La “Belleza Americana”

DALTO COMENTA

Cuando recientemente terminamos de ver la película “Belleza Americana” con Kevin Spacey, nos quedó una sensación de desconcierto y angustia, pero también de paz, certeza y esperanza, tanta belleza alrededor nuestro, sin darnos cuenta quizás, naturaleza viva y contundente, la vida resumida en un segundo; la vorágine de la sociedad, el apuro de la ciudad y la dinámica del desarrollo no nos deja ver la inmensa belleza a nuestro alrededor, está aquí muy cerca y no la advertimos; ese viento que de pronto lleva por los aires las hojas secas de otoño, al final de la película, redime un poco los sentidos adormecidos por el tiempo y la rutina, y eran solo un concierto de hojas amarillas danzando en hipérboles magníficas, un instante que sacude nuestra observación, el éxtasis y la admiración por la vida, de cómo pueden volar los pájaros, entender que la vida se va abriendo paso, tomar conciencia que formamos parte de ella, que estamos aquí hace siglos y que nuestro latido nos recuerda de vez en cuando, que somos el universo.
Una gran belleza para mi fue siempre, la tarde que cruzaba la plaza al medio de mi ciudad, una tarde que la recuerdo, gris, caminando solo con un horizonte ancho, con bóveda plateada y mis 17 años a cuestas, fue como el pintor expresionista puneño, peruano, Víctor Umareda, que dijo alguna vez, cuando jugaba un partido de futbol entre amigos y en un campo inmenso de la sierra, en donde de pronto se quedó extasiado mirando al vacío, y que le costó un gol, porque el cielo que vio con la luna desplazándose lenta y las nubes cayéndose, lo sacaron totalmente de escena y no pudo resistir su admiración; así fue aquella tarde que cruzaba la plaza de lajas de piedra, y que sigo pensando que nunca se acababa, tenía el monumento y las casas al fondo, pero me sobrecogían mas la inmensa atmósfera allá arriba, pequeño hombrecillo pasando por ese lugar, la tarde que se cae, la ciudad que me emociona, la historia de ese momento sucediéndose vertiginosamente, el corazón latiendo por ese recuerdo, miles de historias en ese cielo, estaba viendo lo que finalmente iba ser un recuerdo, no terminaba de cruzar la plaza y quería detenerme a ver algo que no comprendía pero que estaba allí suspendido, quizá era Dios con su inmensa barba, o la fotografía de la película que acababa de ver, con otros perfiles, otras gentes, otros tiempos y otras bellezas, esa tarde era algo lluviosa, gris y sobrecogedora; la escena la dejé allí para siempre, aunque nunca más la repetiría, sabía que algún día la recordaría.
Todos deben tener su “Belleza Americana”, aunque esta no sea más que la repentina conciencia de tener al lado, al frente o alrededor figuras, escenas o momentos de desgarradora admiración, y la naturaleza es sin duda la principal, o la única, porque de allí partió todo; sea un paisaje tropical con la contundencia y exuberancia de los bosques, árboles infinitos, pájaros de mil colores y sonidos, riachuelos mágicos y temperaturas exageradas; o aquellos de extrema frialdad, con nevadas desbordantes, con centímetros de hielo sobre los pies y la sublimación del entorno.
Aunque quizá pequemos de arbitrarios y para los que no vieron la mencionada película “Belleza Americana”, y de paso se las recomiendo verla, diremos que al igual que en “Forrest Gump” o en “Mejor Imposible”, rescatamos siempre escenas o diálogos que permanecen en la memoria o en los sentidos, pero dependiendo del espectador se tiene apreciaciones más bien subjetivas y que pudiendo ser muy personales, tiene en todo caso un efecto demoledor y automático, que nos dejan como los protagonistas… mirando extasiados al infinito, a los cielos, a los niños y al viento levantando en vuelo a las hojas, conmovidos ante tanta BELLEZA.
Daniel Torreblanca
dalto1961@yahoo.es

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