OPINION: Fidel Castro, un dictador sin absolución

“Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. Abraham Lincoln

Muchos cubanos llegamos a pensar, surrealistamente, que Fidel Castro jamás iba a morir.

Recuerdo las vallas que inundaron la geografía de Cuba en los 80. Una inmensa imagen del Comandante y la frase “El Partido es Inmortal”. Después, otras con el omnipresente rostro del caudillo decían: “Yo soy la Revolución”.

Recordaban la frase de Luis XIV, símbolo del Absolutismo Monárquico, cuando proclamó: “El Estado soy Yo”.

Por esos caprichos de la historia, el 25 de noviembre, cuando se cumplían 60 años de su salida del puerto mexicano de Tuxpan, en el yate Granma, para empezar la revolución, Raúl Castro apareció en televisión nacional para anunciar la muerte del dictador y decretar los 9 días de duelo y una procesión fúnebre por toda la Isla hasta su Mausoleo, al mejor estilo de un Faraón del Antiguo Egipto.

Sería imposible resumir, en un artículo periodístico, el transitar por la historia de un hombre que marcó la política mundial por casi 60 años. La prensa internacional ha saturado los medios de información sobre el “Comandante”, pero hay aspectos en los que no ahondan y que definen también quién fue Fidel Castro Ruz.

Un Dictador Popular

El 8 de enero de 1959, Fidel Castro entraba triunfante en La Habana. Se plantó con autoritarismo en el poder con el apoyo mayoritario de grandes sectores de la población, hartos de la corrupción endémica y los abusos de la dictadura del General Fulgencio Batista, impresionados por medidas populistas como las Reformas Agraria y Urbana y esperanzados por sus propuestas de prosperidad y justicia social. Pronunciaba interminables e inflamatorios discursos de varias horas, en los que histriónicamente culpaba a EEUU de todos los problemas nacionales y auguraba faraónicos mega proyectos para desarrollar el país aceleradamente.

Para dar una apariencia democrática, nombró a un moderado como Manuel Urrutia como Presidente, para después obligarlo a renunciar y reemplazarlo por el dócil comunista Osvaldo Dorticós, a quien el pueblo bautizó cariñosamente como “cucharita”, por lo de “ni pincha, ni corta”. Fidel lo destituiría al asumir la jefatura total del Estado durante la “Reforma Institucional” de 1976 y Dorticós se suicidaría con un balazo en junio de 1983.

Mientras las masas enardecidas de fervor revolucionario gritaban en las plazas, “Gracias Fidel”, “Cuba Si, Yankees No”, cientos eran fusilados en la Fortaleza de la Cabaña, al mando del Che Guevara, tras juicios sumarios en los que no había ninguna garantía procesal y a pesar de que la Constitución Cubana no contemplaba la pena de muerte. La maquinaria propagandística se encargó de presentarlos a todos como torturadores y esbirros y hasta televisó juicios a algunos de los más notorios. Ciertamente, el ejército y la policía de Batista desataron una represión feroz, se cometieron muchos abusos, ejecuciones y torturas, incluso publicados en la prensa de la época y el pueblo vio justo que se les ejecutara, pero había también muchos inocentes que no habían participado en crímenes y habían sido detenidos por equivocación, por delaciones malintencionadas, venganzas personales, o simplemente por oponerse a Castro.

Destaca el caso de Antonio Chao Flores, un joven de 19 años quien luchó primero contra el ejército de Batista. Por su juventud y valor, la triunfante Revolución le tomó como imagen y su rostro apareció en la portada de la revista 'Bohemia', con el uniforme de teniente del Ejército Rebelde.

Al ver a Fidel declarar a Cuba socialista, se unió en 1961 a otros combatientes en el movimiento anticastrista que se inició en las montañas de El Escambray. Perdió una pierna en combate y acabó en La Cabaña. Antes de fusilarlo, los carceleros le quitaron las muletas y le obligaron a arrastrarse hasta el paredón mientras le insultaban. Permaneció sereno y se irguió en su única pierna, para mirar de frente al pelotón que le disparó.

Hay numerosos testimonios de que se volvió práctica común simular fusilamientos con balas de salva para quebrantar la psiquis de los prisioneros y desmoralizarlos.

El de los fusilamientos masivos ha sido un tema tabú de la revolución cubana, esquivado intencional y consistentemente por mandatarios, políticos, organismos internacionales, periodistas e historiadores. Nadie sabe en realidad cuántos murieron y difícilmente se puedan encontrar los expedientes de sus casos en los archivos oficiales.

