“Hasta quemar el último cartucho”

CUENTO BREVE

La formación peruana que defendía la plaza veía ante si desplegado al ejército chileno, inmensamente superior en número de soldados, con armamento moderno y bien apertrechado de municiones. Estaban rodeados por todos lados y la única salida era el mar, pero también fue bloqueada por la escuadra chilena. Daniel observaba a la delegación contraria que se retiraba sin haber conseguido que el Coronel Bolognesi rindiera su ejército. La suerte de la plaza estaba echada, se pelearía hasta el último hombre.
Daniel, recordó en ese momento la historia de Leónidas, el espartano, que con cuatro mil hombres enfrentó a un cuarto de millón de persas en el paso de las Termópilas. Al igual que en la batalla de las Termópilas, en Arica no quedaría nadie vivo, quizás un puñado de heridos que de seguro serian rematados, como era la costumbre del enemigo. Despuntaba el alba del día 5 de Junio de 1880.
–Daniel, ¿te queda algo de pan? –dijo Miguel, luego de apurar un sorbo de té.
–Un poco y esta muy duro, remójalo en el té, así quizás lo puedas pasar.
–¿Crees que moriremos hoy?
–No Miguel, hoy no, tal vez mañana o en dos días, esto recién comienza. Nos superan en número y armamento, pero no en el valor de luchar por una causa justa, defendiendo nuestro territorio. Nos temen y con su poderosa artillería nos bombardearan sin clemencia. Luego recién atacaran con su ejército.
–No tengo miedo de morir, lo haré con gusto por mi patria, me apena la suerte que tendrán mis tres hijitos que quedaran solos con su madre en Arequipa. Al menos tú no dejaras hijos que te lloren, Daniel.
–Al contrario, eso es lo que más me atormenta, no dejar herederos que me recuerden y que recuerden este día. Luego de esta batalla no habrá defensa significativa, el enemigo avanzara incontrolable invadiéndonos. Demoraremos muchos años en recuperarnos, ¡pero por justicia divina, esto no quedara así!, estoy seguro que habrá un merecido desquite y tus hijos y los hijos de tus hijos lo verán. Yo por mi parte no dejaré nadie de mi sangre que me represente.
Miguel sintió que su pecho se llenaba de orgullo ante la arenga de Daniel, terminó de comer su pan. Revisó su rifle Chassepot, de inferior calidad al Comblain del rival. En ese momento los veintidós cañones Krupp del enemigo sembraban de metralla la Plaza de Arica. Daniel y Miguel al igual que todos los efectivos de la plaza se agazaparon en sus trincheras. Los catorce cañones defensores que apuntaban al enemigo respondieron el fuego.
El violento intercambio de artillería duró desde las nueve de la mañana hasta las cuatro y treinta de la tarde. El aire se saturó de olor a azufre y a carne quemada de los muertos. La noche emitió la primera tregua.
–No puedo dormir, Daniel.
–Es normal Miguel, nadie va a dormir estos días, trata de cabecear, piensa en un momento bonito de tu niñez, olvida por un momento de este infierno que es la guerra.
Los defensores agotados por el combate, dialogan taciturnos pero con valor. Al día siguiente se reanudó el bombardeo, esta vez también disparó la escuadra chilena desde el mar. Los únicos dos buques peruanos que defendían la plaza se batieron heroicamente logrando deshabilitar dos navíos enemigos antes de hundirse. Atardecía cuando el bombardeo cesó súbitamente.
–¿Qué pasa Daniel? ¿Vienen, ya?
–No, mira, otra comitiva, trataran de que nos rindamos otra vez.
La nueva delegación se retiró a las once de la noche sin lograr su objetivo.
–Miguel, mañana es la cosa, estate listo, será en cualquier momento, nos caerán con toda sus fuerzas.
¿Por qué pasa todo esto, Daniel? ¡Deberíamos estar con nuestras familias! ¡Tomándonos unas cervezas, comiéndonos un cebiche, carajo!
–Miguel, por más que creamos que controlamos nuestro destino, este se escribe día a día, no somos dueños del tiempo y las circunstancias que nos tocó vivir. Al menos los que encaramos la afrenta, el que huye si tiene elección, ¡ten valor, valor amigo!
