El Otro Sueño Americano (Parte I)

Al otro lado reverberan las luces de los bares y cantan los mariachis. Cada vez más estadounidenses tienen el sueño de hacerse “hispanos”, como una paradoja del famoso “sueño americano”, pero esta vez en contravía.

Desde aquellos días de 1513 cuando Ponce de León avistó las costas de Florida y encontró semejanza de la bahía contigua al Lago Wyman, con una boca de ratón, quizá los Estados Unidos de América estuvieron signados a convivir con la cultura hispana. De hecho, el lugar que descubrió, los españoles que acompañaban al conquistador que también buscaba “la fuente de la eterna juventud”, es conocido hoy como Boca Ratón y ahí se juegan uno de los torneos más importantes del tenis mundial.

Pero, basta subir por toda la costa de California, entre pequeños collados y carreteras blancas que dan a un mar de espuma, para saber que los designios de la colonización española eran una tarea que abarcaba todo el continente americano, el sur y el norte, con la cruz del catolicismo por delante; todos los pueblos y ciudades aquí, tienen nombres de santos, denominaciones dadas por La Misión de frailes jesuítas y franciscanos que catequizaron estas tierras y levantaron templos de calicanto entre 1697 y 1822, siguiendo el camino del sacerdote Juan María de Salvatierra, pionero de las 16 misiones de California. San Francisco, Santa Bárbara, San Diego, San Juan Capistrano, San Carlos de Borromeo, San Pedro, San Juan Bautista, son nombres que quedaron como herencia de aquellas misiones católicas; este último pueblo, San Juan Bautista, se ha convertido en atracción turística en California, pues tiene el mayor número de gallos silvestres por kilómetro cuadrado. Ni el alcalde ni los mismos habitantes saben desde cuándo los crestudos personajes están por aquí, y aunque organizan brigadas para corretearlos y cazarlos con mallas, los gallos ocupan las calles, los árboles, el atrio de la iglesia, y los automovilistas deben frenar a menudo para evitar arrollarlos.

Los gallos de San Juan Bautista en California están ahí desde tiempos de la colonización española. Sus tatarabuelos gallos quizá oyeron hablar de las hazañas de Cortés, de las aventuras de Pizarro, de la tozudez del tuerto Blas, el de Lezo, aquel que con una pierna de madera se enfrentó en Cartagena a la armada más poderosa de todos los tiempos, y la derrotó con un solo ojo. Quizá por ello los gallos siguen cantando por las calles de San Juan Bautista, dándole al aire un tono campirano de aldea mexicana, entre la exuberancia de magüeyes gigantes.


Cuando México es ¨El Sur¨

Cuando todo está perdido para el héroe o el villano de la película, casi siempre hay una salida: México; así, hemos visto en innumerables ocasiones, cómo los protagonistas de historias fílmicas, dejan “el norte” atrás y avanzan por carreteras interminables, hacia una nueva vida que espera entre “lindas señoritas”, tequila y comida picante. Normalmente, el protagonista deja sonar, pianísimo, algún corrido de esas tierras. Esto, que tiene toda la estructura de un folletín, o si se quiere, del lugar común que da origen al estereotipo, es en los Estados Unidos una palpable realidad.

Los escolares anhelan la llegada del “Spring Break” (El descanso de primavera) que antecede al reinicio de clases, para escapar a México. El tiempo que precede a la primavera da origen a fiestas orgiásticas en Cancún, Cozumel, Puerto Vallarta, Playa del Carmen; otros, menores de edad, cruzan la frontera para beber botellas enteras en Laredo o Tijuana. El gobierno de México debió adoptar medidas este año, para controlar a miles de adolescentes que regresan ebrios a Estados Unidos, al amanecer. Beben en México todo el licor que no pueden probar en los Estados Unidos, pues su edad no les permite entrar a bares. Vencer la prohibición está a mano; un coche prestado y el cruce rápido de la línea que divide a México de Estados Unidos. Al otro lado, reverberan las luces de los bares y cantan los mariachis.

Para muchos estadounidenses, el “Sur” sigue siendo México y no distinguen una nación de otra. Todo lo que está del Río Bravo hacia abajo, usa sombrero grande, toma tequila y a las “girls” llama “señoritas”.

Con la llegada del verano, la temperatura hacia la “cultura del sur”, sube estrepitosamente en las grandes ciudades. Las tiendas de ropa ofrecen guayaberas en sus catálogos, con un fondo de palmeras y orquestas tropicales. La calle novena de Manhattan, donde se apiñan centenares de restaurantes, deja ver alegres comparsas de rumberos en las afueras de las “cantinas” mexicanas, vaso en mano, pues no han encontrado lugar adentro. Esto ha empezado a generar lo que en España se conoce como la cultura del “botellón”, o sea, la costumbre de beber en las aceras.

Pero no es sólo el tequila y la comida picante lo que cautiva el gusto norteamericano. Cada vez más, los chicos quieren aprender a bailar tango, salsa, cumbia, pasito duranguense, una vertiente de la música norteña, y las academias de enseñanza de español están saturadas. Es común encontrar ya estadounidenses de claro origen anglosajón que hablan en jerga de algún país latinoamericano.

Se cuentan también por miles los que buscan novias o esposas a través de Internet, al otro lado de la frontera. Mayo, Junio y Julio son los meses para las bodas. Una esposa “latina” se ha convertido casi en un trofeo.


Tata

Mi abuela

Ha pasado

Los últimos veintinco años

En esta tienda por departamentos

Llamada América

Tiene ochenta y cinco años

Y no sabe

Ni una palabra de inglés

Eso es inteligencia


Pedro Pietri

(Poeta Puertorriqueño)

Medardo Arias Satizabal
medardoarias@yahoo.com

Avatar
Acerca del Autor