Homenaje al Adulto Mayor

El comienzo de un nuevo año es motivo de regocijo para muchos, de meditación para otros y de reafirmación de la amistad y de lazos familiares. Me cuento entre éstos últimos y es por eso que deseo compartir con ustedes una nota, escrita por una tía mía, residente en Lima, Perú y que por la profundidad su mensaje, creo es digna de tomarse en cuenta. Obviando los consabidos saludos que toda carta familiar trae, pondré a su discreción amable lector, los pensamientos de la profesora jubilada Sra. Anatolia Aldave Reyes quien, luego de haber pasado la barrera de los ochenta años de edad, se mantiene activa ofreciendo recitales poéticos, escribiendo y dando ejemplo de vitalidad a todos cuantos tenemos la suerte de conocerla y gozar de sus inspiradas creaciones.


Empezaré diciendo, tercera edad, en vez de anciano. Con mucha frecuencia nos olvidamos que las personas mayores, somos nosotros mismos dentro de algunos años. Nos preocupamos por los niños, los adolescentes, las madres gestantes y otros, y no le damos mayor importancia a la tercera edad, que va en aumento progresivo, a nivel mundial porque en las últimas décadas ha mejorado la calidad de vida, especialmente las medicinas y siendo esto último un hecho inevitable, la atención debe ser por el estado, la familia y cada persona.


Hay que reconocer que en la tercera edad disminuye el vigor físico y hay debilidades psicológicas que cambian nuestro carácter y nos vuelven inseguros e impacientes, vamos perdiendo la memoria, la vista, el oído y cuando necesitamos más ayuda, es frecuente sentir la soledad e ingratitud de algunas personas.


Pero la tercera edad no es solo un conjunto de cosas negativas; como la juventud no es solo belleza, vigor y felicidad. Toda edad tiene sus aspectos positivos y negativos, en la juventud hay inexperiencia e inmadurez que solo se van corrigiendo con los años, con la tercera edad tenemos juventud acumulada y robustecida por la vida, tenemos sabiduría que da la experiencia y podemos todavía avanzar más. La tercera edad es la mejor fase de nuestra vida para ver las cosas en su verdadera perspectiva y evaluarlas en su verdadero valor, sin engaños ni ilusiones, afirmamos en la verdad y acercarnos más a Dios.



Algo muy importante es, que debemos estar dispuestos a ser útiles a los demás, hacer la vida agradable a los que nos rodean y hacer la vida más humana para todos; crecer en humanidad es una tarea que debe de llegar hasta el final de nuestros días. Porque no es en la voluntad de poder o de placer donde la persona alcanza el pleno sentido de su vida sino en la dedicación a los demás, en nuestra propia familia, en nuestra propia calle, en nuestro propio barrio, hay mucho que hacer, mucha humanidad y comprensión que aportar.

Tenemos que seguir persiguiendo fines que den sentido a nuestra vida, que valgan la pena: fines sociales, culturales, religiosos, algún trabajo creador, y esforzarnos en lograr hasta el final de nuestros días; aprender a vivir en paz, con la comunidad imperfecta que nos toca, sea familia, residencia, barrio, amistades, porque la comunidad perfecta no existe. Hacer la vida agradable a los demás y aportar paz, equilibrio y serenidad a la vida de los que nos rodean es algo que todos podemos y debemos hacer y esto no en circunstancias ideales, sino en limitaciones de dinero, salud y con falta de afecto muchas veces. Esto sin perder el sentido crítico, saber distinguir lo que está bien y lo que no está bien; creo que eso forma parte de la adultez.


Envejecer no es fácil, tenemos que prepararnos para ello, algo muy importante es la autoestima; es decir el aprecio y la valoración que hacemos de nosotros mismos, ser una especie de hilo conductor entre el pasado, el presente y el futuro, ser el vinculo que mantiene unidas a las generaciones, ser la historia viva de la familia y saber retirarnos a tiempo es un a sabiduría necesaria.


Terminaré con algo que leí alguna vez y lo copié: “Yo quisiera para mi mismo y para todas las personas, que en la tercera edad fuera como el cuarto movimiento de una sinfonía, el último movimiento, que no tiene que se menos bello que las anteriores. Y que fuera como el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven, el himno a la alegría, porque tiene que ser eso, el momento en que uno puede aportar a los demás su experiencia, su prudencia, su cariño, el momento en que va a bajar el telón y va a recibir el aplauso y el abrazo de Dios”. Un anciano feliz es sin duda un anciano útil.


La nota que me he permitido transcribir nos transporta a un mundo real, al que todos debemos mirar con optimismo porque algún día nos tocará vivirlo. Al mismo tiempo también nos debe de hacer reflexionar sobre la necesidad que tienen las personas de la tercera edad, familiares o no, de nuestro afecto y comprensión.

Armando Zarazú
azarazu@aol.com

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