El Premio Nobel y Latinoamérica

El premio Nóbel, que duda cabe, es el galardón más preciado que toda persona destacada, en el campo de las ciencias, literatura o política, pueda aspirar. Lograrlo significa el reconocimiento mundial a la dedicación, esfuerzo, estudio, trabajo y, porque no decirlo, sacrificio de los escogidos como ganadores de este premio, considerado el más importante de la humanidad. El premio, establecido en su testamento, por el químico e inventor sueco Alfredo Nóbel, se otorga, desde hace poco más de cien años, en las categorías de Literatura, Física, Química, Fisiología y medicina, y a quienes hayan destacado promoviendo la Paz entre la humanidad.

Latinoamérica, ha tenido el privilegio de ver a sus hijos ser distinguidos con tan alto honor en catorce oportunidades, lo cual indudablemente, ha llenado de orgullo, no solo al país en el cual nacieron los recipientes, sino a todos los latinoamericanos en general. Verdad es que, durante los doce meses previos al anuncio de los ganadores, se discuten los nombres y méritos de los posibles acreedores al Nóbel, sobre todo en literatura, campo en cual el ingenio artístico y literario latinoamericano ha sido galardonado en varias oportunidades. Ha habido y hay escritores hispanos de calidad indiscutible, como el argentino Jorge Luis Borges, quien murió siendo eterno candidato a un premio que nunca llegó y, en los últimos años el peruano, nacionalizado español, Mario Vargas Llosa, cuyo nombre es voceado y postulado cada año por su ciírculo de admiradores, que tampoco logra enternecer a los miembros de la Academia sueca, quienes son, en definitiva, los que deciden los ganadores.

El primer latinoamericano escogido galardonado, fue el diplomático argentino Carlos Saavedra Lamas. Su labor como mediador en la guerra, promovida por intereses petroleros extranjeros, entre Bolivia y Paraguay, lo hizo acreedor del premio Nóbel de la Paz en 1936. Tuvieron que pasar nueve años para que la poetisa chilena Gabriela Mistral, primera y única latinoamericana premiada con un Nóbel lo reciba en 1945. Dos años después, el argentino Bernardo Alberto Houssay lo recibió en la categoría de medicina.

Luego de diez años de espera Latinoamérica vio, en 1967, al guatemalteco Miguel Ángel Asturias ser galardonado con el Nóbel de literatura. La química, campo muy poco desarrollado en el sur del continente, ve al científico argentino Luis F. Leloir recibir su Nóbel en 1970 y, un año después, el genio poético de Pablo Neruda, el inmortal autor de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, lleva el premio Nóbel de literatura a la tierra araucana. Los turbulentos años, conocidos en la Argentina como “la guerra sucia”, hacen que surja la figura de Adolfo Pérez Esquivel como adalid de la lucha por los derechos humanos en su país, labor que en 1980 le deparará ser honrado con el Premio Nóbel de la Paz. Dos años más tarde el mexicano Alfonso García Robles lo recibía, en la misma categoría que Esquivel, por su trabajo a favor de la no proliferación nuclear en Latinoamérica.

Las letras hispanoamericanas tienen, en Gabriel García Márquez, a una de sus voces mas claras y profundas de las últimas generaciones de escritores. Al recibir el premio Nóbel de Literatura en 1982 el genial Gabo pronunció una discurso titulado “La soledad de América Latina”, discurso en donde presentó al mundo entero la problemática latinoamericana. Nuevamente, en 1984, la medicina argentina vio a uno de los suyos, César Milstein, recibir el codiciado galardón. “La búsqueda del presente” fue el título de la conferencia que dio el mexicano Octavio Paz al recibir el Premio Nóbel de Literatura en 1990. Su premiación ha sido el último que, en el campo de las letras, ha recibido Latinoamérica.

Durante los años setenta y ochenta, los países centroamericanos vieron a sus hijos desangraRse en una guerra civil fratricida y cruel, que enlutó a miles y miles de hogares de esa región. El territorio guatemalteco no escapó de este conflicto y, por el contrario, fue escenario de las más encarnizadas luchas entre los contendientes. La miseria y abandono en que vivían los más humildes fue el detonante del conflicto. Es aquí cuando aparece la figura de Rigoberto Menchú, campesina humilde pero de una personalidad avasallante quien, por su trabajo por la justicia social y reconciliación etnocultural basados en el respeto de los derechos de los pueblos indígenas, se hizo acreedora del premio Nóbel de la Paz en 1992. Finalmente en 1995, el azteca Mario J. Molina recibió el preciado galardón en el campo de la química.

Latinoamérica, por el aporte de sus hijos, en los diferentes campos del saber, ha sido merecedora, por derecho propio, a que sus valores culturales y humanos sean apreciados y reconocidos en el planeta. Sin embargo, la solución de sus problemas no está solo en la obtención de premios de la categoría y prestigio del Nóbel, sino en la unión y trabajo de todos y cada uno de sus habitantes, parafraseando al poeta peruano César Vallejo, habría que decir: Hay hermanos muchísimo que hacer.

Armando Zarazú
azarazu@aol.com

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