El Mundo Invisible y Lucía

CUENTO BREVE

Desde que tenía uso de razón Lucía había viajado a través de esa eterna semipenumbra que hay debajo de la foresta amazónica, siempre en compañía de su padre que buscaba la madera más valiosa.
Su pueblo Intuto, en el norte de la amazonía peruana, estaba en un lugar despejado, donde si golpeaba el sol, que había curtido su piel de a través de catorce años. Era ella la mayor de seis hijas que habían tenido don Adán y doña Lucía en su vano intento de procrear un hijo varón. Intuto esta en una elevación donde no llegaba la crecida del Río Tigre, que en épocas de lluvia ruge arrasando sus riberas. Este río tributario del Marañón a su vez desemboca en el río más caudaloso del mundo, el río Amazonas.
–Papá ¿te puedo acompañar mañana?
–No hija, puedes hacerlo durante el verano, en las vacaciones; ahora tienes que quedarte con las madrecitas, tienes que estudiar.
–Pero si ya sé todo lo que necesito saber, se como seguir el curso de los ríos si me pierdo, como encontrar comida, como cazarla. Sé donde dormir y que peligros evitar.
–Lo sé Lucía y estoy orgulloso de ti, pero el mundo es más grande que nuestras tierras de por si inmensas, hay otras culturas y muchos conocimientos por aprender.
–¡Sí, pero yo no quiero salir de aquí, nunca!
–Uno nunca sabe, en estos tiempos, todo esta cambiando aceleradamente, hay que estar preparados, ¡andando que se te hace tarde para tus clases!
Las misioneras españolas se diseminaban afanosamente en los pueblos de los ríos amazónicos. Ellas usaban los ríos como vías de comunicación primaria, luego los esporádicos vuelos de aviones hidroplanos y cerca a los enclaves petroleros como Capirona y Pavayacu por helicópteros.
Estas abnegadas monjitas enseñaban además de la fe, las letras y ciencias básicas hasta donde podían, usando en su afán las tradiciones locales para hacerse entender.
–Madre Angustias ¿por qué no se quedó en España?, ¿para qué se hizo madre?, yo la he estado observando, cuando no llega la comida a tiempo usted y sus compañeras dan y se quedan solo con lo mínimo para vivir ¿por qué hacen esto?
–Mira Lucía, esa es mi vocación y lo hago por un compromiso profundo con Dios.
–Pero sufre mucho, madre.
–Más sufrió Él por nosotros, algún día lo entenderás hija.
–Mi papá dice que debo aprender muchas cosas de su cultura, de la gente que viene de la costa y de otras partes del mundo.
–Así es hija, las cosas buenas, pero sin perder la tuya. Lamentablemente también esta cultura ha traído cosas muy malas a sus pueblos antes inocentes y en armonía con sus tierras, hablo especialmente de la codicia, que todo destruye. Mira como muchos desalmados acabaron con tribus enteras. Especialmente los caucheros que prácticamente los esclavizaron, luego vinieron negociantes inescrupulosos y hoy la lacra de los narcos y los terroristas. Si quieres más, allí tienes el abandono por décadas de los gobiernos centrales que solo los mencionan en las elecciones. También puedes ver muchas madres solteras y niños abandonados a su suerte.
–¡Yo todavía no tengo novio, madre!
–Espera hija, tú sabrás cual es el hombre para ti, para toda la vida, tú lo sabrás por que supiste esperarlo.
Cuando llegaron las vacaciones Adán no tuvo mas remedio que permitir que Lucía lo acompañara. Partieron muy de mañana con dos amigos, Justo y Amadeo. Sobre Amadeo recaía el triste emblema de ser el último de su tribu donde todos fueron muriendo por causa de la viruela, contra la que no tenían defensas inmunológicas. Cuando Amadeo enterró a los dos últimos miembros de su tribu y sintió que la enfermedad se lo llevaba, llevó su canoa al río Tigre, la puso en la corriente y se echo en ella a esperar la muerte, tenía 28 años. Fue allí que Adán y un grupo de madereros lo encontraron a la deriva, lo llevaron a Intuto y gracias a los cuidados médicos sobrevivió. Se hizo gran amigo de Adán y le enseñaba los secretos profundos de la selva.
Salieron en un bote a motor, caleteaban el río, desembarcando varias veces y se internaban luego en la selva, apuntaban el resultado de sus pesquisas, para luego venir a talar los árboles finos.
Lucía siempre se había sorprendido de la habilidad de Amadeo para desplazarse por esos bosques tan altos y tupidos, donde los rayos del sol no tocaban el suelo sino difuminados en una luz opaca, mágica. Llegó la noche e hicieron una fogata para asar unos boquichicos que había pescado Justo, dejando el añuje que había cazado Amadeo para el día siguiente. Se sentaron alrededor del fuego y comieron en abundancia. Luego conversaron.
–Papá ¿es verdad que las plantas, los animales y nosotros, no somos más que una representación de un mundo invisible, que camina al lado de nosotros y donde viven espíritus sabios que nos ayudan?
