Gesto solidario

Quiero compartir con los lectores de IDENTIDAD LATINA un hecho que me sucedió recientemente. Se trata de uno de esos gestos anónimos que no llegan a ser noticia pero que tienen un enorme significado en este mundo de materialismo e individualismo exacerbados, y nos devuelven la fe en los valores más nobles de la raza humana.
Yo debía tomar un avión desde el aeropuerto Tweed de New Haven hacia Filadelfia con destino final en Toronto, para despedirme de mi cuñado que se encontraba viviendo sus últimas horas, luego de haber peleado una infructuosa batalla contra el cáncer. Apenas llegué, el empleado de la línea aérea me comunicó que todos los vuelos se habían cancelado debido al mal tiempo y me propuso como alternativa otro vuelo que salía desde New York.
Tenía que regresar al centro para tomar el tren hasta la Estación Central y, una vez allí, el bus hasta llegar al aeropuerto de La Guardia. No había ningún taxi en el aeropuerto y la posibilidad de conseguir uno iba a demandarme mucho tiempo. Llamé al servicio de atención al cliente de la oficina de transporte para pedir que el autobús que va hasta el Faro entrara al aeropuerto a buscarme. El chofer que llegó, un latino de unos 40 años, de inmediato se paró para ayudarme con la maleta. Yo estaba angustiada pensando en todo lo que tenía por delante y le conté lo que me estaba pasando. El me tranquilizó diciéndome, sabiamente, que las cosas siempre suceden por algo; que seguramente yo no debía tomar ese avión y que Dios de alguna manera me estaba protegiendo.
Me contó que no era una persona religiosa, pero que se había acercado a Dios en un momento de necesidad y que El lo había escuchado. Insistió en que tuviera confianza y que yo iba a lograrlo. En un momento del trayecto, se paró en un semáforo y se fue corriendo hasta el kiosko de la esquina, regresando en un minuto con una botella de agua que me entregó, ante mi total sorpresa. Ese hombre me consoló y “abrazó” con sus palabras y con su gesto generoso de acercarme agua.
No tengo palabras para agradecerle. Tan atribulada estaba que ni siquiera atiné a preguntarle su nombre. Finalmente, y con la ayuda inapreciable de otras personas que aparecieron en el camino, pude llegar para despedirme de mi cuñado, que murió unas horas más tarde. Vaya este reconocimiento para ese chofer de la Linea G y para quienes como él están ahí afuera, listos para ayudar y reconfortar a quien lo necesita.

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