Antagonismo con EEUU y viraje al comunismo

Según funcionarios del Departamento de Estado, a Batista se le consideraba un matón corrupto. Washington le retiró el apoyo al arreciar la represión, incluyendo la supresión del suministro militar y jamás lo dejaron entrar a EEUU después de escapar de Cuba. El joven Fidel era visto como un Robín Hood aventurero, pero honesto, sobre todo después de aparecer en la portada de New York Times, en tres artículos publicados por Herbert Matthews en febrero de 1957, tras entrevistarlo en la Sierra Maestra.

El nuevo gobierno revolucionario fue reconocido por Washington inmediatamente y Castro visitó EEUU en abril de 1959, se hospedó en Harlem y se entrevistó con el Vice-Presidente Richard Nixon. Durante aquella visita declaró:

Nuestra Revolución es tan cubana como nuestras palmas. (…) Y toda esta campaña de `comunista`, campaña falsa, campaña canallesca, que ni nos preocupa, ni nos asusta…El pueblo de Cuba sabe que el gobierno revolucionario no es comunista”.

En otro discurso similar en La Habana, ante el Comité de Instituciones Cívicas dijo:

“Llamarnos comunistas, ¿por qué?  ¡Si quieren llamarnos comunistas porque no perseguimos a los comunistas, que nos llamen comunistas porque no perseguimos a nadie! Porque nosotros hemos proclamado el respeto a todas las creencias religiosas, el respeto a todas las ideas políticas, y empezamos por no temerle a ninguna”.

Pero eran los tiempos de la Guerra Fría y los soviéticos tenían sus ojos puestos en la triunfante Revolución a solo 90 millas de los Estados Unidos. En febrero de 1960, el Primer Ministro de la URSS, Anastas Mikoyán visitó Cuba de manera oficial y ofreció acuerdos comerciales para intercambiar azúcar cubano por petróleo ruso y créditos millonarios para impulsar la economía. En agosto, Eisenhower declara el embargo económico a Cuba, suspendiendo la compra de azúcar y la venta de petróleo, como represalia a la confiscación de tierras y empresas de capital estadounidense, a lo que Castro respondió con más confiscaciones.

Solo tres semanas antes de que John F. Kennedy asumiera la Presidencia, en enero de 1961, Eisenhower rompe las relaciones formalmente. El nuevo Presidente dio luz verde para apoyar a disidentes cubanos determinados a invadir la Isla y derrocar a Castro, un plan forjado durante la administración anterior desde 1960. La Brigada 2506, formada por 1,334 hombres entrenados y armados por la CIA desembarcarían en la Bahía de Cochinos el 17 de abril de 1961. Fueron derrotados tras tres días de combate, superados por un ejército varias veces superior en hombres y armamento y por el abandono de un titubeante Presidente Kennedy, quien a último minuto les negó el apoyo prometido, pese a las súplicas de sus generales, enfurecidos y avergonzados. Kennedy culpó a la CIA y le pidió la renuncia al Director Allen Dulles. Los prisioneros que habían sobrevivido al combate y a los pelotones de fusilamiento, catalogados como “mercenarios” por Castro, fueron humillantemente canjeados por 53 millones de dólares en alimentos.

La tarde anterior al inicio de desembarco, durante el entierro de las primeras víctimas de los bombardeos a aeropuertos militares, Fidel Castro declaraba por primera vez el carácter socialista del proceso.

“Eso es lo que no pueden perdonarnos, que estemos ahí en sus narices ¡y que hayamos hecho una Revolución socialista en las propias narices de Estados Unidos!

“Esa capacidad de crear, ese sacrificio, esa generosidad de unos hacia otros, esa hermandad que hoy reina en nuestro pueblo, ¡eso es socialismo! (…) ¡Seremos siempre socialistas y por eso seremos siempre marxista-leninistas!

Durante las entrevistas para el libro “Fidel y la Religión”, Castro le diría a Frei Betto que, mientras estudiaba Derecho en la Universidad de La Habana, absorbió las ideas de Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir Ilich Lenin, entre otros pensadores comunistas. Es falso, no hay una sola referencia que lo demuestre en ninguno de sus discursos y escritos antes y durante la campaña de la Sierra Maestra, ni durante los primeros años de la revolución.

