Dalto Comenta: La selva y sus enigmas

DALTO COMENTA

Se va entrando de a poco, casi en silencio, como si se abordara un nuevo mundo, advirtiendo que el paisaje va cambiando repentinamente; todo el camino seco se va, de pronto se siente humedad; el aire, la tierra y el ánimo en un instante ya no son los mismos, la espesura empieza a ganar y si uno no se apura nos puede absorber. Así partimos un día en búsqueda de ella, estaba casi a 100 kilómetros de nuestra ubicación, queríamos ver en qué momento sucede esa transformación, cuándo de repente la sierra se desvanece y nuestro hábitat cotidiano es vulnerado por nuevas sensaciones. La cordillera se muestra imponente y casi insuperable, sin embargo en un descuido traspasamos un abra, el punto más alto de nuestro recorrido, una abertura o punto de quiebre que nos lanza al otro lado del mundo, y sutilmente al bajar van apareciendo hojas muy verdes, el piso se va ablandando, las ropas se van aligerando, la neblina lo cubre todo, casi no se ve, cruce de roedores por el camino, la trocha que quiere desaparecer, extraños mosquitos que sobrevuelan por nuestro alrededor, y seguimos bajando irremediablemente, caídas de agua impresionantes, sonidos raros, la humedad, el aire caliente y el barro sublime, ya es la selva.
Una vez dentro no hay salida ni vuelta atrás, senderos angostos y casi inexistentes, los nativos que nos acompañan, machete en mano, abren los caminos, hay temor de que una sanguijuela se nos suba de pronto al cuerpo, nos desplazamos con botas de jebe hasta las rodillas, imprescindible, la tierra mojada, la sed nos devora, el cansancio también, debemos apresurarnos pues tenemos que regresar antes que anochezca y cuidarnos de que por la obscuridad una paca, o espino gigante no se nos enganche en la piel y nos haga trizas; no podemos llevar mucho peso y la naturaleza es benigna, estos acompañantes del lugar, hombres delgadísimos y de rostros cadavéricos, se pierden en un instante en la espesura y en minutos vuelven con racimos infinitos de plátanos esquicitos, la selva nos provee de esos alimentos, y más allá nos refrescamos con piñas cortadas a machetazos, nunca más sabrosas como en esos momentos.
Nos seguimos adentrando en el monte, llegamos a lugares que quizá nunca nadie haya pisado, lejos muy lejos, en las entrañas de la tierra, aquí es difícil vivir, pero el espectáculo impresiona, sobre nuestras cabezas miles de ramas y hojas colgando, la espesura del bosque en el horizonte, nada más allá, solo brotes de verde en todos los tonos, espacios donde el sol no entra y en donde se van superponiendo con los años segmentos de lodo, hojas secas, miles de clases de hormigas, arcilla y cuanto organismo y ser vivo habite esas superficies; el sonido del rio es fuerte, es muy caudaloso, da miedo, hay que cruzarlo en oroya o incluso caminando agarrados en cadena, nos encontramos con algunas familias con decenas de hijos, que solo superviven comiendo plátano, piña o yuca, le están ganando a la naturaleza o más bien ésta los ha absorbido, ya forman parte de ella.
Al regresar tropezamos con unas reses distintas a las que conocemos, grises, amarillas y blancas, con joroba, en pampas inmensas y árboles de por lo menos cien metros, gritos, aullidos y sonidos de todo tipo, monos que muy alto corren de rama en rama, unos pájaros que nos siguen y acompañan con sus cantos, incansables; el nativo a nuestro lado caza con su machete un ornitorrinco, más allá pasa un picuro veloz, también lo atrapó y más tarde lo comeremos asado, vizcachas, culebras, mariposas gigantes, jabalís en manadas y el gallito de las rocas coronan nuestro recorrido… solo es el comienzo de la selva, la llamada ceja de selva; qué otros misterios y asombros nos aguardarán más adentro!...
Daniel Torreblanca

Avatar
Acerca del Autor