El último cuento de Navidad

DALTO COMENTA

Todos tienen su Navidad y la viven de diferente manera, pero lo que me pasó esta vez fue para contarlo; estaba regresando a casa muy entusiasmado con todo el ancho de la avenida a mi favor, las personas que veía eran más bien pequeñas, o así las creía ver, como si el mundo se hubiera hecho de pronto transversal, cada uno marchaba por su lado, bien abrigados, con chalinas, bufandas y todo lo demás, seguro que era Navidad, pues las miradas y las sonrisas eran inequívocas, además que todos mediamos y cuidábamos el tiempo como piedras preciosas y andábamos apurados a más no poder.
De pronto se me vino la idea que los niños se apoderaban del espacio, su ternura bloqueaba toda posibilidad de cordura, veía a mi sobrino arrastrar sus juguetes por las rodillas y como una exhalación grafiqué ese momento como la energía generadora de la vida, una imagen que no podía soslayar; y como dice la canción, seguí caminando esos días de Navidad por las calles queriéndonos o tratándonos de aturdir, buscando no sé qué, extasiados del momento, y es el mismo día de Navidad en que los horarios se nos estrechan, aparecen nuevos personajes y la razón se nos cae.
Marchaba más de prisa por esos pisos brillantes, aceras curvas y muros acompasados, cuando de pronto advertí algo a mi costado, me llamó mucho la atención un cuartucho pequeño, algo discreto pero con una extraña energía, me acerqué y su gran luz me atrapó, qué tenía de extraordinario aquel espacio interior?, pues que la felicidad sobresalía por todos lados, era un grupo de gente sentados alrededor del cuarto, todos conversando contentos y entusiasmados, me invitaron a sentarme, a compartir su charla y me invitaron una bebida caliente; me fijé y noté que casi todos eran ancianos y de barba; sin embargo, por la ubicación en que me encontraba, no llegaba verlos a todos, pues había un grupo que volteaba el espacio y se perdía al fondo, pero el gran número estaba conmigo y de pronto me vi en medio de la conversación; y hablaban de unas buenas nuevas que se cumplirían a su tiempo, de un ángel enviado a una ciudad lejana, la turbación, la gracia y un reinado sin fin, decían sobre que una ley fue dada antes, pero que ahora venía la gracia y la verdad, y mencionaban al unigénito Hijo.
Me sorprendí por lo que decían y el barullo venía también del fondo, nuevamente por mi posición no pude ver a los últimos que hablaban, pero los otros se entreveraban en más discusiones o más bien definiciones y palabras como dulces melodías, escuché voces de rostros resplandecientes para salvarnos por su misericordia, y de apacentar conforme a la integridad de los corazones y pastorear con la pericia de sus manos, y lo último que pude oír, decía sobre la bienaventuranza para aquellos cuya transgresión había sido perdonada y cubierto su pecado, y de pronto cantaban todos con júbilo, pues asumí que ellos eran rectos de corazón; ya no pude seguir sus peroratas pues alguna bulla afuera me distrajo; me despedí apurado de este grupo inusual, y recién al salir de la casita al pasar por otra ruta distinta a la que llegué, creí ver finalmente al fondo la escena más maravillosa y el brillo de una luz divina.
Corrí como el año pasado a mi casa, aún extasiado, me latía el corazón, faltaba poco para la Navidad, quería abrazar a mi familia y darles la buenas nuevas, no sé si lo ocurrido había pasado de verdad pero recordaba cada frase y cada palabra; como siempre el desborde de felicidad, los regalos, la comida, los abrazos, los nacimientos y los arbolitos, la casa una explosión; de pronto me senté y pude observar a mi sobrino, y a todos los niños del mundo, agazapados en el piso arrastrando a sus carritos, alejados de la realidad y envueltos en su propio universo, vi a los niños que ya son grandes haciendo lo mismo, no pude evitar tener la certeza que en aquella escena había una cierta magia, la misma que hace un rato había visto.
Daniel Torreblanca
dalto1961@yahoo.es
Identidad Latina

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