Si bien es cierto que Washington intentó derrocarlo y que la CIA trató de asesinarlo en varias ocasiones, también Castro provocó intencionalmente a EEUU para utilizar el antagonismo como excusa para aliarse a la Unión Soviética, consciente de que una dictadura totalitaria marxista era la única forma legítima de perpetuarse en el poder.

Lo predijo su ex-amigo y cuñado, el senador Rafael Diaz-Balart, cuando en 1955 se opuso a la amnistía de su condena por el ataque al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953.

“Solamente el comunismo le daría a Fidel el ropaje pseudo-ideológico para asesinar, robar, violar impunemente todos los derechos y para destruir en forma definitiva todo el acervo espiritual, histórico, moral y jurídico de nuestra República” … Para instaurar la más cruel, la más bárbara tiranía, una tiranía que enseñaría al pueblo el verdadero significado de lo que es tiranía, un régimen totalitario, inescrupuloso, ladrón y asesino, que sería muy difícil de derrocar por lo menos en veinte años”

Es muy cuestionable la autoridad moral de Diaz-Balart para calificar tiranías y totalitarismo por su apoyo a la dictadura corrupta y sanguinaria de Batista, quien asaltó el poder injustificadamente en marzo de 1952, suspendió de un plumazo la Constitución de 1940, ilegitimando los partidos políticos, convirtiendo a Cuba en su negocio privado en complicidad con la Mafia e implantando el terror ante cualquier intento de oposición, pero sus palabras fueron premonitorias.

Un Dictador Internacionalista

Un año después de Bahía de Cochinos, en octubre de 1962, vendría la Crisis de los Misiles, cuando EEUU descubrió que los soviéticos habían instalado cohetes atómicos en la Isla y el mundo estuvo más cerca que nunca antes de una catástrofe irreversible.

Asustados por la actitud temeraria y desafiante de Fidel, la Casa Blanca y el Kremlin llegaron a un acuerdo, sin su participación, que incluía el compromiso de EEUU de no invadir a Cuba.

Castro siempre negó airadamente que hubiera pedido a Nikita Krushev disparar primero a Estados Unidos y desatar un holocausto nuclear. No contaba con que la Unión Soviética se desplomaría sin disparar un tiro en 1991 y que la carta con su petición seria hecha pública al abrirse los archivos en la era post-comunista.

Superado el disgusto con los soviéticos por retirar los misiles y la humillación de haber negociado a sus espaldas, Castro visitó Moscú en 1963 y la alianza quedó sellada. Cuba recibiría subsidios económicos y asistencia de todo tipo de la URSS, incluyendo apoyo militar y a cambio, sería el puerto ideológico y logístico para exportar “revoluciones socialistas” desde el sombrío Servicio de Inteligencia (G-2), y el “Departamento América” del Comité Central del Partido Comunista, dirigido por el Comandante Manuel Piñeiro, alias “Barba Roja”.

La Conferencia Tri-Continental de La Habana, en 1966, creó la plataforma para numerosos y disímiles grupos políticos y armados en todo el Tercer Mundo, (no solo en América Latina) dispuestos a colaborar recíprocamente con el régimen cubano en tal hermandad internacional, que sería una especie de “quinta columna” de Moscú durante toda la Guerra Fría.

La intromisión de Cuba en la política chilena, influyó decisivamente en el golpe de estado del General Pinochet en 1973, en el que Allende perdió la vida, poco después de que ambos hubieran visitado la Isla y explorado el sistema socialista. Como antecedente, en 1967, Fidel había enviado una expedición armada a Machurucuto, Venezuela, lo que generó la expulsión de Cuba de la OEA y el Che Guevara venía organizando guerrillas armadas en Argelia, el Congo, Angola y Mozambique, antes de ser apresado y ejecutado en Bolivia en octubre de ese año, mientras lideraba un grupo insurreccional marxista.

No satisfecho con lo anterior y sediento de protagonismo internacional, Castro decidió enviar no solo asesores militares, como en el caso de la Nicaragua Sandinista, sino ejércitos regulares a combatir en Angola y Etiopía.

