Erase una vez…

CUENTO BREVE

Con esta frase comienzan casi todos los cuentos que escuchamos desde niños. A algunos más que a otros nos fascinaron estas historias, hasta el punto que, al llegar a la adolescencia y a la juventud, tuvimos la necesidad de seguir buscándolos a través de libros cada vez más largos y, en ciertos casos, a dar un paso adelante, comenzar a escribir nuestros propios cuentos. Era el camino mas corto de seguir experimentando el encanto de ingresar a diferentes mundos, ficticios, pero a la vez tan reales de esperanza o diversión, de enseñanza o inspiración.
Comencemos pues... Érase una vez… un joven escritor que decidido, contra todo obstáculo, comenzó a escribir en los últimos años de su educación secundaria. Entregaba a su profesora de Literatura, sin ella habérselos pedido, cuentos de todo tipo, esto le dio más puntaje a sus notas y el recelo de sus compañeros.
–Te gusta mucho escribir, Rodrigo –le decía la profesora.
–Es mi vida, profesora –respondía ufano el muchacho.
–Pero dedicarse de lleno a la narrativa es muy difícil, y ganar con ello al mismo tiempo para vivir, es casi imposible en un país pobre como el nuestro.
–Lo se profesora pero es así en todas partes, Hemingway en sus comienzos daba migas de pan a las palomas en las plazas de París, cuando se acercaban las cazaba y las cocinaba para darle de comer a su esposa y a su hijito. García Márquez a veces no tenía más que lo mínimo para comer y vestir y Vargas Llosa abandonó todo para ser escritor contra viento y marea.
La profesora sonreía al escuchar un comentario tan maduro en un muchacho y le decía: “Sea pues, te doy mi bendición y que lo logres”.
Pero la realidad sumada a la infidelidad traicionaron los sueños del joven, que dejó las musas de las Letras por las no menos fascinantes hipótesis de las Ciencias. Éstas prometían fácil prosperidad contra el incierto destino de narrar. El misterio de lo inconmensurablemente gigante y lo infinitamente pequeño lo sedujo por completo.
Supo de un Universo sin fin, donde incontables galaxias existían, cada una llena de miles de millones de estrellas, unas más grandes que el sol y otras más pequeñas. Algunas estrellas eran pequeñísimas, donde una cucharadita de su materia pesaría miles de millones de toneladas y otras aun más pequeñas y tan pesadas que se transformaban en agujeros negros, donde ni la luz escapaba. Muchas de estas al cumplir su ciclo vida de cientos o miles de millones de años, terminan explotando de una manera tan catastrófica que llenan el Universo de componentes químicos. Estos eventualmente formarán los planetas y en uno de ellos, hasta donde se sabe, micro y macroorganismos y ese ser tan complicado, el ser humano.
El joven creció y aprendió la composición de las plantas y animales, aprendió Física, Química, Genética y Microbiología. Supo que el mismo hierro de sus glóbulos rojos y el calcio de sus huesos formaron una vez parte de una estrella. Vivió de enseñar cosas verdaderas que parecían fantásticas y se olvidó de contar cosas fantásticas que parecían verdaderas.
Se casó, tuvo hijos y emigró a tierras extrañas, lejanas, en busca siempre de la prosperidad. Sus hermanos y sus padres lo siguieron y formaron una pequeña colonia familiar, sumándose a otra colonia más grande de compatriotas. Y prosperó, no se pudo quejar, una gran casa, autos, bienes, un trabajo que le proveía todo esto, pero en el fondo sentía un vacío. Algo no realizado lo asediaba día a día, algo que agitaba las aguas de su memoria, de su conciencia, algo truncado esperando la mínima oportunidad para desencadenar una tormenta. Él lo sabía pero usaba todos los ardides posibles para negarlo. Y así pasaron los años.
En las fiestas y veladas familiares, había siempre una chiquillería de una veintena de niños que corría errática, no dejando en paz a sus padres.
–¡Oye Rodrigo! ¿Te acuerdas cuando escribías cuentos? ¿Por qué no les cuentas uno a estos muchachos? A ver si así nos dejan organizar la fiesta.
Un resorte se movió en el fondo del espíritu de Rodrigo y dijo: “OK”.
En unos minutos todos los niños estaban reunidos en un cuarto, mas que todo por la curiosidad de ver a un tío pasar un mal momento, ya que ellos con sus ipod , sus Mp3 y los Blackberrys estaban seguros de que lo que su tío les iba a contar sería más que aburrido.
