DALTO COMENTA: La aventura de viajar en ómnibus

Aquí donde vivo es una proeza viajar en bus, o sea en transporte público, ómnibus, micro o colectivo como lo llaman en otros lados; en nuestra ciudad es casi un milagro subirse a uno de estos vehículos, especialmente a la hora de ir al trabajo, muy temprano; y es que el transporte público fue siempre un problema, aunque en estos años, y en estos días, la dificultad de transportarse de tu casa al centro de labor, tiene características de misión imposible y de supervivencia; pero no importa, así nos hacemos más fuertes, más sensibles, más paranoicos; más humanos.

Y no exagero, si no veamos la rutina; hay que hacer todo lo posible por salir antes de las 7 am si quieres viajar esos 25 minutos más o menos cómodos, es decir, poder abordar el bus, ir aunque sea parado, pero todavía con unos centímetros de diferencia con tus semejantes, y por ahí, depende de la línea y la ruta, conseguir un asiento, respetando claro los dos asientos de adelante, reservados para discapacitados, ancianos o mujeres gestantes, decía hallar un asiento es una bendición y casi un privilegio.

El asunto es si te atrasas un poquito y sales después de las 7 am; para comenzar el ómnibus ya viene de por lo menos 10 paraderos anteriores en donde ha recogido a pasajeros igualmente desesperados por llegar a su destino; les describo, aún angustiado y tenso por desayuno apurado, veo el reloj y varios buses pasar como rayos, están llenos y algunos suicidas suben, si el carro para; luchando con la puerta que amenaza con colisionar con su humanidad, es de película, pero veo los omnibuses  irse balanceándose como lata de sardinas con gente allí dentro apretada como el Guernica de Picasso.

Por fin pude distinguir un espacio en el bus que viene, es el mío, logro subir, haciendo acrobacias de todas maneras, porque está full, pero si no subo a este ya no llego al trabajo, ya adentro, a agarrarse como sea, el chofer frena, acelera y se dispara nomás; “esta pequeña parte de mi vida” no se llama felicidad, el carro no avanza porque ahora el parque automotor se multiplicó, hay más carros que gente, en la hora punta están todos, avanzamos de a poquito, me desespero, me falta el aire, trato de pensar en otras cosas, suben más pasajeros, todo tipo de gente, y los chicos del colegio, pobrecitos, a veces no los recogen, y si suben van estrujados como todos, todavía con el pelo mojado, flacos, sin desayuno, o bebiendo su bolsita de quinua,  así es la vida aquí, no es como el niño de Forrest Gump, a quien lo recogen en cómodo bus amarillo, americano, en la puerta de su casa, con puerta automática y con “un asiento disponible”; esto no es Hollywood, esto es parecido al infierno; pero estos chicos, pienso, así crecerán más fuertes, claro si no mueren en el intento; solo quieren ir a estudiar (!!)

La otra historia. Al ir a mi trabajo subido a un ómnibus conozco un poco más a la gente, me mezclo más con ellos, esta debe ser la vida, embarcados en esta especie de arca, me voy consumiendo un poco, otra vez me da un ataque de ansiedad, aquí hay de todo y es confuso, como la torre de babel, no hay aire y tu espacio es mínimo, los minutos siguientes te marcan para siempre, es morir un poco, y mañana volveré a hacer lo mismo, y el solo hecho de pensarlo me conmueve, ahora bajan algunos pasajeros, como piezas o engranajes de este bólido humano, el espacio se distiende un poco, el paisaje afuera es el mismo de siempre, gente apurada y atónita desgarrándose en las calles, veredas, semáforos, desayunos, pelo mojado, mochilas, bocinas, monedas; todo junto.

Llegamos a nuestro destino, como un segundo milagro, pisamos tierra, con la alegría y éxtasis del astronauta que pone su pie en la superficie luego de haber vagado en el espacio, me pregunto si valió la pena, aunque no tenía elección; estamos vivos es lo importante; viajar en bus aquí es como una autoflagelación, una purificación, liberarse de una prisión, como la película del “expreso de medianoche”. Más “esquizofrénicos”, más fuertes,… más humanos.
Daniel Alatrista Torreblanca
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