El resultado de tal “Trotskismo Tropical”, eufemísticamente llamado “Ayuda Internacionalista”, que costó la vida a miles de cubanos, afianzó en el poder a otros dictadores brutales como el Etíope Mengistu Haile Mariam, asilado en Zimbabwe desde 1991, reclamado por crímenes de lesa humanidad y protegido por el Presidente Robert Mugabe, otro líder apoyado por Castro y quien es considerado uno de los gobernantes más corruptos del planeta; José Eduardo Dos-Santos, Presidente casi-vitalicio de Angola, cuya hija Isabela, nacida en plena revolución angolana es hoy la mujer más rica de África y Daniel Ortega, otro corrupto recientemente “re-electo” como Presidente de Nicaragua, solo para mencionar a los más conocidos.

Las familias de los miles de soldados caídos en tierras africanas tuvieron que esperar largos años para ver regresar los restos de sus seres queridos.

La exportación de la “lucha armada” por parte de Cuba cuenta con un largo historial, que incluye la cruenta guerra de guerrillas en Centroamérica y el apoyo a las FARC de Colombia hasta el momento presente, en el que las “negociaciones de paz” han tenido lugar en La Habana.

Muchos en el mundo cantan loas a los contingentes de maestros y médicos cubanos trabajando en los más diversos puntos del Tercer Mundo. Olvidan que también sirven como propaganda de la “bondad revolucionaria”, del autoritarismo cubano para ganar adeptos y mejorar su imagen internacional. Son enviados allí por un gobierno que tiene el poder absoluto de decidir sobre sus vidas y su derecho a ejercer profesionalmente, usándolos simultáneamente como agentes transmisores de la doctrina totalitaria socialista, ofrecida como remedio a la desigualdad social que sufren los más desposeídos.

En las últimas décadas han sido “exportados” para generar ingresos millonarios a la maltrecha economía cubana, o intercambiados por petróleo, como en el caso de Venezuela, a la que también han invadido, literalmente, de asesores militares y de inteligencia para apuntalar al tambaleante régimen chavista.

Un Administrador Autoritario.

El estrepitoso fracaso del sistema económico cubano no puede ser más evidente y, quienes defienden la política de Castro, señalan al embargo de EEUU como la gran calamidad responsable de tal desastre. Soslayan que Fidel administró la economía de manera caprichosa y erráticamente y que dilapidó irresponsablemente la multimillonaria asistencia económica de la URSS durante décadas, en las que casi ni se hablaba del “Bloqueo”.

Más allá de todo lo que se ha perdido por la falta de comercio con EEUU, nuestro mercado natural, la realidad es que el propio Fidel terminó reconociendo que el sistema centralizado socialista de absoluta propiedad estatal y dependiente de ayuda exterior, ya sea soviética o venezolana, es completamente inoperante.

Veamos el triste ejemplo de la otrora primera industria, genialmente analizado en Diario de Cuba, en el ensayo: “Menos Azúcar en el peor momento; Sin Azúcar no hay País”.

Cuba fue la abastecedora de azúcar del mundo durante 167 años ininterrumpidos, desplazando a Haití como primer productor mundial en 1791, tras la destrucción de la industria azucarera haitiana por los esclavos rebeldes liderados por Toussaint L'Ouverture.

Con la llegada de la Revolución Industrial a la Isla, se introdujo en 1819, la primera máquina de vapor en el mundo que sustituyó a los bueyes para mover los molinos. En 1850 se instaló por primera vez a nivel mundial, la primera centrífuga, que sustituyó el sistema de purgar el azúcar con barro. Bajo tal auge industrial, el 19 de noviembre de 1837, Cuba se convirtió en el primer país de Latinoamérica con ferrocarril, segundo del continente luego de EEUU (1831), antes de España (1848) y solo 12 años después de que el primer tren rodara en Inglaterra en 1825.

Ni siquiera la cruenta Guerra de Independencia logró destruir la industria, que produjo en 1905, 1.3 millones de toneladas métricas. Para 1925, Cuba producía el 25% de todo el azúcar del mundo.

En 1958, cuando Fidel llegó al poder y desmintiendo otra de los mitos castristas de que la industria estaba en manos de capital yankee, 121 de los 161 ingenios eran de propiedad cubana, (solo 36 eran norteamericanos) producían casi el 70% del azúcar del país y generaban el 50% de toda la producción mundial con un rendimiento industrial record de 12,7%. Y todo eso tras años de guerra revolucionaria contra Batista a lo largo de la Isla.

Siguiendo trasnochadas teorías económicas del Che Guevara, Castro ordenó la compra multimillonaria de tecnología obsoleta para “industrializar el país y no depender del azúcar” y, pese a los fabulosos subsidios soviéticos al dulce cubano, descuidó la primera Industria Nacional que se fue destruyendo paulatinamente.

