El Perrito Chusco

CUENTO BREVE

Por años Felipe y Braulio habían intentado por todos los medios de convencer a sus padres de conseguir una mascota, específicamente un perro. Siempre se habían estrellado contra un rotundo no. Por eso cuando la madre cedió y dijo que trataría de convencer al padre ellos no cabían en sus cuerpos de contentos.

Felipe terminaría pronto la educación secundaria y Braulio todavía estaba en la primaria.

Mira-dijo Felipe a Braulio-vamos al mercado de animales y compremos un cachorro.

-Y si papá no acepta- replicó Braulio.

-Aceptará, hermanito, buscaremos el mejor cachorro, recuerda que papá también tuvo un perrito durante su infancia, siempre nos cuenta su historia.

-Sí, buscaremos uno con las señas de su perro, que era mediano, lanudo y de tres colores, marrón, negro y blanco.

-Ves, ya estás pensando como un triunfador, tendremos al perrito en casa.

El sábado siguiente al mediodía, los muchachos dijeron que iban a jugar fulbito pero tomaron un ómnibus y fueron al mercado de animales, en el centro de la ciudad.

Era este un mercado informal donde los vendedores habían, prácticamente, sitiado cuatro manzanas de la ciudad y en plena vía pública ofrecían su mercadería. Los animales estaban en jaulas de todos los tamaños formas y colores. Los prisioneros eran de pluma, pelo, escamas y de piel lisa.

Conejos, palomas, serpientes, gatos, perros, loros, iguanas, monos, sapos, peces de agua dulce y salada, y muchos animales más. Una variedad impresionante que llenaba el aire con una mezcla de olores, colores y sonidos. Hacían sentir a los muchachos como si estuvieran en un zoológico o en una exposición de clase de Biología, pues estaban allí representantes de todos los vertebrados: Mamíferos, peces, anfibios, aves y reptiles.

Se distrajeron así buen rato observando todo, hasta que dieron con la sección donde se vendían perritos. Los había de todas las razas de pedigree y sin el, de todos los colores y edades, pero habían más cachorros. Se dedicaron a la tarea de buscar uno parecido al que tuvo su padre. Los perritos estaban en jaulas, canastos o simplemente en costalillos de yute remangados, tras mucho buscar dieron con una camada de los colores y largo de pelo buscado.

-Señora, ¿de qué raza son estos animalitos?-dijo Felipe.

-Cruzaditos papito, nada más.

-¿Serán siempre lanuditos?

-Si mira a la mamá, así serán-. Una perrita ansiosa dentro de una jaula observaba la partida de sus crías.

-¿Cuánto valen?.

-Cada uno a 15 soles caserito.

-Déjamelo a 10 mamita.

-No se puede, dame 12, nada menos.

-Trato hecho. Y regresaron con un perrito macho de color blanco, marrón y negro.

El padre llegaba tarde de trabajar y la madre trato de convencerlo rápido pues ya estaba al tanto del perrito polizón. Y tanto fue el agua al cántaro, que al fin se quebró su oposición.

Eso sí, impuso reglas marciales que de no cumplirlas condenarían al cachorro a salir de la casa.

Con el tiempo las amenazas pasaron a estar escritas en el aire pues el perrito se hizo incondicional del padre. Lo seguía a todos lados, no se apartaba de él y lo esperaba de noche.

Le pusieron de nombre Príncipe, en recuerdo al perro que tuvo el padre en su niñez.

Los primeros meses fueron de felicidad para los niños y su regalón, hasta que estalló la crisis económica en el país. Sus padres tuvieron que trabajar hasta muy tarde y ellos esperaban ser recogidos en la casa de su tía a tres cuadras del colegio.

Para Príncipe fue el fin de su reinado, quedaba solo todo el día, en la azotea de la casa. Si bien lo dejaban apertrechado de comida, agua y cobijo, sufría de soledad, que al igual que las personas afecta a los animales domésticos. En especial al perro tan altamente ligado al hombre desde los albores de la humanidad.

Al llegar la familia a casa, Príncipe, se deshacía en saltos de alegría y desesperación y era casi imposible sosegarlo. Así pasó el primer año, su edad infantil y adolescente en términos humanos. Las horas de soledad lo trastornaron.

Se dieron cuenta de que algo estaba mal con Príncipe cuando vieron que atacaba a cualquier persona que no fueran ellos cuatro. Pensaron al principio que era algo territorial, pero cuando mordió por primera vez a un primo y luego a un amigo cercano de la familia, las cosas se pusieron graves.

Afortunadamente los doctores dijeron que el animal estaba vacunado y si seguía vivo luego de una observación de diez días en casa, se descartaba la posible trasmisión de la rabia. Mientras debían cuidar las heridas y tener a Príncipe en un arresto domiciliario y que de allí en adelante usara bozal.

Así paso un mes hasta que para su mala suerte y la de nosotros y pese a estar embozado mordió a la hija del amigo que ya había sido mordido. Su enojo no tuvo límites y luego de llamar a la Policía internaron a Príncipe en la “Perrera”.

Era este un lugar donde caían los perros vagabundos, abandonados y los que habían mordido para esperar los diez días de rigor. En ese tenebroso lugar era más fácil que los perros sanos murieran de inanición, descuido o maltrato. Los muchachos alegaron que el perro estaba vacunado, pero al haber sido internado con denuncia policial tenía que cumplir allí los diez días. Príncipe no comía ni tomaba agua, incluso la que los niños le llevaban, sus aullidos partían el alma.

Cuando llegó el día de la liberación, los niños que esperaban desde temprano vieron acercarse a uno de los operarios, este con cara compungida les informó que, en el momento en que lo estaban sacando para liberarlo, Príncipe, dió un salto extraordinario, saltó la zona de las jaulas y aprovechando una de las puertas exteriores abiertas, había salido a la calle perdiéndose como una centella, pese a los esfuerzos por detenerlo.

Lo buscaron por horas hasta perder toda esperanza y retornaron a casa cabizbajos. Cuando llegaron no comprendieron al padre que riendo les pedía silencio con un dedo en la boca, les enseñaba a Príncipe durmiendo en su rincón, totalmente agotado. El animalito había encontrado solo el retorno a casa.

Y como si fuera una persona que hubiera escarmentado tras estar en prisión, Príncipe, no mordió a nadie más en los 17 años que duró su vida, endulzando los últimos años de la infancia y juventud de Felipe y Braulio y los primeros de la vejez de sus padres.

Pablo D. Perleche
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