La Fiesta del Sol en Perú

El 24 de Junio de todos los años se celebra el Día del Cusco en Perú, transcurre entre las fechas de frías heladas y jolgorio múltiple. Entre desfiles interminables y el alejamiento del sol existe una fiesta llamada Inti Raymi, o Fiesta del Sol, que todos en esta ciudad,desde niños hemos espectado, en donde se le pide al Dios Sol que no se vaya, que regrese después de su extremo alejamiento, es el solsticio de invierno. Los Incas lo hacían hace 500 años, con tal veneración que el astro rey se compadecía y no se iva más, regresaba y hacía que la tierra nuevamente cobre vida.

Es la fiesta máxima de la capital del antiguo imperio del Tahuantinsuyo, que se resiste a morir, allí está indefectiblemente todos los años el fulgor y la sangre inca discurriendo las calles y piedras del Cusco. Es que el Sol así lo manda y muestra su real vitalidad en este planeta; pero también la celebración se mimetiza en muchos sentidos, el festejo es grande como el Carnaval de Rio pero con un ingrediente único, el frío congelante, que está patentado en estas alturas.

Es de noche y se siguen desfilando, bailando hasta el cansancio, los trajes son de lana dura y espesa, los ponchos son armas contra el despiadado frío. Se toman ponches calientes para aliviar la piel, se sigue saltando y tomando, ahora cerveza en vez de la milenaria chicha de maiz. En el colegio nos enseñaron a bailar esas danzas mestizas que hacen alusión a la siembra, a la cosecha, al trasquilado de las llamas o a cualquier manifestación o actividad del hombre andino.

Desde niño debes aprender a querer a tu tierra aunque a veces no la entiendas, deben ser los fantasmas de los incas flotando en el ambiente, pasos guerreros, saltos de todo tipo, y el aire frío que amenaza la cordura. Si no has bailado alguna vez en la Plaza de Armas no eres cusqueño, pero la danza al límite alzando los pies al cielo, rompiendo el suelo y arando de verdad el piso. En el colegio cuando se ensayaba para los desfiles se creía ver el Imperio Incaico y su magia a la vuelta de la esquina.

Todos desfilamos en Junio y todos nos vemos de nuevo, miles de trajes, bailes y accesorios, ya no cabe ser occidental, los blancos se convierten por un día en mestizos o indios, con la cara roja o cobriza. La ropa abundante y gruesa, la lana de los auquénidos se ha convertido en el traje oficial. A 3400 metros el hombre a demostrado que se puede vivir, cortando los cerros y sembrando en sus terrazas, ascendiendo montañas, desafiando la naturaleza que se nos ha dado. Para un cusqueño caminar, bailar o agazaparse por sus calles de piedra, roca magnífica, áspera y perfecta, es lo que para un francés puede ser a través de sus magníficos jardines versallescos, o un americano al lado de sus rascacielos, o un japonés alrededor de sus oníricos árboles de durazno, para nosotros es la piedra, la piedra nuestra de cada día.

La melancolía inunda las formas cuando recordamos que hace años el sol era el mismo, pero éramos más jóvenes, justo a las 2 o 3 de la tarde en Junio el sol nos cortaba y perfilaba las emociones, no sé si era el espacio o el tiempo, pero pasar de la sombra al lado del sol en esas calles en Junio era como un triunfo. Casi como el Beethoven que compuso su himno a la alegría cuando fue de verdad feliz al liberarse de las insanias de los hombres allá en el siglo XIX y la sinfonía le salió espontánea, era el triunfo de la alegría, como el sol dándonos en la espalda, agradecidos del rayo fulminante que los incas adoraron.

Si queremos resumir la fiesta del Cusco estos días, diremos que la sangre se nos enciende, las noches se nos hacen con perspectivas increibles, el frío lacerante enciende y fulmina la piel. El quechua, las piedras y los trajes nos arrinconan, justo cuando el sol se va y el frío llega al límite, será el momento en que el hombre salga de su inercia y renueve sus ilusiones, pues porque milagrosamente y sin falta, cada día sale nuevamente el sol.

Daniel Torreblanca
dalto1961@yahoo.es

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