El padre Carlos ofició un pequeño servicio y confortó a los soldados, muchos hicieron línea toda la noche y la madrugada para confesarse. Daniel, no pudo evitar la comparación del sacerdote con Megístias, que preparaba a los soldados de Leónidas para su inmolación ante los persas.
Al amanecer del 7 de Junio, el enemigo atacó con toda su infantería y caballería. Los disparos de fusil se mantuvieron, hasta que ambas partes estaban tan cerca que comenzó la batalla cuerpo a cuerpo.
Uno a uno fueron cayendo los esforzados defensores. El valiente Coronel Bolognesi disparó su último cartucho y fue acribillado por el enemigo que no le dio cuartel. Los defensores sabedores de su fin peleaban con denodado valor.
–Al Morro, al Morro; a la cumbre rápido– los peruanos se fueron replegando, ascendiendo sin dejar de luchar.
Los chilenos, trataron de cortar la retirada por donde ascendía el efectivo de Andrés y Miguel.
–Arriba, arriba muchachos–grita el cabito Alberto Maldonado, de tan solo dieciséis años, que con sus compañeros defendía su cañón Voruz. La batalla se torna heroica.
Daniel siente las descargas que pasan silbando a su alrededor derribando a sus camaradas. Voltea y observa al enemigo que ya esta por tomar el cañón Voruz. Alberto inflamado de valor enciende los explosivos muriendo en el acto con la fuerte explosión, al igual que sus compañeros y la horda chilena que ingresaba segura de su triunfo.
Con ese tiempo el efectivo de Daniel logra ganar unos minutos en su ascenso. Éste prácticamente arrastra a Miguel que había quedado aturdido con la fuerza expansiva de la explosión. En ese momento ve caer abaleado al padre Carlos, que muere bendiciendo a los suyos.
–“Igual que el arzobispo Turpín, en la gesta de Roldán, que locura pensar en literatura ahora”– se dice a si mismo Daniel, hundiendo con vehemencia su bayoneta en el pecho de un soldado enemigo que agitado subía tras él.
Pierde de vista a Miguel y cuando lo ubica lo ve enfrentarse con su bayoneta a un teniente, que cabalgando ascendía llevando la muerte en su sable. Miguel falla y el teniente le parte la cabeza con su filosa arma. Daniel enfurecido saca su revolver con la última bala, la tenia destinada para el mismo, no pensaba entregarse vivo. Apunta al teniente, dispara, y este cae con el corazón destrozado.
El tiempo empieza a correr con lentitud, irreal. Se pelea con todo lo que se puede, los combatientes recogen cuchillos, bayonetas, piedras. Daniel ve pasar al galope al Coronel Ugarte, que se arroja con su corcel al barranco para evitar que la bandera nacional caiga en poder del enemigo.
Llega a la misma cumbre, ya sin ninguna arma para atacar o defenderse. Un soldado chileno lo derriba de un culatazo y cuando iba a rematarlo, Daniel, salta como un tigre y logra atenazarle el cuello con las dos manos y en los ojos desesperados del soldado que asfixiaba vio reflejados el horror de la guerra. Pero no le quedaba otra salida, ya se lo había dicho a Miguel: “Luchar por tu patria no acepta dudas, es como luchar por tu madre, no hay preguntas, se la defiende y punto”. En ese momento el enemigo dispara un obús que explota a pocos metros. Una luz cegadora lo deslumbra y luego sigue la oscuridad profunda de la inconsciencia.
Al volver en si, ve que es de noche, el campo esta sembrado de muertos, el mismo fue tomado por uno de ellos. Pasa rápida revista a su cuerpo, esta completo, pero siente una herida en la cabeza, su cara tiene una cubierta de sangre coagulada. Agazapado observa a su alrededor, ve varias fogatas donde efectivos enemigos dialogan. Deslizándose metro a metro va descendiendo del Morro que esta sumido en la oscuridad. Cuando ya no esta al alcance de ser descubierto, se incorpora y marcha hacia las afueras de la ciudad. Allí escucha el relincho de caballos, en la semipenumbra de un fuego, ve muchos amarrados a postes. Sigilosamente se acerca, consigue tomar uno, se aleja, y ya a campo traviesa lo monta y enrumba hacia el valle del Lluta, tratando de llegar a territorio libre. La guerra todavía no ha terminado para Daniel Peralta.
Pablo D. Perleche
pablo@identidadlatina.com

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