Hay golpes en la vida

DALTO COMENTA

Los Golpes de Estado en Latinoamérica se sucedieron con impresionante continuidad en las décadas pasadas, cubriendo de incertidumbre estos países americanos, cuyas débiles democracias eran fácil presa de cualquier sublevación militar; y si no recordemos los tanques en las calles de Santiago, Caracas, Buenos Aires o Lima, cuando el presidente elegido por el pueblo, sea de izquierda o derecha, cometía alguna imprudencia, desatino o exceso, de inmediato la fuerza era la que “restauraba” el orden y la autoridad y era el pretexto perfecto para que los militares se queden por décadas en el poder.
Ahora que el presidente ecuatoriano Rafael Correa sufrió una asonada golpista e incluso un secuestro que le pudo costar la vida, volvieron los viejos fantasmas por Sudamérica, que felizmente fueron conjurados oportunamente por la acción solidaria de todos los sectores y medios democráticos, especialmente por la intervención de la UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas) que reúne a los presidentes de Sudamérica y que de manera inmediata se juntaron en Buenos Aires, declarando a través de su secretario general, el ex presidente Néstor Kirchner, “el firme compromiso y la más absoluta solidaridad del bloque regional”, poniendo a prueba además su utilidad y efectividad.
Hablando de Golpes de Estado, el caso de Chile quizá fue el más emblemático, pues el dictador Pinochet se quedó 20 años en el poder luego de bombardear el Palacio de la Moneda y aniquilar al presidente socialista Salvador Allende; que haya luego consolidado su gobierno e impuesto el orden, no quita ni borra el derramamiento de sangre y la represión que comenzó aquel setiembre de 1973.
Si bien todos los golpistas son generalmente promovidos por las esferas oligárquicas, reaccionarias y los grupos de poder, quienes se escudan en las armas y la fuerza de un militarismo siempre sobredimensionado en Latinoamérica, para retirar a quienes consideraron siempre incómodos al sistema; se podría decir que hubo algunas excepciones, como el golpe de estado en Perú, justo hace 42 años, en donde el general Juan Velasco Alvarado derrocó al gobierno del entonces presidente democráticamente elegido Fernando Belaúnde, y quiso enarbolar banderas de justicia y reivindicación del pueblo milenariamente postergado, finalmente sus famosas reformas, Agraria y Educativa, a la luz del tiempo fracasaron, aunque cambiaron la historia en este país, imponiendo un gobierno socialista, nacionalista, totalitario, pero singular en Sudamérica, el dictador que decía luchar por el pueblo, a diferencia de Pinochet, que abiertamente gobernaba para los sectores de derecha, quienes sustentaron su modelo económico.
Hoy en día los Golpes de Estado han quedado aparentemente obsoletos o contrarios a la historia, y son rechazados por todos los medios, no se concibe ya en este siglo XXI aventuras, motines o sediciones, y los gobiernos han procurado maneras y fórmulas de enfrentar exitosamente a las insurrecciones; aislando y sancionando a los países o más bien a los gobernantes que pretenden arrollar la voluntad del pueblo y los estados de derecho. Lo sucedido en Ecuador fue una muestra de ello, de la automática reacción de la comunidad internacional y el rechazo a regímenes totalitarios o dictatoriales; aunque no deja de llamar la atención las razones y motivos que originan estas escaramuzas, las protestas, huelgas o revueltas son síntomas del descontento por desatinos o excesos de los gobernantes, quienes escudándose en su investidura “democrática” a veces justifican estas sublevaciones.
La democracia no es el sistema de gobierno perfecto, pero dicen, es lo más aproximado a ese valor, debemos entonces mejorarlo y cuidarlo, encontrando fórmulas donde la participación del ciudadano sea real, las oportunidades lleguen a todas las clases, no se actúe a espaldas del pueblo, desaparezcan los privilegios y no se venda el país a pedazos.
Daniel Torreblanca

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