ESTUDIANTE

CUENTO BREVE

Las luces fluorescentes, opacas y fantasmales de la cantina hacían que esta luciera más triste de lo que ya era. Las mesas eran cuadradas, pequeñas y sin manteles; solo para cuatro personas. En todas se podían ver nombres y dibujos tallados en sus tableros de madera. El piso de losetas vinílicas era de un color indefinido, en el cual todavía se observaba en algunos rincones el aserrín usado la noche anterior para limpiarlo. En las paredes, casi cubiertas de espejos, se veían también cuadros descoloridos de paisajes locales y equipos de fútbol.
Sentado en una mesa al fondo del local se encontraba un joven consumiendo una cerveza, lentamente, haciéndola durar, miraba de vez en cuando su reloj y se le notaba algo tenso.
–Usted es del grupo del chino Kato–le dijo el mozo de la cantina, que usaba un mandil del color del piso.
–Sí–dijo lacónico el joven.
–Pues tendrá que esperar un buen rato, el chino dijo que la gente comenzaría a llegar a las seis y no son más que las cuatro y media.
–Esperaré–respondió el joven.
–Bueno solo le avisaba –dijo el empleado y regresó al mostrador.
El joven dejó de mirar el reloj y observando la espuma de su cerveza se sumió en sus recuerdos. Habían pasado dos años desde que ingresó a la Universidad Nacional a estudiar Ciencias. Provenía de un colegio religioso de varones y el cambio que experimentó al ingresar a la universidad fue traumático. Estaba acostumbrado a una disciplina casi militar y poseía un cimiento religioso muy sólido. Este estilo de vida fue sustituido por otro donde nadie le exigía nada, nadie le reprochaba nada. También muchos hablaban mal de la religión, pero endiosaban a unos pensadores europeos, que habían dado origen a una doctrina responsable de decenas de millones de muertos alrededor del mundo.
Francisco, el joven de quien nos referimos en este relato, al no estar sujeto ya a una estricta disciplina se relajó en los estudios. Al igual que la mayoría de sus compañeros universitarios, no encontraba mejor manera de relacionarse que bebiendo licor y jugando billar o fútbol. Y así se encontró en la disyuntiva de reconstruir su vida al momento o naufragar en los estudios.
Y lo hizo a base de puro coraje y durante cuatro semestres se olvidó de todo y se dedicó a estudiar como si tuviera un exigente profesor a su costado, y en realidad lo tenía, era él mismo. No frecuentaba fiestas ni diversiones, paradójicamente se convirtió en un ermitaño en una ciudad de siete millones de habitantes. Se transformó en un alumno sobresaliente.
Cuando, Patricia, una hermosa joven de ascendencia europea, de larga cabellera negra, le pidió ayuda para estudiar en vista a los próximos exámenes, él acepto. “Esto me ayudara a afianzar mis conocimientos” – pensó para si mismo.
No se le ocurrió que cada vez que esos ojos azules le preguntaban algo, iban minando todos los cimientos que había construido para convertirse en lo que era, un solitario. Un sentimiento más fuerte que él lo inundaba cada vez que estaba con ella. Necesitaba verla, oírla, comenzó a buscarla en las salidas, en las clases. La invitó a comer algo, a pasear, se enamoró de ella.
Cada vez que intentaba declararse ella inteligentemente lo llevaba a otra conversación, nunca lo dejaba terminar. Estudiaban juntos siempre en casa de ella, donde siempre había un familiar, que discretamente pasaba de vez en cuando, anulando toda estrategia de ataque. Ella nunca aceptó ir a la casa de Francisco a estudiar.
Sus compañeros se comenzaron a burlar de sus torpes intentos, pero a él le importaba un comino. El más cercano a él, Kato, ducho en estas lides, lo tomó como pupilo. Le daba algo de aliento, pero también comprendiendo la ingenuidad de Francisco, lo preparaba para una posible negativa total.
El acontecimiento que llevaría al desenlace esta historia llegó de improviso, Patricia cumplía veintiún años y su familia preparó una gran fiesta. Por supuesto Francisco estaba invitado. Asesorado por Kato, estaba listo, para esta vez, venciendo toda resistencia, declarar su amor a la amada.
