El reto para salvar el planeta: Admitir la Verdad Incómoda

El poder cada vez más devastador de los huracanes y tornados, así como la
presencia de incendios apocalípticos, la conversión en desiertos de zonas otro día
fértiles y la carencia de agua, nos dicen que el calentamiento global dejó de
ser una amenaza. Es hoy una escueta realidad.

Después que se secó el Mar Aral, hace ya más de veinte años, los científicos de entonces no se atrevieron a conjeturar que lo peor se avecinaba. Desde el lado de la literatura, algunos evocábamos el poder premonitorio de la poesía; ya Gabriel García Márquez había imaginado, en su extraordianaria novela “El otoño del patriarca”, la visión desértica de cráteres y antiguos peces petrificados, en el lugar donde otro día había estado el mar.

Pero, sólo hace diez años, el mundo vino a tomar conciencia real del calentamiento paulatino del planeta, la desaparición de antiguas fuentes de agua, la migración de una fauna considerable y la extinción de una flora apta para posibilitar, en el tiempo, la disposición de mayores depósitos de agua. Así, existen hoy lugares en el mundo donde el agua es ya un artículo de lujo, un bien supremo a alcanzar; en muchas regiones de Africa, la deshidratación mata tanto como el Sida, especialmente entre la población infantil.

El Amazonas, región considerada como la tercera fuente hídrica más importante del mundo, perece hoy entre la desertificación declarada por los comerciantes de madera. Muchos de los antiguos bosques que bordean a este, el río más grande del mundo, cinco veces el Mississippi, ha desaparecido entre la tala inmisericorde y la ausencia de proyectos serios de rearborización. Por cada árbol que desaparece ahí, el mundo pierde la posibilidad de tener 75 litros diarios de agua. Reserva ecológica del mundo, no obstante los atropellos diarios que recibe, el Amazonas está rodeado por Colombia, Perú, Ecuador, Brasil y parte de Venezuela. A sus aguas y a sus bosques convergen todos los mitos y tradiciones del cono sur.

Mientras la tragedia del Amazonas avanza, el mundo ve cómo se derriten, lentamente, las grandes masas de hielo en Groenlandia y en la Patagonia, así como en el mar de Rusia; los osos polares emigran en busca de suelo firme para su hábitat, y en las orillas de Alaska y Canadá, los esquimales deben salir diariamente, cada vez más lejos de sus casas, a pescar en kayaks, cuando su costumbre tradicional era la de serruchar el hielo, junto a sus iglús, para sacar de ahí el alimento.

Especies como los pingüinos, los lobos de mar y las focas, tienden a cambiar sus naturales rutinas, para adaptarse a un clima donde el hielo desaparece y es cada vez más difícil encontrar alimento.


Las advertencias de Cousteau

Desde hace más de treinta años, el capitán francés Jacques Cousteau, uno de los primeros ecologistas en denunciar la catástrofe que se avecinaba, señaló los cambios que eran necesarios hacer para evitar lo peor. Sin embargo, el calentamiento global dejó de ser una amenaza y hoy es una escueta realidad, la misma que demandará 1 millón de esfuerzos adicionales para ser superada, cambiada en las condiciones dramáticas de hoy. Así lo denunció el estadounidense Al Gore, ex-candidato a la presidencia, en el documental “Una verdad incómoda”, en la cual admite que Estados Unidos es la nación del mundo que más contribuye al calentamiento de la tierra, y que los esfuerzos mayores a través de los protocolos ya existentes, como el de Kioto, deben venir desde aquí.

Se calcula que cada poblador de los Estados Unidos requiere, en proporción, unos 10 kilovatios hora, para llevar una existencia acorde a los patrones trazados por el modo de vida establecido, en tanto que los suramericanos, los habitantes de Argentina, Brasil, Colombia, Venezuela, Perú y otras naciones del centro del continente, sólo consumen 3 kilovatios hora. Una proporción parecida, aunque en otro plano, sugirió el escritor Eduardo Galeano en su libro “Las Venas abiertas de América Latina”, cuando aseguró que cada estadounidense consume alimentos, en promedio, cincuenta veces más que un haitiano.

Al Gore acaba de recibir el Premio Nobel de la Paz por su contribución al entendimiento de esa “verdad incómoda”, y la monarquía española también le dio reconocimiento, a través del prestigioso Premio Príncipe de Asturias. Mientras Gore recibía estos respaldos en Estocolmo y en España, avanzaba a paso de infierno el incendio de California; centenares de viviendas arrasadas, tierra otro día fértil convertida en yermo ceniciento, familias sin hogar, estadios repletos de gente que reclama ayuda, en un cuadro de tragedia que tiende a volverse cotidiana.

Los incendios de California, lejos de ser provocados por pirómanos, por manos criminales, tienen su origen central en las altas temperaturas que se registran hoy ahí, temperaturas desconocidas en el pasado. Frente a ello, el pasto prende muy rápidamente, y la tarea desastrosa, ulterior, la hace el viento, propagando las llamas a una gran velocidad.

Así, no se habla hoy en Estados Unidos sólamente de la temporada de huracanes, sino también de la incendios, pues estas desgracias son ya de común ocurrencia anual. Todos los años, por estas épocas, miles de personas deben levantar nuevamente sus casas, mientras otros corren a clamar los amparos que prometen las aseguradoras; el aumento considerable del nivel del mar, así como la acumulación mayor de masas de vapor en los océanos, creadas por la evaporación mucho más rápida y progresiva del agua, hacen que el mar arremeta contra las costas y arrase en horas una ciudad vieja y populosa, bella además, como Nueva Orléans.

Las imágenes de los Tsunamis en Asia y la amenaza que estos continúan representando para múltiples comunidades civilizadas del mundo, los incendios apocalípticos, el deshielo en los polos, la desaparición del agua en zonas otro día consideradas despensas hídricas, ameritan un esfuerzos conjunto de todas las naciones del mundo, principalmente de las más desarrolladas, para avanzar seguros hacia el futuro, sin que la industria, las comodidades de las posmodernidad y los altos estándares de vida, atenten contra la naturaleza. Un pacto en el que gane la humanidad y se preserve, a toda costa, la vieja y buena tierra. Un ir de la mano, como querían los viejos patriarcas Cherokees. Porque la tierra es un ser vivo, está hecha del polvo y del espíritu de la raza humana, es fuente de vida y alimento. Y es sagrada.


*Escritor colombiano

Medardo Arias Satizábal
medardoarias@yahoo.com

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