El cazador cazado

CUENTO BREVE

Desde pequeño Juan había soñado con visitar la Amazonía y su portentoso río. Pero el destino se lo postergaba una y otra vez. Se graduó de contador y la rutina y lo sobrecargado de su trabajo conspiraron contra su ansiada ocasión de visitar el río más caudaloso del mundo, donde el sol siempre brilla y calienta. No como su natal Lima nublada y húmeda atrapada entre el frío Océano Pacífico y la colosal cordillera de los Andes.


Pasó el tiempo y su meta ahora continuaba siendo viajar, pero al norte, muy al norte, a los Estados Unidos. No era fácil obtener visa, sus amigos le aconsejaban que se quedara, al fin y al cabo el país progresaba, atrás quedaban los aciagos tiempos en que el terror quiso imponer su demencial poder y fue derrotado tras haber causado gran dolor. El otro lastre de la nación, el tráfico de drogas, había decaído. El país apostó por dos décadas a levantar su economía, su turismo, su espíritu indomable tantas veces vapuleado, y ganó.

Juan no los escuchó, se acercaba a los cuarenta, era un soltero empedernido, bebedor social y profesaba una afección especial por las hijas de Eva, aunque ninguna había logrado echarle el lazo. Se sumó a un grupo que trataría de llegar a la gran nación por vía terrestre, que tras atravesar Ecuador, Colombia y todo Centro América llegarían a México guiados por coyotes. Logró entrar a territorio estadounidense. Soportó las penurias del peligro de ser muerto por los mismos contrabandistas de seres humanos, o por los guardias de inmigración. Soportó el frío y el calor, la sed y el hambre, los ríos, los desiertos, las selvas y el miedo. Era un inmigrante atípico pues no emigraba por necesidad, sino por un afán de disfrutar de los placeres que imaginaba serían fabulosos en la gran nación.


Tras recorrer los estados sureños llegó a establecerse en Miami, donde con buen instinto pensó que pasaría inadvertido. Sus conocimientos de contabilidad le depararon trabajo y como ya había aprendido el inglés en su juventud le fue fácil adaptarse a la sociedad y a sus leyes contables, a pesar de su edad. Consiguió la ciudadanía con un matrimonio por contrato, pues no cambió su estilo de vida. Consiguió un bonito departamento, un buen auto y su lista de amistades aumentó. Retomó sus correrías con numerosos y efímeros romances.

Una vez que estuvo establecido se daba un tiempo los fines de semana para viajar a los estados vecinos de Georgia, Alabama, Misisipi y Luisiana. Como sabemos era un aficionado acérrimo por visitar nuevas tierras. Cuando tenía vacaciones largas, lograba visitar estados más lejanos. Mencionaremos aquí otra pasión, de este Juan, que era la literatura y por ende se decidió a conocer los lugares donde había vivido uno de sus autores favoritos, Mark Twain, como el pueblo de Hannibal en Missouri y muchos pueblos donde vivió y trabajó este gran escritor norteamericano que, finalmente se estableció con su familia en Hartford, Connecticut, donde escribió sus grandes libros como Tom Sawyer y Hucklberry Finn, ya en su edad madura.

Luego de visitar Hartford, Juan viajó a Canadá y conoció Montreal con su herencia francesa para seguir a Toronto de acervo británico. Siguió visitando otras ciudades sin que escapase la capital, Washington, tan llena de monumentos y de historia. Por supuesto que estuvo también en las grandes urbes de Nueva York y Boston, con sus inmensos rascacielos, sus construcciones centenarias, y sus poblaciones cosmopolitas. Pero no pensaba en dejar la Florida, el clima caluroso y la jovialidad extrovertida de los latinos del lugar lo tenían bien anclado en sus cálidas playas.


Pero a todo cazador le llega el momento de convertirse en presa. Sucedía que Juan decidió conocer a fondo su estado adoptivo y recorrió toda Florida en auto. De Miami bajó a los Cayos recorriendo esa miríada de islas de todos los tamaños, asombrándose cuando la carretera parecía flotar sobre el mar entre isla e isla, pensaba como seria verse atrapado en un huracán en dicho lugar. Regresó sobre sus huellas y prosiguió al norte hasta la ciudad de San Agustín, primera ciudad fundada en los Estados Unidos en 1565 y donde uno podía palpar el paso de 440 años en los muros de sus edificaciones. Luego visitó el Cabo Cañaveral, donde se podía apreciar el futuro viendo modelos de los cohetes que habían partido al espacio, hacia otros mundos, e incluso tuvo la ocasión de ver el despegue de uno de los transbordadores espaciales que tras dejar una inmensa nube de humo se perdía poco a poco en la inmensidad del cielo.

Atravesó la Península de este a oeste pasando por Orlando y llegó a Tampa. Se bañó en las cálidas playas de Clearwater tumbado en la blanquísima arena, viendo a muchas parejas sintió algo nuevo en su interior, se vio formando una familia, pero la visión de una escultural joven que le pedía unas direcciones le hizo olvidar el asunto. Al día siguiente por la tarde y con una conquista más en su haber abandonaba Tampa dirigiéndose al sur por la costa oeste de la península, sonriente y pensando cómo había tenido la debilidad de haber pensado siquiera por un momento en sentar cabeza.


