Lo que no brilla puede ser oro

CUENTO BREVE

Todos los espectadores tenían fijos los ojos en el televisor de la cafetería del Hospital Militar. Trasmitía emocionado el locutor, la pelea de box estaba en su clímax, Romerito ya tenía la victoria en la bolsa, era la oportunidad de que un boxeador peruano ganara un título mundial, el italiano Rocco desfigurado ya solo atinaba a defenderse.
El enfermero me tocó el hombro: “Señor apúrese, ha despertado, pero está muy débil”. Me incorporé de un golpe y lo seguí a través de los guardias armados que custodiaban la entrada al edificio.
Mi tío Augusto Moncayo, Mayor retirado de la Guardia Republicana, agonizaba entre una maraña de sondas y cables. La vida de mi tío residía solo en sus honestos ojos que siempre habían mirado el peligro de frente. Cogí la mano de mi tío que ya no tenía reacción y estaba helada, me miró con ternura y me sonrió al ver la imprudencia de mis lágrimas. Me acerqué y escuché solo un susurro de lo que había sido una fuerte voz de mando: “Adiós hijo, creo que ya me llegó, te esperaba… escuché ayer cuando me preguntabas si la historia del oro había sido cierta… pero no podía abrir los ojos y menos hablar…”. Un acceso de tos lo interrumpió y se quedó inmóvil, pensé que ya había expirado, pero abrió de nuevo los ojos, haciendo un esfuerzo supremo de la voluntad continuó: “Si, todo fue cierto… te lo repito con la fuerza de la verdad de mis últimas palabras en este mundo… fue cierto… fueron ciertas todas mis declaraciones...”. Sentí que me apretaba la mano y sus ojos fulguraban con el valor de siempre fundidos en mi mirada y luego dejó de respirar”.

Me quedé contemplado absorto la palidez de su rostro y sintiendo su mano crispada apretando la mía, la familia que lo rodeaba y que ya esperaba el desenlace se unió en un llanto silencioso, mientras alguien comenzaba a rezar el Padrenuestro.

Lo besé en la frente y salí al pasillo aturdido, el enfermero me miró y le agradecí por avisarme. Pasé por la cafetería necesitaba tomar algo, el comentarista con voz fúnebre seguía hablando de la derrota de Romerito, cuando al acercarse a rematar a Rocco, que ya era un monstruo desfigurado, este le propinó un golpe agónico y lo noqueó. “Otra vez el pan se quema en la puerta del horno… somos unos gitanos…”. Y los demás comentaristas y el público en la cafetería se hundían en lo único que les quedaba, el desconsuelo.

Como cada vez que algo irremediable sucedía me dediqué a caminar y sumirme en mis pensamientos. Salí a la avenida Brasil y el aire frío y húmedo de la noche invernal limeña me regresó al mundo. Mientras caminaba recordaba a mi tío, trazando su historia con los datos que él y miembros de la familia me habían contado y que estaban en mi memoria desde mi niñez. Había nacido en Chiclayo en los comienzos de siglo y quedó huérfano de padre cuando recién le salía el bozo. Tuvo que hacerse cargo de sus ocho hermanos menores y ayudar a su madre que tenía unas manos prodigiosas para ayudar a las mujeres en el momento del parto. Sin abandonar los estudios se dedicó a trabajar en todo lo que pudo y hasta salía de cacería con su carabina y no faltaba siempre una pieza para su numerosa familia. De joven ingresó a la Guardia Republicana donde profesó su excelente don de servicio y honestidad. Fue ascendiendo desde soldado raso hasta sargento.

En 1941, a los treinta años fue destacado a la frontera durante la guerra con el Ecuador. Allí se destacó combatiendo donde el peligro era más fuerte, ayudando a sus compañeros, recibiendo muchas heridas y obteniendo el grado de teniente por su valor. Al terminar la guerra fue destacado a Lima donde prosiguió, bajo los colores de la Guardia Republicana, con su pasión por la esgrima que lo había llevado a ser campeón sudamericano en este deporte. Al cumplir los cuarenta lo trasladan a las minas de Cerro de Pasco a vigilar los cargamentos de minerales que salían a Lima para ser inmediatamente enviados a Estados Unidos. Al comienzo pensó que era una tarea fácil y rutinaria, pero se dio cuenta que, debido a la masiva extracción de cobre, zinc, plomo y en menor cuantía plata y oro la tarea era sin descanso. Revisaba el despacho de cientos de toneladas de mineral. Metódico disciplinado y con una gran confianza en su institución y la patria cumplía a cabalidad su trabajo.

Fue debido a su metodología férrea que llegó descubrir un desbalance en la producción de plomo de un cargamento, curioso preguntó a los ingenieros que le dijeron que había aumentado la producción de plomo. Mi tío Augusto tenía un instinto especial para conocer la fortaleza y la debilidad del ser humano, las declaraciones le olían a mentira. Disimuladamente averiguó por los mismos trabajadores que la producción del plomo era la misma. La tarde del siguiente embarque, pistola en mano y al mando de cuatro hombres de su destacamento, armados de sus fusiles, detuvo el convoy ante la palidez y estupor de los maquinistas e ingenieros que despachaban la carga. Sacó la tolva del mineral y vio alineados cientos de barras de plomo, levantó dos de ellas, asombrado notó que pesaban mucho para ser plomo. Tomando un fuerte impulso golpeó una contra la otra y los cascarones de plomo volaron en todas direcciones dejando descubierto en sus centros dos barras de oro. Encerró a todos los implicados y telegrafió de inmediato a sus superiores en Lima.

