El segundo entierro de Víctor Jara

El arte popular representa el alma y sentimiento de un pueblo, cuyos cultures no son olvidados por su pueblo a pesar del terror que pueda inspirar una dictadura represiva y sangrienta o al paso lento de los años. Es el caso de Víctor Jara, cantautor chileno, quien se convirtió en una de las primeras víctimas de las fuerzas represivas del déspota que tomó a sangre y fuego el gobierno de su país.

En efecto, Pinochet había asaltado el gobierno de Chile el 11 de septiembre de 1973 y una de sus primeras disposiciones fue hacer detener a todo el que consideraba amigo del gobierno que acababa de derrocar. Es así que, junto a un grupo de profesores y estudiantes de la Universidad Técnica del Estado, Víctor Jara es llevado prisionero al Estadio Nacional, escenario deportivo que había sido convertido en centro de reclusión, y donde inmediatamente es reconocido por los oficiales al mando, los cuales haciendo gala de una crueldad pocas veces vista, empiezan a golpearlo a la vista de todos los demás prisioneros, por el solo delito de ser un artista comprometido con su pueblo. En un arranque de sadismo le rompen los dedos de las manos “para que siga tocando la guitarra”, y luego de continuar torturándolo por unos días más, lo ultiman de cuarenta y cuatro balazos, para luego arrojar su cuerpo en una de las calles de Santiago. Mas tarde su cuerpo fue llevado al depósito de cadáveres de la capital chilena, de donde lo recogió su esposa, la coreógrafa inglesa Joan Turner de Jara, para enterrarlo casi clandestinamente en el cementerio de la capital chilena.

¿Cuál era el motivo del odio enfermizo hacía el artista que llevó a sus torturadores a causarle tan terrible muerte? Simplemente era el temor que sentían a la innegable capacidad creadora del artista. Víctor Jara era parte del grupo de intérpretes y compositores que a mediados de los años sesenta empezaron a producir lo que se conoció como Nueva Canción Latinoamericana. Una canción muy diferente a la que se conocía hasta ese entonces y que se encontraba fuertemente vinculada a las luchas sociales que se desarrollaban por esa época en el sur del continente, muchos de cuyos países se encontraban, dicho sea de paso, gobernadas por férreas dictaduras militares, que hicieron tabla raza de los derechos humanos de miles y miles de de sus ciudadanos, a los cuales simplemente desaparecieron, sin que hasta la fecha se conozca el paradero de la gran mayoría de ellos.

El movimiento de la Nueva Canción denunciaba con su arte musical, utilizando los géneros tradicionales latinoamericanos, las injusticias que se cometían con el campesino, el obrero y con todo el que se oponía a los designios de los mandamases que habían dominado la escena política latinoamericana desde la expulsión de la dominación colonial española. Además, cantaba las vicisitudes de la vida cotidiana en los barrios pobres de las grandes ciudades. Enumerar a todos los participantes de este movimiento artístico sería tarea inacabable, pero baste mencionar a Facundo Cabral, Horacio Guaraní, Piero, Víctor Jara, Mercedes Sosa, Alfredo Zitarrosa entre muchos otros. Por otro lado, también agrupaciones artísticas de la talla de Illapu, Inti Illimani, Los Olimareños y Quilapayún, se cuentan entre los más importantes. Demás está decir que casi todos ellos tuvieron que salir al exilio, además de que sus canciones fueron proscritas. Como caso curioso, por decir lo menos, y sin estar relacionado al canto, es bueno recordar que durante la dictadura de Pinochet se quemaron en Chile quince mil copias de El otoño del patriarca, libro escrito por Gabriel García Márquez.

Víctor Jara había nacido en el seno de una humilde familia campesina, por lo que tuvo una infancia difícil. De su madre cogió el cariño al canto y a la guitarra, pero tuvo que trabajar desde muy niño, al punto que no pudo terminar su educación formal. Sin embargo, en los inicios de su juventud ingresó al seminario, el cual abandonó luego de algunos años por no tener vocación sacerdotal, pero con la experiencia musical de haber practicado canto gregoriano. Siguiendo su vocación artística se unió al coro de la Universidad de Chile, para luego empezar trabajos de investigación y recopilación de música tradicional chilena, amen de comenzar a estudiar teatro. Pronto, su dedicación y constancia con el arte, lo llevan a convertirse en director teatral y, luego a ser parte del grupo folklórico Cuncumén, con el cual realiza giras al extranjero, Europa principalmente. También colabora con Quilapayún, famoso grupo musical de la Nueva Canción. Se da tiempo para coordinar sus dos pasiones, el teatro y la música. Es por esos años, en 1968, cuando compone su canción emblemática, Te recuerdo Amanda, canción que narra los amores de una joven de pueblo con un obrero. Esta canción consolidaría su fama como artista comprometido con el diario vivir de su pueblo y, claro, del otro lado estaba el odio homicida de los que no lo comprendían.

Su esposa, Joan Turner de Jara, nunca descansó buscando se haga justicia. Luego de 36 años desde la partida de su esposo, logró que la justicia chilena ordenara se practicara una autopsia y de esa forma se determinó el número de disparos que recibió de sus asesinos, además de las huellas de los múltiples golpes y torturas a los que fue sometido.

Los restos de Víctor Jara recibieron el homenaje de su pueblo el 3, 4 y 5 del pasado diciembre y luego fueron enterrados acompañados de una multitudinaria manifestación de amigos, compañeros de arte, autoridades del gobierno, su esposa e hijas. La ceremonia fue una prueba fehaciente que su pueblo no lo había olvidado, al contrario, su presencia como la voz de su gente sigue vigente porque sencillamente el arte nace del pueblo y va hacía él. El segundo entierro de Víctor Jara lo prueba.

Armando Zarazú
azarazu@aol.com

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