Al llegar a la ciudad de Naple hizo otro giro y cruzó de nuevo el estado, esta vez de oeste a este atravesando el inmenso pantano de los Everglades. La oscuridad era total y el cansancio y el sueño lo embargaba, tras pestañear dos veces decidió parar en el primer hostal del camino y dormir un poco. La carretera era una línea cercada por mallas a ambos lados para que los innumerables caimanes no atravesaran la vía. No encontraba nada por varias millas hasta que divisó un restaurante con un pequeño motel a la vera de la carretera, tan pequeño, que era más bien una casa grande usada con tal fin.

Se registró de inmediato, el dependiente, un robusto gigante de más de dos metros le indicó su cuarto y que habría desayuno fresco. Llegó a la habitación, se desplomó sobre la cama y se durmió al instante, exhausto. Al levantarse esperó el desayuno en su mesa ya que no era autoservicio. Cuando una joven de unos veinticinco años le trajo los alimentos. Se la quedó mirando analizándola con la mirada, como el catador de vinos lo haría con un borgoña cosecha especial. Pero había en la muchacha algo que rechazaba ese análisis, meramente lujurioso de Juan, un sentimiento lejano a su experiencia buscaba instalarse en él. La joven lo atendió en el desierto comedor con amabilidad, contestándole sus preguntas acerca del lugar. Juan sobreponiéndose comenzó a actuar, con método, tratando de conseguir una cita y quizás lo hubiera logrado cuando sintió que una poderosa mano lo agarraba del hombro.


-Mire amigo somos gente de campo, tranquila, mi hija lo ha atendido cortésmente y usted se equivoca.

Le recomiendo seguir su camino lo mas rápido que pueda.

Se incorporó con el hombro adolorido, notó que la joven lo miraba con dulzura lo que terminó de confundirlo. Pagó, salió y manejando rumbo a Miami sin poder quitarse a la joven de la mente. Y así pasó dos semanas trabajando sin poder concentrarse. El fin de semana viajaba al hotel, el cazador herido, caía sin disparar un tiro.


–Le dije que no lo quería ver por aquí.

–Señor, déjeme al menos conversar con usted.

– ¿Qué quiere?

–Mire, no se que me pasa, no soy romántico ni nada por el estilo, como usted bien notó, no soy un santo. Pero desde hace dos semanas que no puedo concentrarme, ni en mi trabajo, ni en ningún sitio. Desde que vi a su hija un sentimiento desconocido se ha apoderado de mí. Se que no voy a tener paz hasta que hable con su hija y hasta que ella pueda saber mis sentimientos hacia su persona y yo, lo que ella sienta por mi. El hecho de hablar con usted me aterraba, pero ya estoy aquí, por favor deme la oportunidad de conversar con ella.

Si Juan no hubiera estado mirando el suelo mientras hablaba se hubiera dado cuenta que un esbozo de sonrisa se dibujo en el semblante del gigante.

–Mire mi hija quedó huérfana de pequeña y se ha criado simplemente en estos parajes, lejos de la ciudad, no es que sea tonta, pero es reservada, especial. Sé que no le seré eterno, pero mientras tenga fuerzas la defenderé – y luego añadió- “¡Mary te buscan!”. El gigante miró una vez más, fijamente, a los ojos de Juan y se retiró a su despacho.

Juan invitó a Mary a la mesa y al amparo de un par de gaseosas y unos sándwiches conversaron largo. Juan siguió visitando el hotel los fines de semana trayendo flores, chocolates y todo ese ambiente mágico que rodea a los enamorados. Llegó el día en que los enamorados viajaron a Miami y a su regreso Juan pedía la mano de Mary al señor Edwards y recibió un soberbio abrazo del gigante que casi le quiebra las costillas.

La boda fue en Chokoloskee, ciudad natal de Mary, en la bahía de Las Diez mil Islas. Fue una ceremonia sencilla, amenizada por los gruesos lagrimones del colosal Edwards. La luna de miel había sido planeada con anticipación y no podía ser otra que viajar a visitar el río Amazonas que atraviesa toda la América del sur pasando por Perú y Brasil.


Los flamantes novios observaban por las ventanillas del avión la inmensa selva amazónica que se extendía por horas ante sus ojos, como una gigantesca mesa de billar surcada por los numerosos afluentes del río-mar. Aterrizaron en Iquitos y Juan se apuró a buscar un navío para navegar por el inmenso río. Todos estaban ocupados, solo un bote pequeño a motor estaba disponible. Al internarse en el río experimentaron la magnitud de su caudal, vieron delfines que salían a su encuentro y enmarcadas en la inmensa foresta de árboles gigantes volaban aves multicolores.

Juan y Mary estaban atónitos y felices. Llegó un momento en que las orillas se veían borrosas a la distancias, el río era realmente prodigioso, fue cuando se apagó el motor. El joven que lo dirigía jalaba una y otra vez la cuerda pero el motor no respondía, el pequeño bote se puso a la deriva en medio de las olas y remolinos. Cuando el bote ya zozobraba, su diestro conductor logró arrancar el motor y se dirigió presuroso a puerto. Durante todo el trance Juan abrazó con fuerza a Mary y apenas desembarcados se arrodilló ante ella y le juró amor eterno por segunda vez.


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Acerca del Autor

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