–¿Quién te dijo eso?
–Ayer abuelita me lo contó, me dijo que a ella también se lo contó su abuelita.
–Si, hay algo de eso, pero recuerda también las enseñanzas de sor Angustias, ese mundo invisible existe pero fue hecho por un Creador.
–¿Tú lo has visto?
Adán se puso meditabundo y tras una larga pausa dijo: “Cuando era muy joven me había internado en la selva persiguiendo un añuje. De repente caí en una zanja, era extraño pues yo sabia que nadie estaba trabajando por allí y sobre todo haciendo semejante surco. Curioso lo seguí y me encontré cara a cara con una boa inmensa, gigante, el surco era su huella. Me quede paralizado del miedo, pero luego me sentí tranquilo. Todos los contornos de los árboles comenzaron a desaparecer hasta que solo quedamos la boa y yo, como flotando en una niebla. Vi sus ojos que en vez de furia me miraban con temor y pena. Lo más sorprendente fue cuando comenzó a hablarme:
–¿Que buscas, por que destrozas esta selva que es mi casa? –la escuche decir incrédulo, pero sin saber porque le conteste: “Yo quiero esta selva, es mi casa también”.
–¡Entonces, cuídala!-Me dijo
Poco apoco los árboles se fueron materializando y la boa se fue alejando hasta desaparecer, luego me vi tumbado en la zanja. Nunca supe si la vi de verdad y me habló o fue producto del golpe que me di al caer”
Pasaron una noche apacible, turnándose los hombres para hacer guardia, mientras Lucía dormía placidamente. Al amanecer desayunaron frugalmente unos plátanos maduros y un poco de fariña. Adán y Amadeo se internaron en la selva en busca de árboles finos y Justo se ocupó de levantar el campamento y de tener listo el bote para cuando regresaran. Lucía se quedo para prepara el almuerzo. La niña observaba a Justo llevando las provisiones al bote mientras trozaba el añuje, fue entonces cuando sintió la mirada. Volteó y se encontró con los ojos verdes brillantes de un otorongo, estaba tan cerca, que olía el aliento de la fiera.
–¿Qué buscas niña en mi casa?– dijo intempestivamente el gran jaguar sudamericano.
–Yo solo acompaño a mi padre– musitó Lucía impulsivamente, fascinada de estar hablando con el felino mítico, aquel que ve lo que no se ve.
–¿Y qué busca tu padre?
–Madera de árboles finos.
–Esos árboles están vivos como tú y yo, si ellos se acaban nosotros también desapareceremos.
–No lo había pensado de esa manera.
–El hombre no sabe que al destruir los árboles y los animales se esta destruyendo él mismo, piénsalo y díselo a tu padre.
Justo se había puesto a distancia de tiro con su retrocarga, solo Lucia evitaba que disparara, tenia miedo de herirla esperaba el momento preciso para no herir a la niña.
–¡Lucía, tírate al suelo!–gritó Justo frenético.
Ella mas bien se interpuso protegiendo al otorongo.
–¡No le hagas daño, es nuestro hermano!
-Justo sorprendido por las palabras de Lucía bajo su arma y cuando quiso ubicar al felino, este ya no estaba allí.
Cuando habían pasado unas horas llegaron Adán Y Amadeo, Justo le informó lo acontecido.
– ¿Qué paso hija? El otorongo te iba a atacar y te estaba rugiendo ¿Por qué lo protegiste?
–Papá, el otorongo no me rugió, me habló. Me dijo que los árboles que cortas están vivos y que sin ellos nuestras vidas corren peligro. Me dijo que te lo dijera.
Adán se sentó en el suelo y quedó sumido en profunda reflexión, que no interrumpieron sus compañeros. Luego de casi una hora se levantó y dijo: “¡Nos vamos a casa, andando al bote!”.
–Pero Adán ¿y las maderas?- dijeron casi al unísono Justo y Amadeo.
–Esto se acabó para mi, al fin comprendo el daño que estaba haciendo. El mismo mensaje que medio la boa lo repitió hoy el otorongo a mi hija. ¡Esto se acabó!
Se embarcaron y una tarde colorida, musical, mágica los acompañaba. Los árboles se veían más verdes que nunca. Varios delfines rosados pasaron a su lado escoltándolos. En la ribera diversos y numerosos animales usualmente escondidos, se dejaban ver y observaban atentos a la pequeña tropa, había ronsocos, sachavacas, monos, otorongos entre otros más. Bandadas de loros, garzas y guacamayos volaban alrededor de ellos. Los tres hombres ni pensaron en tomar sus armas, nunca habían visto algo así. Una lágrima imprudente asomaba en sus curtidos ojos. Lucia reía mientras acariciaba a un paiche, más grande que el bote y que flotaba manso a su alcance.
La sonrisa de la niña parecía hacer más radiante ese mundo que se les permitía ver. Un mundo que debería ser visible si el hombre comprendiera la importancia de cuidarlo, un mundo que por su codicia se había convertido en un mundo invisible.
Pablo D. Perleche
pablo@identidadlatina.com

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