Katrina y los retos del nuevo siglo

“Una sociedad con recursos, una sociedad generosa en
manos de administradores incompetentes ha sufrido
el golpe más fuerte de la historia”.

Llegaron el nuevo siglo y el nuevo milenio cargados de promesas y de nuevas esperanzas y al mismo tiempo llegaron los retos y los desafíos. En el último cuarto del siglo veinte cayó el muro de Berlín y se desmoronó el imperio comunista, pero no se acabó el imperio capitalista. La lucha del Occidente contra el Oriente había perdido su furor. La guerra fría se había estancado y disipado al desintegrarse la Unión Soviética. Se esperaba que la lucha de clases que había encontrado campo fértil para su desarrollo y crecimiento, favorecido por la ideología marxista, fuese reemplazada por un nuevo orden social en el cual reinaría la justicia y desaparecerían las grandes desigualdades e injusticias, tanto en los países desarrollados como en los países en vía de desarrollo.

La tradición bélica del gran poderío militar, la que predominó después de la segunda guerra mundial y la que el general Eisenhower llamara la industria y economía militar, propiciaron la justificación de la inversión de grandes cantidades de capital en la industria bélica, bien o mal, motivada por la guerra fría. Por supuesto que esta industria echaría raíces y se convertiría en el elemento controlador de la economía mundial. Así se desarrolló una versión moderna del mercantilismo inglés y la globalización, alimentada por el nuevo liberalismo, entró con furor a dominar la economía del globo.

Con el nuevo siglo llegaron cambios económicos, sociales, políticos e ideológicos, y las religiones llegaron a convertirse en fuertes elementos de control de las masas. El hombre masa

del que hablara Ortega y Gassett en la Rebelión de las Masas, en el primer cuarto del siglo XX, no se estancó allí. Ese siguió vivito y coleando transplantado de Europa a América hasta manifestarse en el panorama mundial casi un siglo más tarde.

Hemos visto un acelerado conservatismo religioso y social, y la relativa afluencia resultó sin embargo en un aumento insospechado de la pobreza en los Estados Unidos. Desde el año 2000 la pobreza ha aumentado en el país. El año pasado aumentó en un 12.7 por ciento a un total de 37 millones de personas que viven en la pobreza, cifra comparada con 31 millones en el año 2000.

El ambiente social y religioso se ha saturado de esos que se dan golpes de pecho y que se comen un muerto pero no lo eructan. Los ultra conservadores de derecha que se creen con el derecho a decidir, por motivos religiosos, lo que es bueno y deseable para las mayorías han influido profundamente en lo que se hace o no se hace al nivel nacional e internacional.

El calentamiento de la tierra, el crecimiento del ozono y el desequilibrio del eco-sistema con el aumento de la contaminación del aire, del agua y de los recursos naturales, presentan un desafío a la imaginación y a la determinación de no permitir que fuerzas negativas destruyan el equilibrio natural y la salud del globo. Lamentablemente, la posición del gobierno de los Estados Unidos en defensa de las corporaciones que son responsables de la contaminación, ha contribuido a agravar el problema sistémico en una sociedad que ha aprendido a mirar con desdén los problemas que atañen a las clases menos privilegiadas. No estábamos preparados para responder a los efectos del desequilibro que produciría el crecimiento económico en una clase social y no en otra, ni para responder a los fenómenos de la naturaleza que azotan diferentes partes del mundo con una geografía vulnerable. Ya dijimos que las reglas del enfrentamiento de hostilidades bélicas ha cambiado. Hoy se le llama terrorismo a ese enfrentamiento que sólamente ha cambiado de estrategia y de formas de desarrollo. Es la parábola de David y Goliath. El terrorismo es omnipresente. No sólo viene de individuos con interés destructivo sino de todos los fenómenos que ponen la tranquilidad de vida de una comunidad en peligro. El terror que producen los fenómenos naturales como un tornado, una tormenta o un huracán no son menos temerosos que la ineptitud institucionalizada. La negligencia es castigada por la ley. Se peca por acción o por omisión. Los familiares de los miles de víctimas que han perdido la vida por negligencia de los encargados del bienestar público deben exigir reparación. Hacerse “el de la oreja mocha” les hace culpables de las muertes y del sufrimiento individual y colectivo. Si las instituciones son culpables, han de encontrarse culpables. El pueblo es parcialmente culpable por elegir individuos incompetentes de vigilar y asegurar la vida y el bienestar público.

Hemos sufrido el desastre más devastador en la historia de la nación. Este no es sólo un golpe económico y de prestigio internacional. Lo más agravante es el desdén que caracterizó la falta de sensibilidad institucional ante la angustia, el miedo, el hambre, sufrimiento, la falta de agua, de comida y de medicinas, el rigor de los elementos naturales, la desesperanza, las enfermedades, la pérdida de los hogares y pérdida de la esperanza de ser rescatados de la inundación por los que se suponen ser los responsables del bienestar público. Para eso fueron elegidos, no para irse de vacaciones y subestimar el impacto de la destrucción de una ciudad y una región entera. ¡Eso es incompetencia y una negligencia colosal!

Una sociedad con recursos, una sociedad generosa en manos de administradores incompetentes ha sufrido el golpe más fuerte de la historia. El precio que se paga en vidas y en sufrimiento exige reparación. Es menester exigir su investigación imparcial. Las víctimas claman justicia. ©Derechos Reservados:

Marco A. Arenas.Ph.,D.
Marcos Arenas
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