles, menos acelerada, menos apurada, era la época en que recién llegaban los televisores, grandes muebles de madera, y los vecinos reunidos alrededor de la primera TV en el barrio; comprarse unos caramelos en la tienda de la esquina era toda una aventura, recuerdo como una ráfaga los personajes de esa época, algunos de 7 metros, otros vecinos divertidos, que vivían en el mismo patio, señoras de abrigos largos y como siempre niños y niñas jugando los más simples y divertidos juegos hasta altas horas de la noche; también había en esa manzana o cuadra un parque, un inmenso parque, algunos juegos, pero principalmente un área verde inclinada que recuerdo claramente, o mas bien fugazmente como otra ráfaga, me veo yo mismo con un sombrero arrancando el césped, mirando al piso, muy pequeño, con el abuelo al lado, seguro tendría dos años y me pregunto qué época era aquella, qué dimensión desconocida me hace recordar esos movimientos y ese sentimiento!

Lo de la estación y sus calles mágicas pensé siempre que eran un sueño, pero 40 años después estaban allí, había crecido mucho pasto en sus zócalos, los vanos y puertas se habían encogido, ya no había gente, cambió todo, es más, los accesos cambiaron, se construyeron nuevos espacios, pero la callecita que da a la vía principal está siempre allí, quizá camuflada, parece otra ciudad, hay unas rejas a la entrada, el piso de adoquines de piedra, varias ventanas en perspectiva con arcos, quizá faroles y elementos urbanos ajenos al entorno pero, muy cercanos a los recuerdos, a la vuelta nomás la entrada principal, pero no recuerdo más, solo el viejo llevando de la mano al niño que era en ese instante el universo, luego la tienda de abarrotes, los saquillos, los caramelos, el alcohol, el kerosene y seguramente muchas cosas más.

Ese tiempo es como estar en el vientre de la madre, recuerdas colores, formas y figuras como de Picasso, vas navegando y es un período en que eres habitante ya de este mundo pero como un paréntesis, muy vulnerable pero ansioso de insertarse al mundo verdadero, es como verse de afuera y aún un ser de otro planeta o más bien de otra dimensión y espacio, muy pequeño todavía, como flotando en el éter cual astronauta unido a su nave espacial por su cordón umbilical; y dónde estará ese abuelo que me cuidaba, ese señor que me llevaba de la mano y formaba el cuadro perfecto en el tiempo y en el espacio, recuerdo su cara grande, su sombrero y sus pómulos salidos, su saco marrón, como un personaje de otra historia, su caminar pausado y la primera sensación de dependencia y arraigo que confirmé después.

Daniel Torreblanca
dalto1961@yahoo.es

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