Francisco, un rayo de luz sobre La Gran Manzana

Ya había visto en persona a un Papa -Juan Pablo II- en Lima dos veces en los ochenta y una vez en Nueva York en 1994. Mi hijo había visto a Benedicto XVI en Nueva Jersey el 2008. Esta vez íbamos los dos desde Connecticut con mi hermana, que se apuntó a última hora, hacia Nueva York a ver a Francisco I. Salimos de New Britain, Connecticut a las 4 de la mañana del 25 de Setiembre del 2015, íbamos en auto hasta Fairfield y desde allí en tren hasta la Gran Manzana.
Íbamos ligeros de vestir y sin ningún bolso pues esperábamos un día algo caluroso y tendríamos que movilizarnos por el tren subterráneo y caminar entre las estaciones buscando ver al Papa durante sus recorridos, entre los lugares donde tendría sus conferencias: La sede de las Naciones Unidas, el Memorial a las víctimas del Centro Mundial del Comercio, una Escuela en Harlem, el Central Park y el Madison Square Garden.
Estaba soleado, pero frío y ventoso, se podría decir que éramos los únicos en mangas de camisa, todos en la multitud usaban algún abrigo ligero. Llegamos a la Estación Central a las ocho de la mañana y de allí nos desplazamos caminando a la ONU y tratamos de infiltrarnos entre las calles bloqueadas de policías, vano intento. Nos dedicamos a dar vueltas por calles accesorias y casi sin querer llegamos a una calle oculta y aparentemente sin salida, pero que su final era una especie de balcón desde la que se divisaba todo el frontis de la sede. Allí estaban estacionados todos los autos de la comitiva Papal, en el centro el ya famoso Fiat 500. El Papa usó este pequeño auto, que se perdía entre las grandes camionetas de su escolta, para demostrar con el ejemplo que es mejor el uso de autos pequeños y económicos para proteger el frágil medio ambiente mundial, amenazado por las emisiones de autos e industrias especialmente de los países más desarrollados como los Estados Unidos.
El compacto grupo de personas se apretaba contra la valla de seguridad, el lugar estaba prácticamente oculto a las calles principales. Éramos estadounidenses, europeos, latinoamericanos, africanos, asiáticos hablando diversas lenguas, como en el edificio que teníamos al frente, y usando para entendernos el inglés y la ilusión de avistar al Papa. Una camioneta de Canal 11 de Nueva York entrevistaba a los presentes, a mi turno hablé de la esperanza que este Pontífice traía con sus discursos a una tierra demasiado secular, donde están severamente amenazados los valores familiares y la vida de millones de bebes en los vientres de sus madres. Seguimos esperando, cuando mi hijo que regresaba de comprar café venía con un grupo de América Televisión de Perú que estaba entrevistando peruanos, dos entrevistas en menos de media hora. En un momento dado, dos aviones volando a gran altura cruzaron perpendicularmente el cielo, justo encima del edificio de la ONU formando una gigantesca cruz.
Los autos se movieron adelante y Francisco I salió por otro lugar, pero el grupo de desconocidos que habíamos llegado nos despedimos con una ganada amistad, debida indirectamente, al Papa que incluso sin ser visto había generado esa unión. Tomamos un metro para ir al lugar donde estuvieron las Torres Gemelas, nos transportamos sin problemas a través de las entrañas de la Capital del Mundo. Nos ubicamos en una de las posibles intersecciones por donde pasaría el Papa, el tráfico estaba cerrado, esperamos una hora apretujados por una multitud donde se repetían los mismos gestos, esa ansiedad de ver a un hombre que ellos sabían les podría dar sentido a una vida que no satisface pese a tenerlo casi todo.
El Papa pasó por otra calle, no nos dimos por vencidos pensábamos ir a la escuela de Harlem pero tras una seria reflexión decidimos esperarlo en el Central Park almorzando algo al paso. Nos dedicamos a buscar una posición en el inmenso parque y llegamos a la Plaza de las Américas donde se congregaba una muchedumbre, se cerraban las calles con grandes camiones de construcción llenos de arena y un ejército de policías controlaba todos los ambientes. Numerosos camiones portátiles de televisión poblaban la plaza por la que desfilaban, entre vallas y policías, los afortunados que tenían entradas especiales para ver al Papa en el interior del parque, totalmente cerrado e impenetrable. En ese momento vimos una fila pequeña de personas que al interrogarlas me dijeron que eran periodistas a los que si dejaban entrar si estaban acreditados. Mi hijo y yo teníamos credenciales y hubiéramos podido entrar, lo que equivalía a dejar a mi hermana a su merced en un caos de tráfico interrumpido y decenas de miles de personas que abarrotaban las calles, la decisión fue rápida, nos quedábamos afuera.
El frío y el viento a las cinco de la tarde se hicieron agudos en nuestro atrincheramiento entre las calles 7 y 59 West, esperábamos rodeados de personas de todo el mundo que combatíamos a los elementos lo mejor que podíamos. Hombres y mujeres, ancianos y niños todos con una meta, ver aunque sea por un momento la figura de un hombre que estaba más allá de las criticas liberales o conservadoras, un hombre sin miedo a decir lo que a su parecer es necesario hacer para rescatar a la humanidad de una tragedia anunciada. Movido por su fe, que es la misma que la séptima parte de la población mundial, y tratando de liderar a los suyos con su ejemplo prefiriendo comer con desamparados, mendigos y presos que con políticos, empresarios y gente con poder. Lo hizo en Washington, en Nueva York y en Filadelfia defendiendo la vida en todas sus etapas, especialmente la de los más vulnerables, la vida familiar como sacramento inalienable y el medio ambiente como nuestro hogar y el de nuestros descendientes.
Se escuchó una formidable ovación, los celulares de mi hermana y mi hijo se habían quedado sin batería y el mío estaba a punto de extinguirse tenía a lo sumo la oportunidad de tomarle una foto. Mi mano entumecida por el frío se mantuvo firme, apreté el obturador y la única foto del pequeño Fiat quedó registrada, no se aprecia en ella al Papa, pues estaba en la ventana contraria, pero lo vi al igual que las decenas de miles que lo aguardaban a lo largo de su recorrido hacia el Madison Square Garden. Una multitud aferrada a la esperanza en medio de una ciudad que, fuera del radio de acción del ilustre visitante, seguía su rutina, sin percatarse que un rayo de luz muy especial había descendido sobre ellos.
Mientras veíamos alejarse a la caravana de Francisco, nos preparamos para una larga jornada de retorno en metro, tren y auto con la satisfacción de haber estado, al menos por un instante, junto a una de las personalidades que marcan la historia y la marcan para bien.
Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com
Identidad Latina

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