Se sentaron todos en el suelo y Rodrigo se sentó en medio de ellos. Comenzó el cuento sin ninguna explicación mirando un punto en la pared como sí narrara una historia que se estaba desarrollando en ese momento. Se olvidó de todo al igual que los niños que sin excepción fueron cautivados por el poder de persuasión de la narración. Tal fue su éxito que al acabar una, ya era requerido para otra historia. Los demás adultos entreabrían la puerta de vez en cuando y no podían creer lo que veían, eso si, no lo molestaron hasta que terminó la fiesta y se llevaron a los niños, se podría decir que contra su voluntad.
Rodrigo se sintió nuevo, la juventud regresó a él como por arte de magia, en realidad era magia verdadera, la magia de reinventar el mundo.
Comenzó escribir a todas horas, robándole tiempo a su sueño e incluso a su trabajo. Demás esta decir que era requerido en todas las fiestas, como contador de cuentos para los niños que lo solicitaban unánimemente.
–Tío, por favor cuéntanos de nuevo la historia donde te perdiste en la sierra de Matucana con el tío Javier y fueron ayudados milagrosamente por unos agricultores, en medio de una gigantesca tormenta eléctrica. –decía Ricardito
–No, mejor la vez que viajaste por vez primera a Saccsahuaman, en el Cuzco, y al atardecer bailaste en la explanada al son de una música, que solo tú podías escuchar –le pedía Lizzete.
–No tío, mejor la vez que te encontrabas en la amazonía con tus amigos y luchaste contra la gigantesca serpiente Chuchupe y se salvaron increíblemente –decía insistente Diego.
–Tío, mejor que todas es la que nos contaste cuando tú y el tío Jorge cruzaron el desierto costeño desde el oasis de Huacachina hasta la ciudad de Ica, de ida y vuelta y casi se pierden para siempre en las inmensas dunas –reclamaba Chelsea.
Así pasaron los días y Rodrigo se dejó llevar por el escritor que regresaba a ocupar su puesto, destronando al científico. El científico que siempre iba de pregunta en pregunta sin encontrar la solución final a tanta incógnita. Incógnita que el escritor descifraba en un instante.
Se dedicó a escribir dejando la enseñanza de las ciencias, poco a poco, contra los gritos desesperados de su esposa, sus hijos y el resto de la familia.
Sus editores estaban contentos con sus cuentos y le insistían por la novela, pero le pagaban poco, los editores son así, siempre pagan poco.
Asumió muchas deudas, al no tener los ingresos que tenía antes. Pero se le veía feliz frente al teclado, dejando salir incontrolables todas esas historias que se habían acumulado a través de tantos años. A través de tantas experiencias vividas que se mezclaban con la ficción, que las transformaba en historias y que hablaban de mundos que pudieron ser o que podrían serlo.
No se dio cuenta hasta qué extremo lo llevó su pasión sino cuando vio partir a su esposa con sus hijos, perder su trabajo, su casa, sus autos y casi todas sus posesiones.
Taciturno trataba de escribir, pero la desesperación lo apremiaba. Sombra de lo que había sido, recorría la ciudad viviendo de misericordia en la casa de su hermano mayor. Sus editores lo llamaban pues su novela que estaba por terminar era muy buena, podría ser un éxito, le ofrecieron al final el verdadero valor de sus escritos, pero era tarde. Rodrigo había dejado de escribir… se abandonó.
Un fin de semana con la mirada perdida observaba el jardín de la casa de su hermano mayor. Observaba los hermosos tulipanes multicolores que se abrían ese día radiante de sol primaveral, cuando notó que su sobrinita, Priscila, de ocho añitos lo observaba.
–Tío me puedes contar el cuento que estás escribiendo, mí papá me dijo que estás haciendo un cuento bien largo ¿me lo puedes contar? –dijo la niñita-. Hace tiempo que extraño tus cuentos, no sabes lo bonito que la pasamos todos los primos cuando nos contabas tus historias.
–Lo siento hijita, ya no cuento cuentos.
–Pero tío, entonces que será de tu cuento grande, mi papá dice que lo leyó y le gustó mucho y dice que a mucha gente le ha gustado, dice que les ha cambiado la manera de pensar.
–¡¿Eso dijo?!
–Si, se lo escuché cuando se lo decía a mamá.
Rodrigo se quedó pensando un largo tiempo.
–¿Y tío… en qué quedamos, me lo vas a contar?
Rodrigo miró la carita inocente de la niña y su insistente espera, recordó lo que le dijo a su profesora de Literatura acerca de los sufrimientos de un escritor, que a él le habían llegado tan tarde, a destiempo. Pero eso es lo que lo hacía vivir. Escribiendo y leyendo había encontrado la respuesta a la pregunta que la ciencia con todo su poder no le había podido responder, la existencia de un Creador, que se mantiene a un lado, dándonos libertad, esperando que lo encontremos.
Miró a la niña y sonriendo le dijo: “OK hijita, comencemos... Érase una vez...”

Avatar
Acerca del Autor