–¡Buena, llegaste temprano! –dijo Kato, entrando intempestivamente a la cantina y despertando de su ensueño a Francisco. Otros tres estudiantes que también habían sido invitados lo acompañaban.
–Lo principal es no perder la serenidad – añadió Kato, sentándose con el grupo alrededor de Francisco.
–Cambia esa cara, confianza, en pleno baile la apretas un poco con fuerza y te mandas tiernamente pero con seguridad –concluyó Kato.
–Ganas no me faltan, ya lo intente varias veces pero no tuve la oportunidad–dijo Francisco.
–¡Pues ahora la tienes! ¿No es cierto muchachos?
Un coro le contestó al unísono con un rotundo ¡sí! Luego vino el mozo y tomó la orden.
Tomaron unas cervezas, comieron un piqueo y Kato dijo: “Propongo un brindis por el futuro novio de Patricia y que a la vez es el más estudioso de la Facultad, nuestro amigo, Francisco”. Cuatro vasos se elevaron en el aire al son de un vibrante “¡salud!”.
Salieron a la calle y el aire fresco de la noche los reanimó. Se embarcaron en un taxi y llegaron a la casa de Patricia. Antes de entrar notaron una multitud de curiosos que se habían reunido allí, tratando de colarse o solo para mirar. Cuando entraban, una joven tomó del brazo a Francisco y le dijo: “Hazme entrar contigo”
–Lo siento, me esperan adentro–dijo Francisco, liberándose suavemente del brazo de la joven.
La familia de Patricia que en el pasado había conocido mejores tiempos, vivía en un barrio de clase media, localizado entre el antiguo centro de la ciudad y los suburbios donde reside la actual aristocracia del país.
La fiesta no había comenzado todavía. Los invitados desbordaban la casa y el patio. Solo se escuchaban los acordes de música instrumental. Patricia estaba a lado de sus padres y familiares
–¿Qué pasa? –dijo Francisco a un hombre que estaba delante de él.
–Han pedido un momento de atención, el padre va a dar un anuncio–dijo este.
Francisco vio a un hombre alto, con porte de artista de cine, que dirigiéndose a la multitud dijo: “¡Amigos en nombre mío y de la familia les agradezco su asistencia para festejar el cumpleaños de mi querida hija Patricia! ¡Pero al mismo tiempo me es grato anunciarles también el compromiso de ella con el señor Raymundo Olazábal, gerente general de la compañía cervecera más grande de este país, para el cual pido un gran aplauso!”
Las palmas retumbaban en los oídos de Francisco como si fueran cientos de bofetadas que se estrellaban en su cara y en su alma. Aturdido empezó a retirarse y salió rápido seguido de Kato que lo alcanzó en la calle.
Luego de increparlo le dijo que en el mundo había millones de mujeres, que todo pasa y aun las heridas más fuertes cicatrizan con el tiempo. Lo invitó a regresar para demostrar honor a pesar de todo, pero el se negó, quería estar solo y Kato respetó su deseo regresando a la fiesta.
Francisco se sentó en la acera para recuperar el control de sus sentidos, cuando notó que no estaba solo. Una figura se recortaba en las sombras y comenzaba a acercarse a él. Era la joven que lo había tomado del brazo hacia unos momentos, cuando ingresaba a la casa de Patricia.
–Lo siento–dijo, y añadió –No pude evitar escuchar ¿me puedo sentar a tu lado?
–Francisco hizo un gesto afirmativo y la joven se sentó.
Estuvieron así unos minutos él mirando el suelo y ella observándolo, hasta que la joven sin mediar palabra lo abrazó y lo besó. Francisco lleno de emociones encontradas abrazó también a la joven y se perdió entre su larga cabellera aspirando su delicioso aroma. Luego como de mutuo acuerdo, sin decir palabra, se pararon y se alejaron en la oscuridad con rumbo a la calle principal. Kato, que había regresado a alentar a su amigo, vio toda la escena y los observó hasta perderlos de vista. Luego regresó a la fiesta con una amplia sonrisa.
Pablo D. Perleche
pablo@identidadlatina.com

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