OPINION: Las veleidades de un Nobel

Indudablemente que la vida personal e íntima de una persona es de su completa responsabilidad y de nadie más. Sin embargo, cuando la persona cuya vida privada es motivo de comidilla de la prensa especializada en ese tipo de noticias, se autoerige en la conciencia moral y política, no solo de un país sino de todo sitio que visita, allí la cosa cambia y muestra bien claro los verdaderos valores de esa persona. Reza un antiguo adagio, “la mujer del César no solo tiene que ser honrada, sino parecerlo”. Nada aplica con mayor exactitud al tema que nos ocupa en esta columna.
Es el caso del laureado escritor español, de origen peruano, Mario Vargas Llosa, quien desde hace unas semanas es “portada especial” de la prensa rosa y, también de la política, esto último por su inveterado afán de creer que toda opinión suya debe ser aceptada sin chistar. Luego de cincuenta años de unión matrimonial, con hijos adultos y nietos adolescentes, ha tirado por sobre el hombro su unión “a la primita de nariz respingada”, para irse de la mano con una dama, de las llamadas de alto mundo, que no precisamente es un dechado de juventud, porque no ha nacido en los últimos treinta años como se pudiera creer, sino que la nueva Dulcinea del laureado Premio Nobel, frisa la respetable edad de sesenta y cuatro años, y cuenta en su “currículo vitae matrimonial” con personajes de la talla del cantante Julio Iglesias, un Conde español, un ministro y muchos etc., mas.
El problema del Sr. Vargas Llosa empieza con la formación de su apellido, el paterno Vargas, el cual en el Perú, su país de nacimiento, ni remotamente tiene el olor a rancia alcurnia que sí luce Llosa, de allí que siempre ha firmado Vargas Llosa, porque suena, digamos aristocrático o superior al común de los apellidos peruanos; además lo ha transmitido a los hijos y los nietos. Tan arraigado tiene el valor de su compuesto apellido el candidato opositor que lo derrotó en las elecciones peruanas del 90, lo desarmó en un debate televisivo llamándolo simplemente Sr. Vargas, como es de uso común en todos los países latinoamericanos. Esa derrota política marcó definitivamente su ruptura con la realidad peruana, debido a que nunca ha podido aceptar que los electores hayan escogido a otra persona y no a él; además de un odio enfermizo hacia su, ahora en desgracia, ganador y familia, para quienes su privilegiada mente enfila los peores insultos cada vez que tiene oportunidad.
Para un personaje público que se quiere autocalificar como la conciencia crítica de un país, renunciar a su nacionalidad es impensable, sobre este tema veamos que escribe César Hildebrandt, uno de los periodistas peruanos más respetados, prestigiosos y creíbles “Un día después de su derrota, Vargas Llosa y su esposa partieron al Reino Unido. Ya tenían los pasajes comprados con antelación. Poco tiempo transcurrió hasta el día en que, con la regia coartada de una persecución que no se había dado, la familia en pleno solicitó un pasaporte español que el rey Juan Carlos le concedió de inmediato. Alguna vez Vargas Llosa me había contado lo que había tenido que sufrir en Suiza, a pesar de ser ya un novelista mundialmente consagrado, con el pasaporte peruano”. (Hildebrandt en sus trece, Año 6 No 255). Huelgan comentarios.
Para poder entender, si es posible, la errática actuación pública y también de la vida privada del laureado escritor, es necesario remontarse a principios de los sesenta, cuando a los diecinueve años se casó con su tía política, diez años mayor. Más tarde, establecido en París, llegó a su casa la sobrina carnal de su esposa que todavía era una adolescente y a la vez prima hermana suya. No pasó mucho tiempo para que vea con buenos ojos a la recién llegada, abandone a la esposa y busque mejores horizontes, matrimoniales se entiende, porque en esos años ya le empezaba a sonreír el éxito literario, que a todas luces es merecido. Dicen que nadie se va sin pagar lo que debe, si ese es el caso, la sobrina de marras, que tan mal se portó con su tía, solo está recibiendo la misma medicina que ella inmisericordemente administró a la hermana de su madre.
Ahora bien, a nadie le interesan las cuitas amorosas del Sr. Vargas Llosa, quien dicho sea de paso se ha convertido en excelente representante de los que se precian de machos de la tercera edad, pese a que él se encargó de hacerlas públicas en su libro “La tía Julia y el escribidor”. Lo que llama la atención es que, a despecho de un historial en donde los valores morales pareciera que nunca tuvieron importancia dentro de su vida privada, siempre se ha dado maña para tratar de imponer su criterio político y sus críticas mordaces a todo aquel que no está de acuerdo con lo que dice. También en su vida política ha mostrado la misma veleidad que con su vida privada. Cuando era estudiante universitario participó en la célula Cahuide, de orientación comunista. Luego, en sus primeros años de escritor famoso apoyó al régimen castrista, llegando a recibir el premio de la Casa de las Américas. Posteriormente, a raíz del caso Padilla, rompió con el régimen cubano y se entregó por completo a defender y tratar de promover el derechismo más cavernario, habiéndose convertido en uno de sus principales voceros, sobre todo aprovechando su condición de recipiente de un Premio Nobel, situación que, sin lugar a discusión, le otorga una exposición mediática de primer orden.
La calidad literaria de su trabajo no es motivo de discusión, nadie lo hace, lo reconocen incluso sus detractores, a la vez que lo han hecho acreedor del Nobel de Literatura; que a los ochenta años se crea un Don Juan, tampoco es problema de nadie, solo de las implicadas en sus aventuras amatorias. Lo que sorprende a todos son las bases endebles de los valores que dice defender. Lamentablemente, el veleidoso Marqués, ha perdido credibilidad, sus críticas ya no tienen valor y ahora es el blanco preferido de las revistas del corazón. Cada quién busca lo que encuentra.
Armando Zarazú
azarazu@aol.com
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