Las últimas zafras apenas superan el millón de toneladas. Cuba importó (léase bien para creerlo), entre 2001 y 2006, 384.204 toneladas métricas de Brasil, 425.609 de Colombia, 50.000 de Bielorrusia y hasta (lo impensable) de EEUU.

Cuba recibiría por concepto de derivados de la caña de azúcar y biocombustibles, satanizados ignorantemente por Castro, más ingresos que los que genera el turismo.

Un Triste Legado

Fidel Castro muere dejándonos un país empobrecido, que nunca dejó de depender de ayuda económica extranjera. Institucionalizó un sistema paternalista de pobreza repartida que coartó ferozmente la iniciativa privada y que aun cuenta con una vergonzosa cartilla de racionamiento, tras 57 años de gobierno comunista.

No merece respeto un gobernante que, mientras le pedía resistencia y abnegación a su pueblo, tenía, lejos de la mirada pública, marinas con yates para su uso exclusivo, zonas de pesca submarina y cotos de caza privados y vivía como un burgués privilegiado, dando una hipócrita apariencia de espartano ascetismo.

Muchos cubanos y muchísimos extranjeros enarbolan al sistema de salud y educación gratuitos como logros del dictador. Es cierto que cubren a toda la población, pero han sido la base de un pacto social impuesto que nunca se negoció con el pueblo y que ha sido, además de la “amenaza y el cruel bloqueo imperialista”, la eterna justificación para validar una de las dictaduras más largas de la Historia contemporánea.

El sistema sanitario, por el que el régimen autoproclamó a Cuba como “Potencia Médica Mundial”, se ha deteriorado a niveles paupérrimos, la falta de higiene y condiciones básicas, insumos de todo tipo y medicamentos esenciales es crónica, mientras los lujosos centros hospitalarios para la élite gobernante y los turistas de salud cuentan con todos los recursos.

Hoy, en las salas de emergencia en Cuba atienden, peligrosamente, estudiantes, porque una cantidad exorbitante de especialistas y médicos graduados están fuera del país, “cumpliendo misión internacionalista”.

Aun cuando las plazas para cursar la mayoría de las carreras son cada vez más escasas y limitadas, uno se puede educar gratis en Cuba y llegar a ser profesional, pero aprende una historia tergiversada y le imponen una ideología, a la que le exigen fidelidad absoluta para poder estudiar. Esos jóvenes “milenios”, universitarios cubanos que hemos visto llorar ante las cámaras de la prensa internacional, saben que serían inmediatamente expulsados si no demostraran públicamente el más profundo dolor y que jamás podrían regresar a la Educación Superior.

Fidel criticó duramente a la Cuba del capitalismo por graduar profesionales que la economía no podía emplear y nos deja un país lleno de talentosos egresados, de todas las ramas, que prefieren ser meseros de un hotel, taxistas, o “jineteras”.

Esos adoradores del Comandante olvidan, sobre todo, que un gobernante no es otra cosa que un empleado público y que conseguir logros para su pueblo es, precisamente, su trabajo y su responsabilidad, no un favor divino que le hace al país y por el que haya que santificarlo.

Fidel Castro hizo una revolución para traer justicia social y que Cuba dejara de ser “el prostíbulo de EEUU” y nos deja un país en que las adolescentes se prostituyen, mientras el mismo declarara cínicamente en una entrevista que “Cuba tiene las prostitutas más sanas y más educadas del mundo”.

El Castrismo nos deja una Cuba ideológicamente vacía y confundida, donde la pérdida de los valores morales se ha enraizado tanto, que tomará varias generaciones para poder recuperarlos, y con tanta o más corrupción pública que la que existía cuando Fidel decidió derrocar a Batista.

Cuba, a pesar del floreciente capitalismo de los 50, necesitaba una Revolución que erradicara la miseria de los más desposeídos, la insalubridad de la población campesina, la corrupción endémica, los abusos de poder y la discriminación, pero no un régimen totalitario y dinástico que eliminara todas las libertades y se perpetuara en el poder, como si el país les perteneciera por derecho propio.

En la arena internacional, Fidel deja una estela de sangre y dolor en muchos pueblos que hoy están peor que cuando los “movimientos de liberación” inspirados en su doctrina, o exportados por él, comenzaron sus encarnizadas luchas.

