El efecto de una India Panameña en Le Clézio, Nobel de Literatura (Enero 16-31)

Bessy Reyna (bessy_reyna@hotmail.com)

Por Bessy Reyna

En Diciembre pasado, el escritor Francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, recibió el premio Nobel de Literatura. Le Clézio es un hombre aventurero y atractivo que prefiere buscar su inspiración entre la gente, en las complejidades del ser humano De niño vivió en Africa y ahora se mueve de un país a otro, le gusta conocer otras culturas y vivir entre ellas. Es esa experiencia tan especial la que hizo que la academia sueca del Nobel lo considerara como un autor de aventuras poéticas y sensuales y un explorador de la humanidad.

Fue ese interés en conocer otras civilizaciones el que lo llevó a pasar casi tres años con los indios “Emberás” en Panamá. Esta visita en un lugar recóndito dentro de la selva de aquel país, tuvo un profundo efecto en su vida. Entre las personas que conoció allí, hay una en particular, la india Elvira, quien le sirvió de musa y estimuló su creatividad. Ella fue mencionada por Le Clézio, durante su discurso de aceptación del premio en la ceremonia efectuada en Suecia. Me pregunto si Elvira está aun viva, si se enterará del impacto que su presencia y la tradición de declamar su historia y la de su gente que tuvo en el entonces joven creador de cuentos y novelas.

Le Clézio es un escritor universal, familiarizado con muchos idiomas y culturas y ávido lector en varios idiomas. Si bien ha sido difícil hasta ahora, conseguir traducciones de sus obras escritas originalmente en francés, esperamos que al ganar este premio, muchas casas editoriales decidan traducir su obra a otros idiomas para que el trabajo de este magnífico escritor y gran humanista, esté al alcance de nuevos lectores. Algunos de sus libros pueden conseguirse en Español. .


Fragmento del discurso de Gustave Le Clézio en Suecia

El siguiente fragmento del discurso titulado: En Las Selvas de la Paradoja (Dans la foret des paradoxes) fue presentado por Le Clézio al recibir el premio Nobel del 2008, en Suecia. El discurso completo puede leerse en varios idiomas (desafortunadamente el texto no está en Español) en el sitio web http://www.nobelprize.org donde está también un video del escritor dando el discurso en Francés.

“A la selva le debo una de las mayores emociones literarias de mi vida adulta. Eso fue hace como treinta años, en la región de Centro América conocida como el Tapón del Darién, porque era allí, en aquellos tiempos (y no creo que la situación haya cambiado con el tiempo que va), cuando había una interrupción en la Carretera Panamericana que se esperaba que uniera las dos Américas, desde Alaska hasta Tierra del Fuego. En esta región del Istmo de Panamá la selva tropical es extremadamente densa y el único medio de transporte es en piraguas rio arriba. En estos bosques vive una población indígena dividida en dos grupos, los Emberá y los Wounaans, ambos pertenecientes a la familia lingüística de los Ge-Pano-Carib. Yo llegué por accidente y me fasciné tanto con la gente que me establecí allí en varios indistintos periodos de tiempo, durante  unos rústicos tres años. Tengo que decir que la población de los Emberás fueron muy  pacientes conmigo.  Les divertía mucho mi extrema atención a todo, y creo que en cierta medida fui capaz de pagarles con diversión la sabiduría que ellos compartían conmigo.

No escribí gran cosa. La selva tropical no es realmente un sitio ideal para escribir. Los papeles atrapan la humedad y los bolígrafos se resecan con el calor. Nada de lo que funciona con electricidad dura mucho… [Despues de convivir allí] vine a concluir que el arte como una forma individual de expresión, no tenía ningún papel que desempeñar en la selva. Además, este pueblo no tiene nada que se asemeje a lo que llamamos arte en la sociedad de consumo. En lugar de colgar cuadros en las paredes, los hombres y mujeres se pintan sus cuerpos,  y en general se resisten a crear algo que sea permanente. Y entonces, me gané el acceso a sus mitos. Cuando hablamos de mitos en nuestro mundo de libros escritos, pareciera que nos referimos a algo muy lejano, tanto en el tiempo como en el espacio. Yo también creía en esas distancias. Y ahora, súbitamente los mitos estaban allí, para que  los escuchara regularmente, casi a diario, en medio de la danza de los mosquitos y del comején, -la voz de los cuenteros- tanto hombres como mujeres, ponían en escena cuentos, leyendas, tradiciones, como si hablaran de una realidad cotidiana. Los cuenteros cantaban en un tono chillón, levantando el pecho; el rostro, imitando los sentimientos y pasiones y los miedos de los personajes. 

Debió haber sido algo de novela y no de mito. Pero una noche llegó una mujer joven. Su nombre era Elvira. Era conocida a todo lo ancho de la selva de los Emberás por sus destrezas como narradora. Era una reconocida aventurera y vivía sin marido y sin hijos -la gente decía que era algo borracha y un poco zorra, pero no me lo creí ni un minuto-. Ella acostumbraba a ir de casa en casa para cantar a cambio de una comida o una botella de licor o, a veces, por unas monedas.  A pesar de que no tenía acceso a sus relatos sino mediante traducción -la lengua Emberá tiene una variante literaria mucho más compleja que la forma de uso cotidiano-  inmediatamente me di cuenta de que era una gran artista en el mejor sentido del término.  El timbre de su voz, el ritmo de sus manos retumbando en su pecho, en su pesado collar de monedas de plata y; por sobre todo, el aire de posesión que iluminaba su cara y su mirada, y una suerte de mesura y de trance rítmico que ejercía un poder de atracción sobre todos lo presentes. Desde el esquema simple del mito -la invención del tabaco, los mellizos primordiales, las historias de dioses y de humanos desde los inicios del tiempo- ella añadía su propia historia, su vida vagabunda, sus amores, las traiciones y sufrimientos, la intensa alegría del amor carnal, el aguijón de los celos, el miedo a la vejez y a la muerte. Ella era la poesía en acción, el teatro antiguo y la más contemporánea novela de todos los tiempos. Era todas esas cosas con fuego, con violencia; había inventado, en la oscuridad de la selva, en medio del circundante coro de insectos y sapos, del revoloteo de los murciélagos, una sensación que no puede ser definida más que como belleza. Al igual que su canción, ella arrastraba la verdadera fuerza de la naturaleza y esta era la más rotunda paradoja, que en este desolado lugar, en  la selva, tan lejos como se pueda uno imaginar de la sofisticación de la literatura, era el lugar en el cual el arte encontraba su mayor fortaleza, su más auténtica expresión.

Después de irme de la región, no he vuelto a ver a Elvira, o a cualquiera de los narradores de la selva de Darién. Pero me quedé con mucha más que nostalgia, con la certidumbre de que la literatura puede existir, incluso despojada de convencionalismos y compromisos, incluso si los escritores son incapaces de cambiar el mundo. Algo grande y poderoso, que subyace en ellos, que en ocasiones puede animarlos y transfigurarlos y restaurar el sentido de armonía con la naturaleza. Algo nuevo y a la vez muy antiguo, impalpable como el viento, etéreo como las nubes, infinito como el mar… Algo simple y verdadero que existe solamente en la lengua. Un encanto, algún truco, una danza envolvente o el prolongado discurso del silencio. El lenguaje de los gestos graciosos, las interjecciones, y claro, entonces, inmediatamente aparece la lengua del paraíso. Es a ella, a Elvira, a quien yo dedico este tributo, y también a todos los escritores con quienes he convivido, les dedico el premio con el cual la Academia Sueca me premia hoy”. (Traducción del texto en inglés: Delia Cortés Márquez).

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