Julián de los Andes

Julián despertó aterido por el frío, dio una rápida mirada y notó que sus padres y sus dos hermanitas estaban durmiendo junto al fuego casi apagado. Se puso su poncho y salió de su casa hacia la leñera. Observó que la noche estaba despejada, llena de estrellas como diamantes brillando en un inmenso terciopelo negro. El silencio y la penumbra eran totales, todos dormían en su pueblo Pachacayo. Quedaba este en los Andes centrales del Perú, ubicado a 4,100 metros sobre el nivel del mar y a media hora de Jauja y cuarenta y cinco minutos de Huancayo en automóvil.
Todos estaban sumidos en un sopor profundo debido a la gélida temperatura y al recio trabajo del día. Toda la familia al igual que sus vecinos, habían participado en la desparasitación y vacunación de ovejas. El ganado ovino sumaba más de dos millones de animales en todo el valle del río Mantaro y era una de las principales fuentes de empleo de la región.
Retornó a su casa con una brazada de leña y avivó el fuego, con precaución, contaba ya trece años y tenia bien presente los consejos y enseñanzas de sus mayores. Se acostó pensando con alegría en la feria anual que comenzaría en unas horas.
Al amanecer la familia desayunó rápido y se vistió con sus mejores prendas para asistir a la feria anual de Cuasimodo. Una vez al año por tres días, los pobladores de toda la región, y de zonas lejanas como Huancavelica, Ayacucho y aun de Lima, se reunían en ese lugar. El motivo de esta feria era el de adquirir animales, cosechas u otros bienes usando dinero o la ancestral manera de sus antepasados, el trueque, es decir intercambiar posesiones sin el uso de la moneda. También había baile, artistas invitados, carreras de jinetes llamados morochucos y muchas otras actividades
La inmensa pampa antes gris, silenciosa y vacía, se había vuelto multicolor y ruidosa debido al animado gentío y sus vestimentas y el efecto cromático de los innumerables animales y mercaderías. La puja por un intercambio razonable para las partes llenaba el aire, al igual que las humaredas que se elevaban de todos lados. Eran estas debidas a fuegos donde se asaban carneros al palo o carnes diversas. También se enterraban carnes y vegetales, envueltos en hojas, dentro de hoyos abiertos en la tierra donde se colocaban piedras calentadas al rojo vivo, se cubría todo luego con tierra y se esperaba la cocción. Es esta la famosa Pachamanca donde se entrega a la madre tierra los alimentos que ella misma proporciona para que los cocine, como se ha hecho desde tiempos inmemoriales, mucho antes que los incas.
A pesar de la multitud Julián sabía donde se instalaban sus vecinos y se reunió con César, Ascencio y Jacinta, niños de su edad. Estaban disfrutando, al igual que los adultos, del ambiente de fiesta que se respiraba la feria. Se sentaron a observar a la gente que se preparaba para el Jala pato, una tradición Huanca de raíces hispanas. En esta se colgaban patos vivos desde un arco, estaban amarrados de las patas con la cabeza hacia abajo para que unos jinetes se lanzaran al galope sobre ellos. El que arrancaba la cabeza del pato ganaba. Bueno eso era antes, hoy, debido a los defensores de los animales y sus campañas, se usan decoraciones, como piñatas, en forma de pato.
Disfrutaron viendo a los jinetes vestidos con sus ponchos blanquísimos y a sus madrinas también vestidas de blanco inmaculado. Estos llegaron y bailaron el huaylarsh (huaylas), baile típico del valle del Mantaro y que esta asociado a las diversas etapas de la siembra y la cosecha.
Luego decidieron acercarse al río a ver las piscigranjas (estanques donde se crían peces) que pululaban por el lugar y que eran también una gran entrada económica para los pobladores. La tía de Jacinta tenía una y ésta llevó a sus compañeros allí. La encontró seleccionando truchas para llevarlas a la feria, cuando vio llegar a los niños los invitó para almorzar. Sirvió una sopa de morón y una riquísima trucha frita en salsa picante con papas y maíz, los principales productos agrícolas de los Andes. A diferencia de la costa y la selva no consumían ensaladas crudas debido a la “Alicuya” parásito endémico que estaba en todos los vegetales del área, haciendo peligroso su uso, a menos que estuvieran bien cocidos.
Satisfecho su apetito se pusieron a jugar, pues estaban en la edad de hacerlo, pese a que a veces trabajaban como adultos, la niñez aún vivía con fuerza en ellos.
–No se acerquen al río pues ha llovido torrencialmente y la corriente esta muy crecida –advirtió la tía de Jacinta. Pero es bien sabido que basta que algo sea prohibido para que se lo intente hacer con más ahínco.
–¡A qué no se atreven a acercarse más!–dijo Jacinta, cuando su tía se marchó.
–Sabemos que eres buena nadadora–dijo César– pero la corriente esta fuerte, mejor desde aquí nomás.
–Bueno, si ustedes tienen miedo, quédense– añadió Jacinta y se introdujo al río que corría a gran velocidad. Sus piernas flacas pero fuertes cortaban el agua, incluso chapuceó un poco adentrándose en la corriente y ya regresaba triunfalmente a la orilla, cuando de repente se hundió y desapareció en las aguas.
Reapareció diez metros corriente abajo y se la veía nadar con vigor hacia la orilla, pero la corriente la arrastraba con fuerza.
Julián mando a Ascencio por ayuda y seguido de César corrió hacia Jacinta. Seguían la ribera y vadeaban las piscigranjas llenas de millones de alevines de truchas. César se disponía a tirarse al río cuando Julián lo detuvo y gritó: “¡La bocatoma Jacinta, la bocatoma!”
Ella entendió y se dejo llevar por la corriente, para guardar el resto de sus fuerzas, quizás para la última oportunidad de salir viva del río.
Julián había divisado la bocatoma por donde la siguiente piscigranja tomaba agua fresca para oxigenar a los pececillos. Los muchachos corrieron lo más que pudieron sacarle a sus infantiles años y llegaron a la bocatoma antes que Jacinta.
De la bocatoma se desprendía un tubo de acero que se adentraba unos metros en la corriente. Una tela metálica estaba amarrada al tubo y hacia las veces de filtro hacia donde estaban los alevines. Los dos, primero Julián y luego César, se fueron arrastrando abrazados al tubo, dejando parte de su piel en el intento. Julián llegó hasta el final y se extendió sobre la veloz corriente.
–Sujétame de las piernas César ¡ya viene!
Jacinta empezó a sesgar tratando de estar en línea con Julián, que la esperaba con los brazos abiertos. Sabía que por la velocidad que traía el encuentro seria fuerte.
Julián no sentía el dolor de sus heridas, ni el frío que lo tenia lívido, ni el peligro en que estaba su vida. Toda su mente y sus fuerzas estaban concentradas en su amiga y en la última chance que tenia de salvarla.
–Aguanta firme César ¡Ahora!
Jacinta sesgó un poco más y Julián pudo cogerla del cuello y debajo de un brazo y la sujeto con toda el alma. El muchacho sentía que la corriente no se daba por vencida y quería recobrar su presa, dando un grito feroz para animarse jaló con fuerza y logró que Jacinta se aferrara también del tubo.
Poco a poco fueron regresando a la orilla heridos y tiritando.
–Gracias Julián, gracias César –dijo Jacinta totalmente agotada. Los chicos le sonrieron. A lo lejos tres jinetes galopaban hacia ellos, Ascencio enviaba la ayuda pedida por Julián.
Pablo D. Perleche
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