Esa noche llegó un grupo especial de guardias. Tío Augusto sonrió tranquilo, había cumplido con la Patria. Salió al encuentro de los recién llegados, cuando para su sorpresa embarcaron en diferentes autos a los detenidos y también a él y a sus hombres. Lo único que le dijeron era que en Lima se le responderían todas las preguntas.

Estuvo incomunicado y sometido a interrogatorios por un día. Le dijeron que todo estaba solucionado y de inmediato fue trasladado a la zona selvática de la frontera norte, con la explicación de que había infiltración de soldados ecuatorianos y tenía que extremarse la vigilancia. Languideció entre el calor infernal, la humedad, mosquitos y los rostros desconocidos de reclutas nativos que no podían comprender su melancolía. Melancolía causada al saberse engañado, que había una complicidad entre malos elementos de su patria y el extranjero, para una vez más saquear el oro peruano. Nunca más volvió a saber de sus valientes camaradas de armas, que por unas horas devolvieron el honor a su patria. A las pocas semanas debido quizás a tanto desengaño sufrió un infarto que afortunadamente no lo mató.

Despertó a los cuatro días en Lima, se había salvado de milagro. Fue dado de baja con honor y ascendido al grado de Mayor. No pronunció palabra hasta que fue dado de alta. Le dieron una pensión y ya retirado empezó un negocio automotriz y con sus hijos se dedicó a producir para su país. Aunque le habían despedazado su fe en el ser humano, se dio maña para juntar los dispersos pedazos y comprender que el Perú, no eran esa pequeña cantidad de malos elementos, sino un inmenso conjunto de personas de buena voluntad. Envejeció sin poder probar nunca su versión, pero me la legó, él sabía que yo le creía y me tenía un gran afecto. Llegué a la Plaza Bolognesi, abordé un microbús y me dirigí a mi apartamento, había decidido reivindicarlo. Se lo prometí en sus funerales y en su entierro.

Sabía que tenía una ínfima chance de probar los hechos, pero se lo debía al tío, se lo debía a la patria que no es solo un territorio, un estandarte y un escudo, sino también la esencia vital de todo ser humano. La mina producía cobre, zinc y plomo y averigüé por ambas fuentes que había existido la extracción del oro del cobre ampollado entre 1906 y 1948, todo parecía cuadrar. Tenía tiempo, mi esposa me había abandonado con mis hijos. La busqué en el Perú y en los EE.UU. donde residíamos. Iba de un país al otro y no la ubiqué, era como si la tierra se la hubiera tragado, mi afán por trabajar desmedidamente, mis celos y mi ira me dejaron solo. No me volví a casar y vivía como un nómade trabajando para un gran consorcio industrial, así no pensaba, así podía vivir sin que los recuerdos me torturaran.

Y así fue también que en una de mis visitas al Perú me enteré de la gravedad del estado de salud del tío Augusto. Llevaba siempre grabada en mi mente la historia del oro, la cual me acababa de reafirmar con su último aliento.

Dado a mi profesión de consultor no me fue difícil revisar todos los archivos de la Cerro de Pasco Corporation que quedaban en el Perú. Esta compañía explotaba las minas en ese entonces y que luego serían expropiadas por el General Velasco en 1973 y convertidas en Centromin Perú. Saqué todos los datos posibles y al regresar a los EE.UU. me dediqué a hacer lo mismo, accediendo a datos un poco reservados aduciendo que estaba haciendo un Doctorado en Administración de Empresas con especialización en Minería. Tenía los contactos, los papeles necesarios me fueron otorgados. Comparé las producciones, ¡existía la diferencia sustantiva entre el oro extraído en Perú y lo ingresado a territorio norteamericano! Allí estaban los datos del insepulto cadáver del fraude, el criminal confiado ni siquiera se había tomado la molestia de hacer desaparecer la evidencia. Un súbito rencor me embargó al saber que una vez más, como durante el dominio español, habíamos sido despojados de nuestro oro.
Por varios días acumulé datos y prepararé un informe que develaría al mundo lo que había sido un gran robo y que de seguro seguiría repitiéndose en el Perú y muchas latitudes del mundo, amparado en la fuerza e impunidad de las empresas de las potencias mundiales.

Por esos días me pareció que me encontraba en los lugares donde realizaba mis investigaciones con personas que me seguían y vigilaban. Traté de pensar que solo era mi imaginación, cuando lo confirmé al ver que me seguían en auto. Regresé a mi apartamento. ¿A quién quejarme? si era el poder más grande el que me seguía.

Esa tarde con toda la evidencia me refugié en mi apartamento, junté todo el dinero que tenía disponible y saqué el seguro del revólver que me había regalado el tío Augusto hacía años. Me parapeté junto a una ventana y cuando la noche estuvo bien entrada salté a la calle, esta vez el pan no se quemaría en la puerta del horno y no me hundiría en el desconsuelo. Corrí a través de un bosque cercano, orientándome lo mejor que podía pese a las tinieblas, apretando mi portafolio y empuñando mi revólver. Como mi tío, sabría luchar de frente contra todo peligro.

Pablo D. Perleche

Pablo D. Perleche
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