Su mesiánica y larga carrera arrastra una extensa lista de sospechosas muertes de sus más cercanos colaboradores, incluyendo al Che Guevara, cuyos mapas ultra-secretos de Bolivia, confeccionados en el militarizado Instituto de Geodesia y Cartografía de Cuba guiaron a la CIA a capturarlo, tras conocidas quejas del guerrillero argentino por las indiscreciones de Radio Habana-Cuba. Así, desapareció el Comandante Camilo Cienfuegos en un vuelo de Camagüey a La Habana en 1959 y su avión, pese a la baja profundidad del litoral cubano, se esfumó inexplicablemente. La macabra lista alberga nombres de destacados revolucionarios como Frank País, José Antonio Echeverría y Abel Santamaría, convenientemente “caídos” en la lucha contra Batista y la completan (si está completa) el General Arnaldo Ochoa, Héroe de la República y Comandante de la tropas en África, fusilado tras la “Causa Uno”, en 1989 por operaciones de narcotráfico a gran escala, que no podían haber ocurrido sin conocimiento y permiso del Comandante, el General José Abrantes, exministro de Interior y ex escolta personal de Fidel, fatalmente infartado en prisión, tras ser condenado por “corrupción” y el Comandante “Barba Roja”, fallecido después de su retiro en un sospechoso accidente de tránsito en una tranquila avenida habanera, mientras escribía sus memorias sobre sus años frente al Departamento América.

Quienes hoy lloran la muerte de Fidel, deben también llorar por los asesinados en el “Remolcador 13 de Marzo”, en 1994, incluyendo niños, cuyos cuerpos aun yacen bajo el mar por la cruel negativa de Castro de rescatar sus restos, pese al clamor de las familias y de organismos internacionales; por los jóvenes pilotos de Hermanos al Rescate, derribados por aviones militares bajo sus órdenes directas, por tirar volantes en el litoral de La Habana para despertar la conciencia nacional.

Dolor deben también sentir por los que fueron fusilados injustamente, torturados, o murieron en las prisiones políticas, o en los campamentos de la UMAP, por los que fueron golpeados, vejados como “escoria”, o perdieron la vida a manos de las turbas durante las “Marchas del Pueblo Combatiente”, en los vergonzosos sucesos de la Embajada del Perú y el éxodo del Mariel en 1980.

Lágrimas de indignación deberían ser derramadas por  la turbia muerte, en 2012, de Osvaldo Payá, un humilde profesor de Física, ganador del Premio Sajarov a la lucha por los Derechos Humanos, por las Damas de Blanco, vilipendiadas abusivamente en sus marchas pacíficas cada domingo por ser “agentes del Imperio”, por todos aquellos que son intimidados, reprimidos y golpeados hoy por tener el coraje de promover un cambio democrático en Cuba, por los que mueren cruzando el Estrecho de la Florida, o las selvas de Centroamérica para escapar de la Isla.

Lo peor que Fidel nos deja:

La aterradora posibilidad de que la fanática izquierda nacional e internacional lo canonicen como al Che Guevara y tener que soportarlo eternamente en el panteón de los próceres de Cuba, y en la historia del mundo, como un brillante estadista de talla mundial, heroico David inclaudicable enfrentado al Imperio, benefactor de la Patria y adalid de los desposeídos de la Tierra y no como el tirano ególatra, despiadado, sanguinario y demagógico que fue.

Un futuro nacional absolutamente incierto y desconsolador, pese al incomprensible restablecimiento de “relaciones”, decretado romántica, ingenua o irresponsablemente por el Presidente Obama, quien no pidió absolutamente nada a la dictadura.

Un pueblo dividido en torno a la ideología que representa su figura, millones de emigrados y una sociedad de doble moral en la que muchos, que en su interior estarán absolutamente de acuerdo conmigo, públicamente tendrán que condenar mi artículo.

A Fidel Castro no lo va a absolver la Historia. No puede. No es justo.

Humberto Castro-Cruz

Artista cubano

Profesor Adjunto del Departamento de Humanidades

Capital Community College.

Hartford, Connecticut.

REFERENCIAS:

* BBC Mundo: ¿Quién convirtió en comunista al líder cubano Fidel Castro? 28/11/2016.

* La Amnistía (1955) Por Rafael Díaz-Balart.

http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp

* “Menos azúcar en el peor momento”, ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES, Diario de Cuba.
Humberto Castro-Cruz
hckruz@gmail.com
www.identidadlatina.com

Identidad Latina
Acerca del Autor